martes, 30 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y CUATRO

Cuando regresás a Buenos Aires, la Reina del Plata, después de haber vivido por más de cinco años en lo que se denomina “el primer mundo”, inevitablemente, se te escapa un lagrimón. No por la nostalgia tanguera de haber vuelto a la cuna de la melancolía sino por darte cuenta de cuán lejos estás de algunas pequeñas cosas que hacen a tu felicidad cotidiana, de cuán apartado vas a quedar de un circuito que te interesaría seguir recorriendo, de cuán difícil va a ser seguir indagando sobre nuevas expresiones musicales, que te gustaría sumar a tu colección de discos, desde el mismísimo culo del mundo.

Cuando regresé de forma definitiva a Buenos Aires, el lugar del planeta tierra que me vio nacer, no puedo asegurar que haya caído en un pozo depresivo pero sí puedo afirmar que en muchos aspectos de mi vida fue como barajar y dar de nuevo. Ya tenía casi 40 pirulos, por lo que encontrar que mi ciudad ya no era la misma, que yo ya no era el mismo, fue un trago amargo cargado de desazón y disgusto. Por momentos era como si deambulara a ciegas a pesar de que todavía conservaba perfectamente en la memoria nombres de calles y medios de transporte para moverme a gusto y piacere por donde me diera la gana, sin ningún tipo de límite.

La primera dificultad a la que tuve que hacerle frente fue al hecho indiscutible de que el argentino promedio es un tipo altamente conservador y que, a pesar de que lo intente, jamás logrará salir de su circulo vicioso, que le da cierta seguridad y contención. Il faut s´en sortir, merde ! En la búsqueda de lugares para seguir comprando algún que otro disquito empecé por visitar un lugar emblemático que por suerte quedaba a escasas quince cuadras de mi departamento. Hablo del “Parque”. Lugar de encuentro al aire libre para fanáticos enfermitos y fundamentalistas del coleccionismo de discos en el que desafortunadamente lo que más encontré fue mucho olor a naftalina, mucho y penetrante olor a viejo. Lo que no hizo más que perturbarme. Apenas regresé de Montréal, al comenzar a ordenar los CDs que había dejado almacenados en cajas en la casa de mi mamá, los CDs que había ido trayendo en mis escapadas intermedias para no dejar cosas para último momento por temor a no poder traer todo junto y los CDs que traje en mi viaje definitivo, salieron a la luz algunos disquitos que había comprado más de una vez por haber encontrado versiones más interesantes, sea por diferencias en la cantidad de temas, sea por diferencias en el tipo de empaque, sea por diferencias en el país de procedencia, sea por diferencias en el estado de conservación. Así fue como preparé una cajita con algunos discos dispuesto a venderlos o a canjearlos por algo que me interesara, un domingo, en la feria del Parque Centenario, en el barrio de Caballito, en esa zona que limita con los barrios de Almagro y Villa Crespo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que se ha convertido en la meca del trueque y de la compra-venta de cualquier tipo de artículo de segundamano, sea cual sea su estado de mantenimiento y preservación. Vendí algunos CDs. Tindersticks, Magazine, Sisters of Mercy… Me los sacaron de las manos porque parece que acá en el “lejano sur” casi no se veían esos títulos. Aunque no fueran ninguna novedad, para los allí presentes lo que yo ofrecía era como un poco de aire fresco, como una transfusión de sangre nueva. A decir verdad, esta realidad me resultó un tanto deprimente. Había penuria y se notaba, grave. Volviendo a mis transacciones, a pesar de haber logrado hacerme de unos mangos, los que en esos primeros meses de expatriado-reinstalado no me venían nada mal porque todavía estaba buscando reinsertarme laboralmente, lo más interesante de todo el periplo dominguero, fue un canje. Caminando entre los puestitos que le daban cierta legitimidad a un espacio que históricamente había combinado informalidad e ilegalidad para que los melómanos accedieran a ciertos discos que no circulaban de otra manera ni por las disquerías visibles con locales a la calle, ni por las disquerías escondidas en galerías de mala muerte – las que vulgarmente eran conocidas como las “cuevas” – logré cambiar mano a mano uno de Van der Graaf Generator por “THRaKaTTaK” de King Crimson que venía en una hermosa edición digipack con poster, que hoy debe ser inconseguible. Una perla.

La segunda dificultad fue lograr abastecerme de algunos álbumes de los que había escuchado hablar allá en América del Norte, antes de subirme al avión. Sabía que habían salido a la venta en Europa o que saldrían a la venta prontamente en las Américas y no estaba dispuesto a dejarlos pasar. A pesar de los malos augurios, el primero de mi listita no fue tan complicado de encontrar. Paseando por el centro, en la esquina de las avenidas Corrientes y Callao, no pasa desapercibido un enorme comercio dedicado a la venta de libros y discos que conozco desde mi adolescencia, mientras cursaba la escuela secundaria. Según mis recuerdos, esta tienda siempre estuvo allí, aunque su interior ha ido sufriendo modificaciones de diseño, de organización, y ha ido mutando de acuerdo a la mercadería que ofrece en sus anaqueles. Quizás ya hayas adivinado que el local en cuestión no es otro que el mítico Zival’s, bastión del tango y del jazz. Un día en el que pasé por esa esquina, decidí entrar, aunque sin demasiadas expectativas. Para mi sorpresa, me enteré de que ellos se encargaban de la distribución del tan codiciado sello alemán ECM Records. Sello del que yo esperaba conseguir el primer álbum solista de un trompetista noruego exintegrante de un grupo que había tenido la oportunidad de ver en el Festival International de Jazz de Montréal y, como si fuera poco, les había comprado todos y cada uno de sus discos – salvo el primero, que nunca fue republicado masivamente y que se consigue sólo en el mercado de los usados en su primera y única versión de un ignoto sello noruego que venden a una pequeña fortuna pero, como te imaginarás, nunca tomé la decisión de afrontar semejante gasto. Insisto. Vaya sorpresa. En un primer momento, vi una gran cantidad de discos de ECM en las bateas. En un segundo momento, vi exactamente el disco que estaba buscando, el disco que me estaba cuestionando cómo conseguir, “The Door” de Mathias Eick. Quedé petrificado, absorto. Evidentemente, lo compré sin vacilar. Esto resultó un hallazgo doble porque me abrió las puertas para visitar tiendas de discos que conocía pero que no solía frecuentar antes de dejar Buenos Aires rumbo al norte esperanzador. Resignifiqué la experiencia como una puerta de escape al trago amargo del Parque Centenario que no dejaba de hacerme cuestionar tanto mi cordura como mi interés por continuar con una actividad que me gustaba aunque no bajo las condiciones que me ofrecían los espacios que otrora había frecuentado. Creo que de no haber comprendido que podía buscar discos de otra manera, en otros ámbitos, creo que si seguir coleccionando hubiera dependido exclusivamente de lo que hubiera podido encontrar en el Parque Centenario o en las “cuevas”, no habría soportado sostener mi interés por coleccionar discos de música. El “Parque” me deprimía, me deprimió y continúa deprimiéndome. Las “cuevas” me producen un efecto similar. Sea por la clientela, sea por los propietarios. Encontrar personajes que traen un disco desde su casa en una bolsita de panadería para mostrártelo porque saben que querés comprarlo, te lo refriegan por las narices y cuando les preguntás por el precio te responden sarcásticamente con un simple “no lo vendo”, me resulta patético. Encontrar acumuladores seriales de discos de música y de películas que no tienen ni idea de lo que guardan en su casa, me resulta enfermizo. Encontrar tipos que te piden rebaja argumentando que son revendedores en un conocido comercio céntrico, me resulta de lo más bajo y vil. Encontrar calculadores experimentados que pretenden hacerse pasar por amigotes asegurando que te hacen un precio diferenciado mientras que es seguro que te van a cobrar más que a cualquiera, me resulta decadente. Encontrar personajes que piensan que su tienda de discos es el mejor referente del rubro que existe en mi Buenos Aires querido, me resulta ególatra y desatinado, más bien loser. Hoy en día, sólo voy al “Parque” para casos puntuales, cuando tengo que encontrarme con alguien, para comprar o vender algo y permanezco en el lugar lo estrictamente necesario. A las “cuevas”, trato de evitarlas.

Para la tercera dificultad encontré la solución sin mucho trámite. El único sufrimiento del asunto me lo produjo la visita al dentista – seres especializados en un gran abanico de torturas al ser humano – gracias a la que conocí un local de la Galería Los Andes, en la avenida Cabildo, en el barrio porteño de Belgrano. De pasada, miré la vidriera. Vi cositas interesantes. Me llamó la atención el nombre: Parklife. De regreso de mi sesión con el verdugo, entré y le pregunté abiertamente al flaco de la disquería si la tienda tenía algo que ver con El Oasis, una disquería que había frecuentado en esa misma galería en mis épocas de docente en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo, en la Univesidad de Buenos Aires, allá en Ciudad Universitaria, antes de mi exilio. Me miró raro, cruzado. Seguramente por una antigua rivalidad entre los fans de dos bandas inglesas que nunca comprendí. Ni a las bandas, ni a esa enemistad de tinte futbolero en un mundo, quizás, un tanto más culto. Como a todo vendedor que se precie, le duró poco la jeta: le pregunté por el precio de un disco que exhibía en la vitrina y sin dudarlo se lo compré. Se trataba de un álbum recientemente publicado bajo el título de “Car Alarm” de unos muchachos de Chicago, íntimamente relacionados con Tortoise – uno de mis grupos predilectos, que se hacen llamar The Sea and Cake, título que ansiaba conseguir para continuar engrosando mi colección de post-rock.

El cuarto, fue más un obstáculo que una dificultad. Tuve que franquear algo parecido a un prejuicio. Con los años había ido engrosando poco a poco mi colección de discos de jazz. Sin embargo, muy raras fueron las veces en las que tomé la decisión de comprar títulos de aquellos considerados clásicos. Fue al regresar de Montréal que me dejé tentar por unos cuántos títulos del famoso sello Blue Note que encontré en la librería Ghandi, también sobre la avenida Corrientes, aunque en aquel momento ubicada en un local más cercano a la esquina de la avenida Callao. Tenían un montón de títulos y compré una buena cantidad de ellos, todos de un plumazo. “Out to Lunch!” de Eric Dolphy, “Empyrean Isles” y “Maiden Voyage” de Herbie Hancock, “The Real McCoy” - de McCoy Tyner, “Hub-Tones” de Freddie Hubbard, “Symphony for Improvisers” de Don Cherry. Tenía que recuperar el tiempo perdido. No era cuestión de seguir privándome de la magia de estas grabaciones por pensar que todos los álbumes de jazz sonaban igual y que con escuchar unos poquitos era suficiente. Hoy que llevo acumulados centenares de discos de jazz creo que se trata de un género que por su filosofía debería permitir expandir la paleta de sonidos al infinito; aunque estoy seguro de que lamentablemente muchos de los cultores del género puro no logran tener ni la valentía ni la apertura mental suficientes como para permitirse desplegar este lenguaje musical al máximo de sus posibilidades, como para animarse a ir un poquito más allá de las convenciones. Finalmente no sólo se trata de decidirse, de atreverse, sino también de tener con qué hacerlo. Plin, caja. 

domingo, 14 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y TRES

¿Para qué reprimir el impulso irrefrenable del gasto innecesario en objetos suntuarios de dudosa vida útil vinculados a los caprichos del efímero instante del deseo satisfecho? “Moderation is a fatal thing (…). Nothing succeeds like excess.” Hizo decir Oscar Wilde, allá por el siglo XIX, a uno de sus personajes en su obra de teatro “A Woman of No Importance.” Sin saberlo, sin siquiera haber leído su texto, al comenzar a coleccionar discos, le hice caso. ¡Vaya que le hice caso! Una colección de más de 7.000 ítems avalan mis excesos. Tené en cuenta que se trata tan solo de un cálculo aproximado en el que no he agregado los títulos incluídos en la enorme cantidad de box-sets que poseo, los que al desglosarse sumarían una considerable cantidad de artículos adicionales a mi aprovisionamiento musical. 

Algunos basan su relación con la vida en el aforismo “lo bueno, si breve, dos veces bueno,” buscan el minimalismo, la síntesis, la depuración a lo estrictamente necesario; yo busco la acumulación desmedida sin ningún tipo de límite. Al poco tiempo de haber regresado de Montréal, una persona muy entrometida y bastante estrecha me cuestionó la necesidad de poseer tantas guitarras, tantos instrumentos de música. La necesidad de poseer tantos discos. Esgrimía como argumento la imposibilidad de utilizar más de uno de estos objetos a la vez. La imposibilidad de escuchar más de un disco a la vez. Acto seguido, esta persona tan insensata insistió incansablemente en que sería una buena idea que vendiera algún instrumento, algunos discos. Craso error. Como te imaginarás, después de cierta edad, cuando algún energúmeno e incauto manipulador sin carisma incurre en la imprudencia imperdonable de sugerir que lo que uno ha atesorado durante más de 40 años con grandes esfuerzos es demasiado, hay que mandarlo bien a la mierda, sin tapujos y listo. Y bueno, che. Soy consumista, me gusta coleccionar, es mi pasión… Demasiadas explicaciones. ¡Chito! ¡Qué te metés! 

Hace un tiempo encontré una cita atribuida al semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco. Decía que “es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, así como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos, vasos, destornilladores o brocas que compraste antes de comprar nuevos. Hay cosas en la vida que necesitamos tener en abundancia, aunque solo usemos una pequeña porción.” Me pareció genial porque si cada vez que aparece la palabra “libros” la reemplazáramos por la palabra “discos”, se adaptaría con precisión a mi realidad. ¡Era un fenómeno este tipo! Es la respuesta justa y precisa que hay que darle a los sermoneadores seriales que no dejan de entrometerse en nuestra opípara vida de coleccionistas (de discos).

Por otro lado, el interés por el arte se puede entender como la voluntad de reemplazo de cualquier tipo de práctica religiosa. Para muchos de los coleccionistas, el objeto de culto es justamente la propia colección, la que en el caso de los que coleccionamos discos de música tiene una íntima conexión con varias expresiones artísticas, lo que nos hace ser devotos empedernidos de otros tipos de deidades. Contrariamente a lo que proponen muchas creencias religiosas que basan su dogma en la austeridad y la pobreza, el coleccionismo se basa en la exageración y la abundancia. Resulta interesante ver cómo Denis Diderot en su obra “Jacques le fataliste et son maître” presenta un crítica filosamente filosófica a los preceptos de moderación propuestos por la iglesia católica, los que podrían haber sido atribuidos también a cualquier otro culto existente, claro. ¿Quiénes son estos ñatos para exigirte que no poseas ataduras terrenales a tus objetos de deseo? ¿Quiénes son para exigirte aceptar la carencia de algo que tanto te gusta? ¿Quiénes son para insistir en adoctrinarte para que te contentes con lo que ellos consideran lo estrictamente necesario? Yo quiero más, mucho más. ¿No sé vos? Seguramente unos cuantos de estos tiranos inquisidores, aunque pregonen lo contrario, están siempre deseosos de grandes fastuosidades. Hay que aprender a acorralar a la hipocresía: “supporter l’indigence quand on y est né, c’est ce qu’une multitude d’hommes savent faire; mais passer de l’opulence au plus étroit nécessaire, s’en contenter, y trouver la félicité, c’est ce que je ne comprends pas. Voilà à quoi sert la religion.” Cada uno encuentra su credo. En el mío están permitidas la Codicia, la Envidia, la Idolatría, la Insensatez, la Gula y seguramente algunas más con las que tendrías asegurado algún lugarcito en el mismísimo infierno. Acumular, almacenar, amontonar, apilar, juntar o simplemente coleccionar. Eso es lo que muchos de nosotros hacemos. Y nos gusta hacerlo, a pesar de los sermones de los cautos, de los prudentes, de los medidos, de los aburridos. ¡Aguante la exageración!

¿Por qué me decidí a coleccionar discos? “I loved the noise.” Tal como gritaba Peter Hammill, me gusta el sonido, me gustan los ruidos. Un disco es la mejor manera de almacenar esos ruidos y de poder recurrir a ellos a tu antojo. Además, coleccionar discos es casi como coleccionar figuritas. Conseguir completar la discografía de un artista da la misma satisfacción que conseguir la última figurita con la que llenás el álbum. Quizás sea por las imágenes, las fotos, las portadas, los colores, los elementos de los embalajes. El valor agregado que le da la gráfica a los discos es innegable. Lo tangible, lo físico, lo visual, lo efímero de los materiales. Todo eso es un plus para la música. Muchos álbumes geniales pierden puntos y se perjudica su impacto en el oyente a causa de una portada mal escogida que no ayuda a realzar la promesa de una experiencia artística intangible que se completa gracias a lo que nos muestran las imágenes que envuelven al objeto que materializa dicha experiencia. El elemento visual debe aprovecharse a modo de anticipación, de preparación, para predisponer positivamente al que va a escuchar esa música, para que ese momento se transforme en algo mágico, único e inolvidable.

Cuando algún salame insinúa que tiene una inmensa colección de música en su celular, en una USB en un disco rígido o en su computadora, esbozo una sonrisa. Jamás voy a coleccionar MP3, es una estupidez. ¿Qué sentido tiene ver una lista de los nombres de la música disponible en tu colección en una pantallita? ¿No es más lindo vestir los muros de tu casa con frondosas estanterías repletas de los discos que has atesorado durante años, abarrotadas de artículos – a veces ordenados, otras no tanto, aprovechando hasta el más mínimo espacio para seguir acumulando más discos, con una leve capa de polvo que te obliga a pasar de vez en cuando un trapito mientras vas leyendo los lomos de cada uno de estos objetos que te remiten a vivencias, que te traen recuerdos, rostros de amigos, experiencias, emociones, sinsabores, anécdotas, que de otra manera habrían permanecido en el olvido? Esos objetos, que para algún desamorado sin pasiones son la mera combinación de papel y plástico, trazan y delinean la historia de tu vida mejor que nada en el mundo. Esas estanterías desbordantes representan con exactitud el sueño del pibe. Ningún disco está demás, cada uno cuenta una historia, cada uno representa un momento preciso de tu vida. Desvincularse de alguno de estos instantes en el tiempo significaría perder una parte de vos, decidir dejar de ser vos mismo.  

Para finalizar, tomo una vez más una frase que el punzante Oscar Wilde escribiera en su obra de teatro “Lady Windermere’s Fan,” en la que delinea con astucia el malestar que el coleccionista debe padecer en cada uno de los pasos que da para satisfacer sus ansias por completar una colección que le trae tanto tragos amargos como recompensas. Presenta las dos caras de una misma moneda que pareciera nunca favorecernos por completo con su resultado: “In this world there are two tragedies. One is not getting what one wants, and the other is getting it.” 




sábado, 25 de octubre de 2025

CIENTO OCHENTA Y DOS

Nunca podré negar que mientras vivía en Montréal me fue imposible resistir a la tentación de buscar propuestas musicales, sonoras, desconocidas para mí. Nunca podré negar que en Montréal exploré, descubrí, visité, recorrí, todas y cada una de las disquerías que existían en la ciudad. Nunca podré negar que en Montréal conocí muchas músicas, muchos géneros, muchos estilos, que no tenía ni idea de que existían. Nunca podré negar que en Montréal los precios de los discos resultaban accesibles para mis ingresos; que los precios de los discos muchas veces resultaban irrisorios, insignificantes, ridículos. Nunca podré negar que en Montréal acumulé muchos discos, montones desfachatados de discos, pilas obscenas de discos. Nunca podré negar que compré al menos uno en cada una de las disquerías de la ciudad, además de los títulos que encontré en las ventes de garage de los fines de semana estivales. Nunca podré negar que todo lo que no se conseguía en las disquerías de Montréal podía encargarlo por correo sin demasiado trámite a cualquier lugar del mundo. Nunca podré negar que me parecen más estimulantes las instancias de búsqueda y de descubrimiento que el momento de la obtención per sé. Nunca podré negar que añoro aquellas épocas en las que ir a una disquería no implicaba forzosamente ir de compras ni regresar a casa con una nueva adquisición discográfica; que añoro esas épocas en las que ir a una disquería significaba encontrarse con gente con la que uno compartía gustos, experiencias, charlas, risas, anécdotas; lo que implicaba un intercambio social y cultural, lo que implicaba un enriquecimiento asegurado. Nunca podré negar que debe haberme agarrado el viejazo, que el paso de los años es evidente, que la sociedad en la que me toca vivir hoy no me parece tan interesante como me lo parecía aquella en la que me tocó crecer, que paulatinamente me he ido desvinculando de las expresiones artísticas que ofrece la tan mentada cultura de masas. Nunca podré negar que la música me brindó la posibilidad de hacer amistades – algunas más duraderas que otras, algunas más interesantes que otras, algunas más auténticas que otras – sin embargo, nadie puede garantizar que en otros ámbitos la cosa no sea semejante. Nunca podré negar que la música me permitió desarrollar habilidades para apreciar la soledad y sus beneficios, sus privilegios. Nunca podré negar que me he ido convirtiendo en un ser marginal. Nunca podré negar que mi experiencia con la música es pura y exclusivamente mía, que por más que intente hacer que otro la valore de la misma manera en la que yo lo hago, es muy posible que no logre el mismo impacto en esa otra persona aunque trate de expresar mi pasión con la máxima precisión y esmero. Nunca podré negar que la experiencia de cada uno de los melómanos, audiófilos, coleccionistas de discos o sonívoros es única e irrepetible, que las elecciones que uno hace cuando se relaciona con los sonidos, con la música, es tan abstracta como inexplicable. Nunca podré negar que las fuentes de interés que me han provocado las ansias de conocer distintas músicas, distintos artistas, han sido de lo más variadas e inverosímiles. Nunca podré negar que las últimas dos semanas en las que viví en Montréal compré, sin demasiada reflexión, todos los discos que pude encontrar de una banda japonesa llamada Mono y de otra alemana llamada Kammerflimmer Kollektief por temor a no poder acceder a ese material de regreso a mi Buenos Aires querido. Nunca podré negar que el primero me gustó pero no tanto y que el segundo me sorprendió a duras penas. Nunca podré negar que a pesar de todo sigo teniendo todos esos discos en mi colección, aunque no los escuche demasiado. Nunca podré negar que decidí no comprar nada más de los japoneses porque no encuentro ninguna diferencia substancial entre cada uno de sus álbumes como para que merezca la pena seguir invirtiendo dinero en ellos – son todos muy parecidos, casi idénticos entre sí, calcaditos, ¿te queda claro? Nunca podré negar que algunos de los álbumes de los alemanes me sorprendieron para bien y que, aunque les seguí la carrera con cierto interés, creo que llegaron a un punto en el que sería bueno que no publicaran más discos porque su propuesta ha empezado a parecerme chata e insulsa, desabrida. Nunca podré negar que es difícil sostener el interés por la música cuando cada vez menos artistas ofrecen una propuesta que me sorprenda, que al menos logre gustarme un poquito – ojo que no pido que me impresione a lo grande. Nunca podré negar que estoy convencido de que la música, de la manera en la que la conocí, de la manera en la que me sedujo, de la manera en la que me acompañó desde mi adolescencia, agoniza, bastante maltrecha y sin muchas posibilidades de subsistencia. Nunca podré negar que creo que las nuevas generaciones serán, en todo sentido, cada vez menos creativas conforme pasen los años. Nunca podré negar que no creo que la cosa mejore. Nunca podré negar que pienso que las expresiones artísticas se encuentran en franca decadencia, desnutridas, faltas de contenido, faltas de sangre, sudor o lágrimas. Nunca podrán negar. Bye bye, baby. Baby caput.

jueves, 24 de julio de 2025

CIENTO OCHENTA Y UNO

Los videojuegos son una porquería. Te absorben, te aislan del mundo real, te hipnotizan. Crean una ilusión paralela del mundo, sin vida, fría, impersonal, sin esencia, sin consistencia. Intangibles, son como un espejismo. La nada misma. Desde un punto de vista empírico-pragmático, alguno podría afirmar que no existen. A pesar de su inexistencia, logran ponerme nervioso. Los colores de los grafiquitos son estridentes y dañinos para las pupilas. Además, muchas veces los dibujos son feos, horribles, espantosos. ¡Puaj! Son ruidosos y molestos. ¡Ufff! Hay tantas cosas en la pantalla explotando todo el tiempo que es difícil entender lo que pasa. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum! ¡Basta! Nunca me enganché con ese pasatiempo porque me da la impresión de que cuando uno se pone a jugar con estos aparatitos se pierde la noción del tiempo que uno permanece a su merced. Además, es una actividad para perezosos faltos de proyección en el futuro. Parece que el que está jugando está en estado vegetativo, en trance. No entiendo cuál es la gracia de permanecer sentado tanto rato apretando dos ó tres botoncitos, moviendo una manijita, alguna que otra palanquita, siempre en la misma posición, mirando hacia adelante como si te hubieran obligado a usar anteojeras como a los pobres caballos, con un único punto de vista al que se llega a estimar como el único valedero. A veces me pregunto si la gente que se obsesiona por esas cosas llega a apreciar algo del mundo tangible, de la vida real como dicen los pibes. A veces me pregunto si la gente que se obsesiona por esas cosas llega a desarrollar habilidades para relacionarse con otras personas, si llega a percibirse como persona humana. A veces me pregunto si la gente que se obsesiona por esas cosas pierde habilidades sociales, habilidades emocionales, habilidades empáticas, habilidades físicas, habilidades…

Dicen que las matemáticas están en todos lados, que están en todas partes. Aparentemente, Galileo Galilei – considerado como el “padre de la astronomía moderna”, el “padre de la física moderna” y, finalmente, el “padre de la ciencia moderna”, dijo que las matemáticas son el lenguaje en el que Dios ha escrito el Universo. ¡Chau! ¿No será mucho? ¿No será demasiado? A pesar de mi escepticismo montante, hay que admitir que las matemáticas están presentes en nuestra vida cotidiana de maneras muy diferentes. Sirven para resolver estrategias, para elaborar presupuestos, para trazar mediciones para construir edificios, para ir a la verdulería, para abordar las tareas habituales de las profesiones más diversas. También, aunque no lo creas, dicen que son fuente de inspiración para artistas plásticos y para músicos. Sí, leíste bien. Para músicos. ¡Chan, chan! Es sabido que las matemáticas se encuentran en las escalas, en las relaciones entre las notas musicales, en la formación de los acordes, en los patrones, en las figuras rítmicas, en la métrica de los compases, en la melodía, en la armonía, en el rango dinámico del sonido, en la afinación de los instrumentos, en el diseño y la confección de todos los instrumentos musicales… Seguí contando…  

Sin embargo, nunca se me hubiera ocurrido que entre tantas posibilidades para definir, para identificar, a un sub-género del rock, expresión contracultural por excelencia, a alguien se le cruzara por la cabeza recurrir al término “math-rock”. Pensar que más de uno de los pibes que tenían banditas en la escuela le escapaban a las matemáticas como al cuco, como a la luz mala, como a la peste bubónica, como al hombre de la bolsa… ¡Juira, che! Existió el “mono matemático”, ahora también existe el “rock matemático”. Loco, loco, loco… ¿Harán música con una calculadora? ¿Con un ábaco? ¿Con reglas, escuadras, transportadores y compases? ¿Con hojas cuadriculadas? Me parece demasiado.

Parafraseando al estimadísimo Negro Fontanarrosa, puedo afirmar que el mundo ha nacido y sique estando equivocado. Hay quienes hacemos música para distendernos, para distraernos. Otros necesitan complicarse la vida priorizando la complejidad rítmica y las estructuras intrincadas, a través de un enfoque técnico de precisión quirúrgica milimétricamente rigurosa, en lugar de aprovechar la expresividad de la espontaneidad humana. 01000101 01111000 01110000 01110010 01100101 01110011 01101001 01110110 01101001 01100100 01100001 01100100 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01101101 01100101 00100000 01110000 01100101 01110010 01101101 01101001 01110100 01100101 00101100 00100000 01110011 01101001 00100000 01110011 01100101 00100000 01101101 01100101 00100000 01100001 01101110 01110100 01101111 01101010 01100001 00101100 00100000 01100101 01110011 01100011 01110010 01101001 01100010 01101001 01110010 00100000 01101100 01100001 00100000 01110011 01101001 01100111 01110101 01101001 01100101 01101110 01110100 01100101 00100000 01100110 01110010 01100001 01110011 01100101 00100000 01100100 01100101 00100000 01101101 01101001 00100000 01110100 01100101 01111000 01110100 01101111 00100000 01100100 01100101 00100000 01110101 01101110 01100001 00100000 01101101 01100001 01101110 01100101 01110010 01100001 00100000 01100100 01101001 01100110 01100101 01110010 01100101 01101110 01110100 01100101 00100000 01100001 00100000 01101100 01100001 00100000 01110000 01100001 01100011 01110100 01100001 01100100 01100001 00100000 01110000 01101111 01110010 00100000 01101100 01101111 01110011 00100000 01110101 01110011 01110101 01100001 01110010 01101001 01101111 01110011 00100000 01100100 01100101 00100000 01101100 01100001 00100000 01101100 01100101 01101110 01100111 01110101 01100001 00100000 01100011 01100001 01110011 01110100 01100101 01101100 01101100 01100001 01101110 01100001 00100000 01100001 00100000 01101100 01101111 01110011 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01101101 01100101 00100000 01100100 01101001 01110010 01101001 01101010 01101111 00100000 01110000 01100001 01110010 01100001 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01101100 01100101 01110011 00100000 01110011 01100101 01100001 00100000 01110100 01101111 01110100 01100001 01101100 01101101 01100101 01101110 01110100 01100101 00100000 01100001 01101010 01100101 01101110 01100001 00100000 01100101 00100000 01101001 01101110 01100011 01101111 01101101 01110000 01110010 01100101 01101110 01110011 01101001 01100010 01101100 01100101 00100000 01111001 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01100001 00100000 01110000 01100101 01110011 01100001 01110010 00100000 01100100 01100101 00100000 01100101 01101100 01101100 01101111 00100000 01101100 01101111 01100111 01110010 01100101 00100000 01100001 01110010 01110010 01100001 01101110 01100011 01100001 01110010 01101100 01100101 01110011 00100000 01110101 01101110 01100001 00100000 01110011 01101111 01101110 01110010 01101001 01110011 01100001 00101110. ¡Basta! Se complican la vida haciendo esa música. Paren de sufrir, muchachos. 

Una tarde, mientras revolvía las bateas en L’Oblique, escuché a un cliente hablando fervientemente con Luc, el propietario de una de las más lindas disquerías de Montréal, sobre unos discos que se había comprado en un viaje al país del sol naciente, versiones japonesas evidentemente. ¡Sep! Se trataba de un murmullo franco-canadiense del que para esa época ya me había apropiado y al que comprendía a la perfección. Blablá, blablá, blablá, blablá… Con actitud lejana, indiferente, distante, seguía en mi búsqueda desinteresada. Los escuchaba sin prestarles demasiada atención. Como quien escucha el viento soplar durante una tarde invernal de tormenta tomando un té sentado al lado de una ventana empañada mirando los copos de nieve caer sin rumbo fijo para luego depositarse suavemente sobre el espeso manto blanco que cubre las calles de una ciudad que le es ajena, que se transforma, que se torna irreconocible. Sin embargo, en el instante en el que comentaron algo sobre la música del grupo, instrumental, cercana al post-rock, paré la oreja y tomé nota: Atlas, Battles, Mirrored, Tonto. Título de un single, nombre de la banda, título de un álbum, título de otro single. Hasta ese momento aquella era una banda desconocida para mí. ¡Yes! Tampoco tenían mucha historia que digamos, seamos honestos: un álbum, un par de singles de los que me había enterado haciendo un poquito de espionaje musical, un par de singles más que descubrí unos días más tarde cuando me propuse conocer definitivamente a este tan alardeado fenómeno naciente de la música independiente yanqui buscando más información en internet sin necesidad de recurrir a los servicios de ningún tipo de hacker.

Caí como un chorlito. Música interesante, peligrosamente cercana a la banda de sonido de un dibujito animado o, lo que sería peor, a la banda de sonido de un videojuego. ¡Nooooo! Algunas voces que parecen interpretadas a dúo por las ardillitas Chip ’n Dale de las películas del Pato Donald creadas por Walt Disney, allá por el año 1943, planean sobre una instrumentación grandilocuente y ostentosa. El resultado, una propuesta bastante personal y diferente a la de otros artistas asociados con este género de música instrumental. ¡Atención! La discografía de estos tipos no es demasiado amplia. Hasta los mismos miembros del grupo se deben haber dado cuenta de que se trata de una propuesta musical que puede resultar empalagosa. Por lo tanto, debe ser consumida con moderación.

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martes, 24 de junio de 2025

CIENTO OCHENTA

Cuando visito una ciudad por primera vez, a veces voy al zoológico, otras alquilo una bicicleta. Trato de moverme como si fuera un habitante más, no un turista. Trato de tomar transporte público, de preferencia colectivo, para poder apreciar las calles, los edificios, los comercios. Para poder vivir la ciudad. Cuando estoy corto de tiempo, uso el subte, pero por lo general, camino. Consigo un plano y trazo recorridos, marco los lugares que voy conociendo y los que quiero conocer, generalmente con lapicera roja. Trato de encontrar librerías y disquerías de usados, d´occasion. Me siento en una plaza a comer algo que compro en un supermercado o en un almacén. Casi nunca me detengo a mirar monumentos, salvo que sean tan grandes que sea inevitable verlos, que sea imposible esquivarlos porque los tenés adelante y te chocás con ellos. A pesar de haber estado relacionado en algún momento de mi vida con las artes visuales, sea porque pinté algún que otro cuadrito, sea porque trabajé diseñando catálogos para exposiciones en galerías de arte, es muy raro que se me ocurra visitar un museo. 

Cuando fui por segunda vez a Madrid, calculo que en el 2008, salí a caminar con la idea de llegar a la estación de trenes de Atocha para comprar unos boletos. Al salir de la estación, no pude evitar toparme con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía que está justito en frente, cruzando la calle. Decidí pasar a chusmear porque el edificio me pareció simpático. Querían cobrarme entrada por lo que opté por la librería del museo – paseo gratuito e igualmente estimulante. Mirando libros de escritores de lo más desconocidos para mí, encontré una pilita de CDs de artistas igualmente desconocidos. Me puse a mirar las tapas sin demasiadas expectativas. Sin embargo, a pesar de que mi memoria no es exuberante, por suerte es selectiva, sobre todo con lo que tiene que ver con la música. Esto me permitió recordar que el nombre de uno de esos misteriosos grupos lo había visto en una nota sobre los alcances del post-rock que había leído mientras trataba de profundizar en la propuesta del género además de buscar excusas en internet para matar el tiempo durante alguna tarde al pedo en el laburo, mientras nevaba duro y tupido y trataba de no bajonearme. En la portada, se exhibía un nombre peculiar que no termino de decidir si es demasiado tonto o absolutamente inteligente. ¿A quién se le ocurre escribir un número e inmediatamente después, pegadito, sin espacio, agregar en letras el nombre de ese número que ya estamos viendo? Es un genio o es un tarado. Sin embargo, como nombre, funciona porque es recordable, memorizable. Quizás, también simpático. Lo único importante es que la ilustración de la tapa me atrajo, me gustó, me sedujo y me hizo decidir desembolsar unos morlacos para apropiarme del disco “L’Univers” de 12Twelve – grupete catalán de música instrumental – sin haber escuchado previamente ni un solo acorde del álbum. Valiente, kamikaze, osado, arriesgado, imprudente, potentado, desprendido, desacatado, descarriado, loco… vaya uno a saber cuántas otras formas de apodarnos tienen los pobrecitos que no coleccionan discos y que no logran comprender nuestra pasión.


jueves, 12 de junio de 2025

CIENTO SETENTA Y NUEVE

Nunca me gustaron los géneros musicales puros. Cruce. Fusión. Mezcla. Crossover, para los minuciosos. Post-lo-que-sea, para los reiterativos, para los insistentes.

El prefijo “pos”, según el diccionario de la RAE, es la forma simplificada del prefijo de origen latino “post-”, que significa “detrás de” o “después de”; lo que implica claramente posterioridad en el tiempo o en el espacio. Algo que llegó tarde, algo a lo que se le escapó el tren, para los negativos. 

Aunque digan que las segundas partes no son tan buenas como sus predecesoras, habría que dejar muy en claro que prácticamente ninguno de nosotros ha sido expuesto a la versión original, a lo que le dio origen al asunto, que aquello a lo que algunos llaman “el principio de todo” no deja de ser otra de las tantas copias baratas, otra de las tantas ideas de segundamano que andan dando vueltas por ahí. Los que parece que supieran apodan “intertextualidades” al refrito de ideas ajenas sin cuestionar demasiado el grado de plagio que se puede permitir para reconocer la originalidad de una obra. De esta manera, nos queda más que claro que todo lo que se conoce proviene de alguna expresión previa, de algo anterior, de algo que lo hizo germinar. De algo afanado, para los incrédulos. A rigor de verdad – dejémonos de joder – todo debería llevar el prefijo “pos” ya que en una época plagada, infestada de ideas, pensar que alguien pudiera proponer una idea o un concepto completamente nuevos sería un anacronismo o una mera casualidad. Sería de puro culo, para los escépticos.

Sin embargo, no hay que bajonearse. No hace falta que una idea sea completamente nueva para que sea interesante. Pasa lo mismo con las comidas. A pesar de que los ingredientes suelen ser siempre los mismos: alguna que otra carne, alguna que otra verdura, alguna que otra fruta, alguna que otra harina, alguna que otra especia; muchas veces nos sorprende algún manjar sin precedentes gracias a la combinación personal con las cantidades exactas de cada una de las materias primas. 

¿Qué son los colores primarios? Son los tres ó cuatro colores – dependiendo si se trata de los colores luz o de los colores pigmento – a partir de los cuales se pueden obtener todos los demás colores de la escala cromática, según la proporción de cada uno que se agregue a la mezcla. Menos es más, para los fundamentalistas.

Con la literatura pasa algo parecido. Los temas recurrentes son unos pocos: el amor, la muerte, la guerra, la moral, la religión, las relaciones sociales y algún otro que de alguna manera se relaciona con los anteriores. ¿Por qué sería diferente con la música? Hay que aceptar que los elementos que se pueden utilizar son una cantidad limitada de notas, una cantidad limitada de figuras rítmicas, una cantidad limitada de instrumentos, una cantidad limitada de efectos tanto analógicos como digitales y el tan menospreciado silencio. El secreto está en el maridaje de los elementos, para los presumidos, para los pretenciosos, para los petulantes, para los presuntuosos, para los arrogantes, para los engreídos, para los sofisticados… 

Cuando comencé a escuchar música con interés, lo que me sedujo primero fue “post-punk”. Seguramente por la actitud de insubordinación de los grupos del género, por la marcada voluntad de quiebre de aquellos muchachitos descarriados, por la estética ensoñadora de las portadas de los álbumes, por el look que nunca adopté porque aborrecía la idea de que me vincularan con alguna tribu, por los sonidos que marcaban y definían la época, los que finalmente eran lo único relevante cuando me sentaba a escuchar música. Arriba las melodías, para los melómanos.

Más tarde, en un momento de hastío musical, luego de haber cuestionado a unos cuantos géneros y estilos, comencé a fanatizarme con el “post-rock”. Me cautivó la permeabilidad de los que se ponían esa camiseta. En muchos casos ofrecían interpretaciones diferentes de las posibilidades del género. Eso me descolocaba. Ya te conté que mi primer contacto con este mundillo fue gracias a Tortoise – inmenso grupo yanqui sin igual que me introdujo de prepo en las bondades de la música instrumental. Una banda de las más grossas, para los fanáticos empedernidos. Tuve la suerte de conocerlos hace veintipico de años. No me canso de agradecer a los muchachos de Tower Records de Buenos Aires por haber importado toda su discografía. No me canso de agradecer la existencia de este grupo que me fascina. No me canso de escuchar una y otra vez sus discos. Sin embargo, al ser un tipo inquieto, no pude quedarme sólo con mi primer amor y profundicé, con distintas suertes, claro. Demasiado arriesgado, para los conservadores. Demasiado gasto en disquitos, para los amarretes.

En un principio, pensaba que los exponentes de este género musical provenían sobre todo de América del Norte, o de Chicago o de Montréal. Cunas del género, para los estrechos. Al poco tiempo, supe que, en realidad, los pioneros provenían del Reino Unido. Aparentemente un tal Simon Reynolds habría inventado el término “post-rock” al escribir una reseña sobre el disco “Hex” del grupo Bark Psychosis en la revista The Wire en 1994. Las texturas de sonido, sus timbres distintivos que se alejaban de los de un grupo de rock, su costado oscuro, su tono siniestro, su espacialidad épica, los arreglos de ensueño que encaminaban al oyente hacia una delicada melancolía… Todo esto le hizo inventar una forma de definirlo, de encasillarlo para tratar de entenderlo. Poner en evidencia la fórmula, para los pragmático-racionalistas.

Lo que a mí me gusta de este género es la variedad, el vale todo. Lo que en un primer momento de descubrimiento viví como algo imprevisible. Podés esperar lo que sea, pensé. Instrumentos acústicos, instrumentos eléctricos, instrumentos electrónicos. Toneladas de efectos, ningún efecto. Música instrumental, canciones no convencionales. Un abanico de influencias: rock, jazz, electrónica, música contemporánea, música concreta, entre otras. Cada grupo construye su propia visión del asunto. Cada grupo crea su propia versión del género que los aglutina, para los desprejuiciados. 

Evidentemente, rascando un poco, al tratar de descubrir de dónde provenían las ideas de los muchachos de Bark Psychosis, no demoré mucho en descubrir “Spirit of Eden” y “Laughing Stock” de Talk Talk además del disco solista de su cantante Mark Hollis, como influencias irrefutables para los completistas. También los compré, claro. También me gustaron, claro. Sin embargo, sigo buscando y buscando más y más ideas, más y más sonoridades, más y más músicas. Aunque los sonidos provengan de fuentes viejas y conocidas, conservo la esperanza de que algo logrará sorprenderme, de que algo me llevará a ilusionarme con otras músicas aunque estén sostenidas por los viejos pilares de una tradición sonora, de una tradición sónica de la que ninguno de nosotros puede escapar. Para los fatalistas, claro.

viernes, 3 de enero de 2025

CIENTO SETENTA Y OCHO

Las bajas frecuencias me cautivan tanto como las disonancias. Será porque aprendí que son las que sostienen, las que enmarcan el sonido, las que terminan de darle forma al ruido para que lo percibamos como música; será por su costadito sexy que te hace agitar la patita al mismo tiempo que te provoca un movimiento irrefrenable de caderas; será porque estas frecuencias, además de actuar sobre tus tímpanos para que las escuches, se sienten como caricias en todo el cuerpo que exaltan tu corazón, se sienten como masajes de lo más estimulantes. 

Para muchos de los grupos con los que aprendí a escuchar música, el bajo no era tan solo un instrumento de relleno. Era un instrumento cuyo aporte resultaba fundamental para la construcción de cada canción. Era un instrumento sin el cual todo se habría desmoronado. Por esa razón, cuando decidí comenzar a crear mi propia música, supe desde el primer instante que el rol del bajo era irrenunciable. Conocí a pocos bajistas que me volaran la peluca. Muchos de ellos se contentaban con marcar el tempo tocando la tónica de la sucesión de acordes. ¡Error! Para no tener que padecer la mediocridad de esos patéticos imbéciles, no tuve otra salida que aprovecharme de las bondades de un sequencer que me permitía interpretar las líneas de bajo tal y como cada una de mis canciones lo requería además de abrirme la posibilidad de sumarle arreglos de órgano o de piano eléctrico. Un hallazgo. A pesar de haber encontrado una herramienta con la que logré plasmar una gran cantidad de mis ideas musicales, en el momento en el que quise agregarle a mis canciones la imperfección del sonido interpretado a través de distintos materiales supe que necesitaba agregar a mi arsenal un bajo de madera con cuatro cuerdas de metal. Fue así que convoqué a mi amigo Omar Scavone, que detentaba una comprobable experiencia en el uso de la batería, para que tocara el bajo eléctrico en mi nuevo proyecto. Decisión osada, kamikaze, aunque efectiva. Durante varios años, Omar usó el bajo de su esposa. El mismo que ella había tocado en las sesiones de grabación de ASUSTADOS UNIDOS. Un pedazo de madera sin ningún tipo de curva del que sacamos sonidos con mucha onda. Cuando grabamos “Another Journey by Train” de The Cure para el compilado “Concise Pink Pig Atlas: The Whole Cure in the Mirror”, tuvimos la suerte de que Mariano Marcos nos prestara un bajo fretless que había construido con Gabriel Mateos. Omar decidió ponerle cuerdas lisas para tratar de imitar el sonido de Mick Karn en el álbum “The Waking Hour” de Dalis Car. Un acierto enriquecedor que nos acompañó hasta la última canción que grabamos como NO:ID. 

Tuvieron que pasar unos cuantos años más para que pudiera acceder a comprar un bajo gracias al que no tuviera que depender de la caridad de distintas personas que me proporcionaran un instrumento digno. Además de los bajos, evidentemente me gustan las guitarras. Un modelo de guitarra que me hubiera gustado mucho tener en mi colección es ese al que llaman “hollow body”. Son esas que tienen el cuerpo hueco, a las que también llaman “de caja”, como la de B. B. King, ¿viste? He tenido varias guitarras a lo largo de mi vida. En un momento llegué a tener cinco, las que evidentemente no podía tocar al mismo tiempo. Hoy reduje, bajé la cantidad a dos. Un número limitado aunque sensato para el espacio en el que vivo. Se me pasó el cuarto de hora y sé que nunca tendré ni una Fender Jaguar, ni una Fender Jazz Master, ni una guitarra de “caja hueca”. Sin embargo, en Montréal, me desquité y maté dos pájaros de un tiro. Un día de verano, después del laburo, como era mi costumbre, salí a pasear en bicicleta. Aunque el trabajo no era nada grave, era bueno salir con cualquier excusa para relajarse. Decidí enfilar hacia el Vieux-Port para mirar las vidrieras de las tiendas de instrumentos musicales. Steve’s Music Store siempre era el destino predilecto. ¡Ahí sí que tenían de todo! Casi una cuadra de locales conectados entre sí para mostrarte, para ofrecerte el abanico de posibilidades que el ser humano tiene para producir ruidos a los que con el tiempo nos acostumbramos y definimos como música. Sin embargo, ese día, cambié de recorrido y me paré a mirar otra tienda, Jack’s Musique, un poco menos ambiciosa, mucho más pequeñita – justito en la esquina opuesta sobre la misma cuadra de la rue Saint-Antoine ouest, en el número 77 – con muchísimos menos instrumentos para apreciar y mucho más polvo para incentivar cualquier alergia. Instrumentos apilados sin ton ni son. Digna obra de un acumulador serial. Todo esto para no prejuzgar con premura y asegurar que se trataba de un sucucho de mala muerte en el que más de uno no se animaría a entrar bajo ninguna circunstancia, al que podríamos definir con mayor precisión como “el museo del silencio en la música” por ofrecer gran cantidad de instrumentos usados pertenecientes a épocas inmemoriales que evidenciaban no haber estado en actividad desde andá a saber cuándo. Hasta el vendedor parecía haber perdurado en el tiempo gracias a las bondades del formol. Todo olía a naftalina y humedad, a madera vieja y sudor latente, a alfombra sucia y geriátrico, a óxido y WD-40, a grasa añeja pegoteada en cada rincón. Sin embargo, contra todo pronóstico, mis ojos se posaron sobre un instrumento d’occasion, presque neuf, que parecía querer acompañarme en mis andanzas musicales. Pregunté el precio, me respondieron sin meandros. Estaba colgado, pedí que lo bajaran. Lo miré, lo probé. ¡Guau! Tarareé: “bajaremos, incontenibles, hasta donde el diablo pueda olernos”. Prueba de un estado de auténtica felicidad y goce. Tenía una leve melladura, nada grave. Propuse el pago en contante y sonante, me rebajaron el 15% sin chistar – fuera TPS y TVQ, el que pierde es el fisco. Le pedí al vendedor que me lo aguantara hasta que fuera a buscar el billete al guichet. Trato hecho. No demasiado tiempo más tarde, hacía equilibrio en la bicicleta con el manubrio en una mano y un bajo IBANEZ ARTCORE ASB 140 “hollow body” en la otra. ¡Estaba para el Cirque du Soleil! Tuve suerte de no pegarme un palo mientras transitaba por el abarrotado boulevard René-Lévesque est o mientras subía la prolongada pendiente de la rue Amherst hasta llegar a la esquina de la rue Sherbrooke est donde me alojaba y debía finalmente bajar. Todo un logro. 

Como todo tiene que ver con todo. Como no existen las casualidades. Cuando llegué al edificio, como de costumbre, fui a abrir el buzón, abajo en el rez-de-chaussée – la planta baja para los hispanoparlantes, para ver si tenía correspondencia. A esa altura no existía ninguna sorpresa, recibía paquetitos con asiduidad, cotidianamente, casi todos los días. ¿Qué contenían? ¿Pregunta retórica o pregunta boluda? Discos, pibe. ¿Qué más? Resumiendo… Habemus paquetum, exclamé. Al desembalar la pequeña encomienda, no me sorprendió la llegada del álbum en cuestión, pues había sido yo mismo el que lo había encargado en un sitio de internet danés. En esa época me había puesto como meta completar la colección del grupo Sort Sol, que había conocido de nombre por intermedio de Juan Carlos y finalmente había escuchado en una colaboración con Lydia Lunch que apareció en su álbum “Hysterie”. Haber encontrado una tienda virtual en la Dinamarca natal de estos muchachos, procedentes de un país tan fuera del foco del mundillo de la música, me solucionó la faena. Fui comprando uno a uno, a medida de mis posibilidades, los disquitos de estos flacos. Cuando ya me había provisto de cada uno de los títulos de su discografía, descubrí un par de álbumes más de un proyecto paralelo del cantante a los que decidí darles una oportunidad. El primero de los discos del dúo se denomina simplemente “Ginman/Jørgensen”, bajo sendos apellidos de cada uno de los músicos. Ése es el que recibí el mismo día en el que compré mi tan anhelado bajo eléctrico. No hay mucha sorpresa ya que mi vida se puede resumir bajo dos líneas de acción: la compra de algún que otro disco y la compra de algún que otro instrumento musical. Sin embargo, aquí las estrellas se alinearon y con cierto poder de anticipación coincidieron en que ese preciso día, bajo alguna luna que me iluminara, sumara a mi colección de discos un álbum de un ignoto bajista y contrabajista de jazz dinamarqués llamado Lennart Ginman al que quizás sólo la madre conozca, seguramente bajo algún apodo cariñoso y familiar que evidentemente nunca nos será revelado. 

Bajá la ansiedad. ¿Dónde está la gravedad? Nada puede ser tan grave, che.

sábado, 7 de diciembre de 2024

CIENTO SETENTA Y SIETE

No hay nada que hacer. Cuando uno es fanático, es fanático. Todo empieza cuando uno es chiquito. Se van adquiriendo ciertas manías y obsesiones que a medida que uno crece se instalan para quedarse. Orden, equilibrio. Cubrir baches, tratar de no dejar ningún agujero, ningún hueco. Llenar, completar, tener todo. Absolutamente todo. 

A pesar de considerarme un coleccionista empedernido, creo que poseo una conducta pragmática, una mentalidad práctica, que me impiden acumular objetos que no pongo en uso. En una época compraba indistintamente cassettes o vinilos, pues en mi casa disponía de un minicomponente que me permitía escuchar cintas y de un giradiscos con el que escuchaba tanto 7" como 12"... lamentablemente, 10" nunca tuve ninguno. Tant pis... Mucho más tarde, accedí a la tecnología digital y me rendí por completo frente al CD. Me deshice de la inmensa mayoría de los ítems en formato analógico que había ido acumulando durante cuatro ó cinco años, sin que me provocara ningún tipo de pena. ¡Todo sea por el progreso! La nueva experiencia sonora tuvo distintas etapas. Fue evolucionando. Desde un magro discman Sony con el que escuchaba los discos con auriculares hasta mi actual sistema de audio Carver con parlantes Infinity, de madera, importados, de diez pulgadas, de la hostia, que no cambiaría por nada del mundo. Hoy, ya no compro más vinilos. Salvo que sea la única versión del álbum, que contenga el CD replicando el mismo contenido y que no se venda por separado. Mucho menos, cassettes. Porque, finalmente, me es pragmáticamente imposible escuchar música en esos dos formatos. En cambio, es frecuente que posea dos ó tres ejemplares de un mismo álbum en CD ya sea porque uno de los discos presente alguna canción en una versión diferente, que agregue alguna otra o que lo acompañe un segundo disco con material inédito: canciones, videos, lo que venga. Posibilidades hay muchas, pero son concretas y, además, el objeto en cuestión conserva cierta utilidad. 

Vaya uno a saber si las palabras que transcribo a continuación fueron pronunciadas realmente por Umberto Eco. Las encontré en una famosa red social, en internet, por lo que me atrevo a dudar de la autenticidad de la supuesta autoría. Sin embargo, me gustaron y me parecen totalmente trasladables al universo del sonívoro reemplazando todas las partes del texto que pertenecen al mundo de la literatura por análogas que pertenezcan al mundo de la música. “Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, así como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos, vasos, destornilladores o brocas que compraste antes de comprar nuevos. Hay cosas en la vida que necesitamos tener en abundancia, aunque solo usemos una pequeña porción.” A pesar de que contradicen en cierta medida mi costadito utilitario, estas palabras me habilitan a seguir coleccionando discos aunque no los pueda escuchar a todos a la misma vez, aunque a muchos de ellos haga años que no los escucho, aunque estén juntando polvo desde tiempos inmemoriales. Aprecio el empujoncito con el que logra hacerme sentir cada día menos culpable por la compra indiscriminada de discos y más discos.

Todo empezó con la compra del cassette de “In the Flat Field” que publicó DG Discos en 1987. En la misma época, el gordo Musri – un compañero de la escuela secundaria – me prestó el vinilo de “Burning from the Inside” para que me lo grabara en una cinta. Juan Carlos tenía “Mask” en vinilo y lo trajo alguna que otra vez a mi casa para escucharlo durante la merienda. Durante la escuela secundaria, generalmente los sábados por la mañana, iba con mi vieja a hacer compras. A veces, zapatos. Otras, libros para el colegio. Todas y cada una de esas salidas desembocaban en una disquería. Si no era en Abraxas, era en El Atril o en Tabú. Una vez que estábamos por Acoyte y Rivadavia, en la galería París, encontramos una tienda en el fondo que vendía remeras, accesorios, boludeces y, además, discos. Creo que se llamaba Atmosphere, como la canción de mis bien amados Joy Division, lo que era un buen indicio, un buen augurio, lo que anticipaba que en ese sitio encontraría algo interesante. En realidad, fue mucho más interesante de lo que me imaginaba. Tuve que elegir entre tres discos que me llamaron la atención. Hoy me pregunto si mi elección fue la correcta. Aunque, de todas maneras no tengo mucho de qué arrepentirme ya que el tiempo subsanó mis errores de juventud. En ese momento, mi madre me habilitó para la compra de solo uno de esos tres discos. Opté por el compilado “1979-1983”, seguramente porque era brasilero, por ende más barato, y encima, era doble, lo que implica mayor cantidad de música, mayor cantidad de canciones. Con una enorme pena, dejé en las bateas el primer álbum de Crime and the City Solution y el primer álbum de These Immortal Souls, que la vendedora, que sabía muy bien lo que hacía, me ofreció con insistencia pues le acababan de llegar fresquitos desde Inglaterra. La vida de un sonívoro no es sencilla, está repleta de abnegación, sacrificio y renuncia. Muchas veces hay que tomar decisiones más que difíciles, acumular paciencia como se pueda, aguantar los desencuentros, esperar y esperar. Respirar hondo y seguir esperando. A la larga, todo llega. Los discos que dejé de lado aquel sábado, los conseguí un par años más tarde en CD y, encima, con bonus tracks. Mucho más tiempo tuve que resistir para lograr escuchar el clásico de la música gótica “Bela Lugosi’s Dead”. Todo el mudo hablaba de esa canción y yo siempre la había escuchado de rebote, nunca había tenido ese single entre mis manos. Un pecado. En Canada me desquité y no sólo compré la versión en CD del single original del sello Small Wonder Records, sino que como Bauhaus reapareció fugazmente en la escena para dar una serie de recitales en los que vendía una nueva versión del archifamoso disco publicada por ellos mismos, también lo compré sin dudarlo porque incluía un tema más y la imagen de la portada era diferente. Muchos años más tarde, ya de regreso en mi Buenos Aires querido, me enteré de la existencia de una nueva versión de este tan ansiado single que se llamaba “Bela Lugosi’s Dead - The Bela Session” que, como bien lo indica el nombre, incluye temas grabados en la misma época, en la misma sesión de grabación, que habían permanecido cajoneados, sin darse a conocer por casi cuarenta años. El sello Leaving Records me hizo caer nuevamente en la tentación y sumé una tercera versión del mismo título. ¡Adentro! Como cada una de ellas presenta diferencias en la lista de temas, no encuentro ninguna razón para no conservarlas en mi tan amada colección de discos. Lo único que justifica que no posea la cuarta versión existente de este single es que vale una fortuna en Discogs, tan solo incluye una canción que no está disponible en las otras versiones que tengo y, además, se trata de un demo de un minuto y medio. ¡Tan obse no soy, che!  

miércoles, 30 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y SEIS

Cuando querés conocer la música de algún artista que te mencionaron pero no te animás a comprar ninguno de sus discos por temor a que sea un fiasco, para eso sirven las “ventes de garage”. Generalmente, por un par de moneditas te llevás algún disquito. Si cuando lo escuchás, te das cuenta de que no es de tu agrado, no hay nada de qué lamentarse. Lo conservás para hacer bulto, lo regalás a alguien que lo pueda aprovechar y, en una de esas, quedás como un duque o, en el peor de los casos, lo hacés guita sin remordimientos. Lo bueno del asunto es que siempre encontrás alguna que otra perlita y que cuando te vas, lo hacés sintiendo que por un momento el loser es el otro. Te retirás en ganador, con la frente bien en alto, con una sonrisita picaresca de oreja a oreja, repitiendo: ¡cómo lo cagué!, ¡cómo lo cagué!, ¡cómo lo cagué!

La lista de discos que conseguí en esas covachas de mala muerte no es tan extensa. Sin embargo, a pesar de los peores pronósticos, algunas alegrías tuve gracias al descarte de los otros. Los CDs que recuerdo haber comprado son, en orden alfabético: “Sexy Boy” de AIR French Band, grupito francés del que había escuchado un single de promoción en la Médiathèque de l’Alliance Française de Buenos Aires, para el que no juntaba ni fuerzas ni ahorros, el que a pesar de todo vaticinio me cautivó; “Foolish Thing Desire” de Daniel Ash, disco solista del cantante de Love and Rockets y de Tones on Tails, guitarrista de Bauhaus… como diría Robert Forster en sus diez reglas del Rock and Roll: “las grandes bandas no tienen miembros que graban discos solistas”… yo le sumaría: los discos solistas de los miembros de las grandes bandas no siempre son tan geniales como uno desearía que fueran… aunque como fanáticos sigamos apilándolos y atesorándolos, en su inmensa mayoría, no dejarán de ser obras de relleno; “Unstable Friends” de Eric Bernier, Michel F. Côté y Guy Trifiro, trio desconocido… un hallazgo… lo compré solamente porque la imagen de la tapa me provocó cierto deseo de posesión… al escucharlo, me sorprendió, justificó la inversión; “The Beta Band” de The Beta Band, mi amigo el New no dejaba de alabarlos y, finalmente, al conseguir escuchar uno de sus álbumes, entendí que tenía razón, que valía la pena darle bola a estos ignotos escoceses desprejuiciados; “Selmasongs” de Björk, siempre intuí que la música de esta chica me iba a resultar interesante, faltaba decidirme e iniciarme… luego compré unos cuantos más… todos de oferta, como corresponde; “Arizona Dream (Original Motion Picture Soundtrack)” de Goran Bregović, que incluía varios temitas con el capo de Iggy Pop encargándose de las voces… de uno de ellos había visto el video en un hotelucho en París muchos años antes y me había encantado… imprescindible temazo el que grabó la iguana para esta película; “Tour de Charme” de Patricia Kaas, cantante de la que mi mamá me había pedido que le consiguiera algún disco… estimo que lo disfrutó, aunque, a mi humilde entender, mi vieja no tenía muy buen oído… entre nos, era sorda como una tapia; “Khmer” de Nils Petter Molvær, discazo del que te hablé en el capítulo anterior; “The Downward Spiral” de Nine Inch Nails, grupo al que mucha gente alaba pero del yo no sé qué mierda decir… sólo que lo conservé para engrosar mi colección o porque el arte de tapa todavía me parece simpático; “Nevermind” de Nirvana, grupo del que ya hablé en el capítulo CINCUENTA Y UNO y como no encuentro ninguna razón para seguir derrochando palabras tratando de explicar lo inexplicable, permanezco en silencio; “Berlin” de Lou Reed, sin prisa y sin pausa voy tratando de completar la discografía de este brillantemente oscuro neoyorquino… cada vez me faltan menos, no te preocupes; “Hand on the Torch” de US3, al escuchar este disco, no lo resistí y lo di en parte de pago rápidamente por algo que me resultaba más interesante en L’échange, sobre la avenue Mont-Royal est; “The Velvet Underground” de The Velvet Underground, a pesar de no ser uno de mis álbumes preferidos, otra adición a la discografía del viejo Lou que valió la pena… Creo que son todos… aunque puede haber habido alguno más que he olvidado, o que he preferido conservar en el olvido. 

Además de discos, he conseguido una buena cantidad de baratijas de interés. Una flauta dulce que, después de muchos años de haberla comprado, le sirvió a mi hijo en el colegio para que la maestra no lo retara por no llevar el instrumento requerido; un pie de micrófono que usé bastante en Montréal pero que vendí porque era demasiado grande para transportarlo hasta Buenos Aires; una interfase MIDI con la que pude sincronizar un sequencer con una máquina de ritmos, con un sampler, con una computadora PowerMacintosh G3, para grabar una canción que llamé “Reflejo”; un micrófono para espías que viene con una pequeña sopapa de goma para pegarlo sobre cualquier teléfono para grabar conversaciones telefónicas con el que grabé algunas guitarras de mi disco “Side Lane”; algunos cables que sigo usando; el libro “L’arrache-cœur” de Boris Vian; un par de lámparas de escritorio – una antigua, la otra moderna – muy bonitas que tuve que abandonar al regresar a vivir en Argentina dado que el voltaje con el que trabajaban aquellos aparatos de iluminación era de 110V, diferente del que se usa en nuestro país; una bicicleta que fue mi medio de locomoción durante los períodos estivales en los que viví en Canada; una variedad de herramientas de corte marca X-ACTO con las que sigo haciendo alguna que otra maqueta de las portadas de los discos de mi sello MAD RIDE RECORDS; el equipo de audio con el que escuché música durante los cinco años y medio en los que viví en el hemisferio norte; un morralcito, no demasiado hippie, que me era muy útil cuando salía a andar en bicicleta, que aún me sigue resultando cómodo cuando salgo a caminar y no quiero llevar nada en la mano... A pesar de todos los gloriosos trastos que conseguí, creo que el que me puso más contento fue uno que me costó tan solo una moneda. A la piba que lo vendía le pregunté con cierta indiferencia cuánto pedía por “eso”, casi desmereciéndolo. Me miró y me dijo que el precio era de dos dólares canadienses porque le faltaban los protectores de espuma para las orejas. Sin dudarlo, le entregué la monedota bicolor de los osos polares en la mano y tomé férreamente sus auriculares con mi mano derecha, la fuerte, para que no se arrepintiera de la operación mientras le explicaba que a un par idéntico que tenía en mi casa le había pasado lo mismo que al suyo y que lo había reparado simplemente cortando un círculo de la medida exacta del auricular de un trozo de pañito amarillo de los que se usan para limpiar la cocina, nuevito, antes de humedecerlo, y que luego lo había cosido al armazón para que el plástico no me lastimara las orejas. La jeta de la mina no tuvo precio. Totalmente desmoralizada, se rindió ante una evidencia que le dejaba más que claro que había desperdiciado un par de auriculares de la marca alemana Sennheiser que seguramente nuevos le habrían costado cerca de los noventa dólares, lo mismo que yo había gastado por aquel par que había logrado reparar sin mucha ciencia – para reutilizarlo sin ningún tipo de inconveniente – con un trapito que se consigue en cualquier tienda, almacén o supermercado por mucho menos que los dos dólares canadienses que yo le había pagado a esta minita por esos increíbles auriculares de la hostia. De los buenos, sin duda alguna. And the winner is… Otra que la del Guasón, mi sonrisa. ¡Ja!

domingo, 20 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y CINCO

Cuando uno decide aprender a tocar un instrumento, debería tener en cuenta el esfuerzo físico que requiere dicha empresa para tomar una decisión sin remordimientos.

Con los años descubrí que me habría gustado tocar la trompeta. Pucha, algo que me quedó en el tintero. ¿Me ganó la fiaca o se me fue el tren? Hay que admitir que es un instrumento demasiado demandante, complicado. Mucho pulmón, mucho estado físico. Con soplar, casi que no es suficiente. Soplar y hacer botellas es inadmisible en este contexto. Hasta hay gente a la que le cuesta hacer un globo con un chicle, imaginate. Ni hablar durante la época de las alergias. ¡Hay que ser guapo! Debería haber perseguido ese sueño cuando aún era joven. Sin embargo, no puedo quejarme. Tuve la posibilidad de incluir el sonido de este preciado instrumento de viento en muchos de mis álbumes. Aunque en realidad, no fue del todo fácil conseguirlo. La primera vez que intenté usar una trompeta en mi música, quise convencer a un flaco que estudiaba inglés conmigo para que tocara algún arreglito sin propósito en un proyecto que nunca daré a conocer. Yo todavía estaba en la escuela secundaria, un púber inexperto era. Me faltaba escuchar mucha música todavía, debo asumirlo. Además, es muy difícil reclutar gente para hacer música fuera de los cánones de la normalidad, de lo estandarizado. Para colmo de males, más de una vez, los argumentos y explicaciones sobre mi búsqueda musical podrían ser mal interpretados. Para colmo, el pibe pertenecía a la banda estable de una iglesia evangelista y casi casi me hace exorcizar. Un fanático religioso resultó ser el colorado, lástima. Años más tarde, conocí a Leo Kaplan en el parque Rivadavia. Él vendía discos, exclusivamente de jazz. Era otro tipo de fanático. Bastante más sanito, claro. Además, tocaba la trompeta, fiel al estilo de sus ídolos de antaño aunque con la férrea voluntad de abrir nuevos caminos a través de ese género musical. Por mi lado, yo encadenaba dos ó tres distorsionadores para procesar y destruir el sonido de mi guitarra eléctrica y la tocaba como un demonio sobre las bases que programaba fuera de tempo en mi sequencer ENSONIQ SQ-1 y en mi máquina de ritmos ROLAND TR-707 para romper con cuanta tradición se interpusiera en mi camino. En síntesis, cuando a Leo lo invité a grabar, aceptó de buen grado. Además, no dudó en participar del proyecto en varios recitales. Creo que entendió a la perfección cuál era mi búsqueda de ese momento. El resultado se puede escuchar en todos y cada uno de los álbumes que grabé bajo el seudónimo de MUTANTES MELANCÓLICOS durante los años ´90. No puedo afirmar que sea una música genial u original porque nunca fui tan consciente de mis logros ni tampoco aprendí a sostener mi ego mediante una obstinada y necia soberbia. No obstante, después de haber escuchado cerca de siete mil álbumes de cuanto género se te ocurra, creo haber encontrado argumentos más que suficientes como para afirmar que mi producción musical se basa en la creatividad sin fin. 

Con el tiempo también fui acumulando instrumentos. Entre tantos trastos, no pude evitar hacerme de una trompeta a pesar de no poseer ninguna cualidad reconocible para ejecutar ese instrumento de viento. La compra la hice a través de Ebay, famosísimo sitio de subastas en línea. Podría intentar argumentar que el precio que pagué por ella resultó muy conveniente y que resultó imposible resistirse a la oferta. A decir verdad, creo que como no me habría animado a exponerme a presentarme en una tienda de instrumentos musicales en la que me ofrecieran una trompeta esperando que la probara para decidir si su sonido se acomodaba a lo que esperaba de ella, simplemente porque no tenía ni puta idea de cómo sacar una mísera notita de ese tubo enroscado, la compra a distancia, por correo, fue la mejor opción. Suerte de principiante mediante, luego de un mes de no recibir el instrumento según los términos pactados con el vendedor, inicié un reclamo. Inmediatamente, el tipo, muy acongojado por no haber podido enviar a tiempo el instrumento, me propuso un reembolso del costo de envío para subsanar los daños y perjuicios provocados por la espera suplementaria. Parece que el flaco vivía en el fondo del bosque, en el fondo de las montañas de British Columbia y se había enfermado, por lo que no bajó de su cueva al pueblito para ir a la oficina postal. Evidentemente, acepté de buen grado semejante oferta y, sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la trompeta me costó menos de noventa dólares canadienses. Algo así como sesenta y cinco de los verdes. Una ganga. Trompeta, tengo. Tocarla, la toco para sacarle brillo o para limpiarla, porque sacarle sonido se me dificulta. A pesar de todo, me animé a usarla para grabar en un par de canciones en los álbumes de ENSAMBLE DESMEMBRADO con un resultado aún mejor de lo esperado. De todas maneras, no puedo agrandarme. Me falta mucho para afirmar que puedo tocar ese condenado instrumento. 

No recuerdo haber mencionado las bondades de las "ventes de garage". Sitios infectos donde salen a la luz objetos decadentes que revelan las miserias mejor guardadas de aquellos hogares que deciden exponerse para dar pena y lástima durante todo el fin de semana en el que se despliega una exhibición atroz de trastos polvorientos, generalmente cubiertos de moho y rastros de humedad, cuyo destino más sensato sería un tacho de basura. Sin embargo, esta pobre gente se obstina en rescatar hasta el más ínfimo valor, hasta el más ínfimo céntimo, de algún pedacito insignificante de su historia familiar que a todo aquel que pase por el frente de su casa y se detenga a echarle un vistazo a la mesita improvisada en la vereda, no deja de causarle una mezcla de risa contenida y angustia solapada. Entre esos rejuntes, a pesar de todos los pronósticos, uno siempre termina cediendo a la tentación y compra algún objeto desvencijado, deteriorado, al magro precio de alguna que otra insignificante monedita. Así fue como compré el que fue el tercer disco del sello alemán ECM que incorporé en mi colección. El primero había sido “Eternity and a Day”, la banda de sonido de la compositora griega Eleni Karaindrou de la que te hablé en el capítulo CIEN. El segundo, “Der Mann Im Fahrstuhl = The Man in the Elevator” del compositor alemán Heiner Goebbels al que había llegado por seguir las andanzas de un tal Arto Lindsay, esquivo cantante y guitarrista que a pesar de negarse a tocar su guitarra siguiendo alguna de las técnicas usualmente aceptadas, a pesar de no utilizar ninguna de las afinaciones reconocidas por los estudiosos del instrumento, produce un sonido desgarrador y provocante que no deja de maravillarme. Finalmente, el tercero, fue “Khmer” del compositor y trompetista noruego Nils Petter Molvær, el que ya había logrado fascinarme en algunos de los álbumes de David Sylvian. El disco estaba un poco maltrecho, baqueteado, pero era un versión doble, con un segundo disco de remixes como bonus promocional. Un hallazgo. Sirvió como disparador para comenzar a coleccionar la obra de este tipo y abrir mis gustos hacia las bondades del jazz nórdico con su sonido contemplativo de abstracción electrónica y ensoñación mística. Lamentablemente, años más tarde tuve que procurarme un nuevo ejemplar del álbum, esta vez en versión estándar de sólo un disco – flambant neuf – porque la superficie del CD estaba bastante castigada y la portada rozaba lo impresentable por las manchas de grasa y las huellas dactilares impregnadas sobre la cartulina negra. De todas maneras, no dudé ni en hacerla guita para recuperar algunos manguitos, ni en quedarme con el disco de material adicional ya que es inconseguible de otra manera.  

Conocer al sello ECM fue como una segunda iluminación en mi vida musical. La primera había sido durante mi adolescencia, gracias al sello británico 4AD con toda su caterva de artistas que hicieron crecer mi interés por la música pop no convencional y por el arte de tapa como parte fundamental para que un álbum cierre como una obra única. Toda la música que publicaban estaba bien grabada y sonaba de puta madre. La que publican los de ECM, está mucho mejor grabada y el sonido es muchísimo más pulido. Lejos. Todos los artistas que publica el sello alemán se aproximan al virtuosismo y son intérpretes de la san puta. Todos los discos que publican tienen una gráfica cuidadísima, con imágenes sugerentes, con la que han sabido generar una identidad propia y única al sello que visibiliza inconfundiblemente sus discos entre todos los discos del resto de los sellos de los géneros en los que se especializan: jazz, música contemporánea, world music. Después de haber escuchado, después de haber apilado una ponchada de discos de este sello, después de haberme sumergido en este mundo ideal para disfrutar de una música sin igual, sin fallas – lo más cercana a la perfección que nunca nadie ha logrado aproximarse – para muchos melómanos y audiófilos, sin nada que criticar. No aguanto más, tengo que plantarme y dar mi opinión. Como sonívoro, escucho desde otro ángulo. Con el tiempo, fui dándome cuenta de que a pesar de apreciar la propuesta de este gran sello, mi gusto personal tiende a alejarse de la perfección. Cada vez más, noto que disfruto de ciertos elementos en la música que muchos marcan como errores, tanto técnicos como humanos, que siento que terminan dándole vida a las obras, que las hacen menos artificiales, más humanas. Dado que pienso que las limitaciones se vinculan íntimamente a la creatividad, estoy convencido que lo único perfecto que se puede encontrar en cualquier obra, del estilo que sea, del género que sea, es una imperfección que la distinga y que la haga salir del molde de lo esperable. En síntesis, me gusta la música bien hecha, que suene bien, que tenga lindos arreglos, que tenga una producción acabada, impecable. No obstante, si no presenta algún que otro desliz, alguna situación inesperada o desbordante, algún elemento de quiebre, con el tiempo, empiezo a perder el interés por esa música artificiosa.