La disquería desapareció, se esfumó sin dejar rastros. No recuerdo su nombre, aunque creo que nunca lo supe. Recuerdo su ubicación, sobre la rue Mont-Royal est, la esquina de una cortada sobre la que encadenaba mi bicicleta cuando iba de gira por las tiendas del Plateau. Recuerdo sus grandes dimensiones, un sinfín de bateas que llegaban hasta el fondo del local. Recuerdo la enorme cantidad de música de mi agrado que encontré en ese inmenso paraíso. Recuerdo que allí compré “À poil commercial” de Arno, el disco que inauguró mi colección en Montréal. Pero por sobre todas las cosas, recuerdo a Geneviève, la chica que atendía aquella magnífica tienda de discos que, con su seductora sonrisa y sus encantos inalcanzables, lograba hipnotizar a la clientela con cada uno de sus atributos, tanto con los intangibles como con los tangibles; señorita que, a pesar del clima gélido del invierno boreal, lograba hacer latir corazones y hacer borbotear hasta las sangres más espesas, lograba hacer entrar en calor y hacer sudar sin cesar hasta a un muerto. Te lo juro… Vamos a lo nuestro porque me empieza a temblar el pulso y me da taquicardia.
Discos, hay muchos. Mi viejo, él diría que hay demasiados. Me gusta coleccionarlos, apilarlos, acumularlos, tenerlos, escucharlos. Sin embargo, estoy convencido de que no vale la pena perder el tiempo escuchando cualquier cosa, estoy convencido de que no vale la pena malgastar tu dinero en todos los discos que se te crucen por ahí. Hay que ser selectivo. A veces la selección se produce de manera consciente, reflexionada, a veces juegan otros factores. El azar, el contexto, las recomendaciones, las charlas de café, el momento espacio-temporal, los vientos, las mareas, los eclipses lunares o solares, las lecturas, los comentarios, las críticas, los chismes, los caprichos, los ardides publicitarios, los posters, las fotos de prensa, algún video, alguna canción que escuchás de rebote, algún recital que te despierta cierto interés, el arte de tapa, la idea de agrandar tu colección, el precio... Claro, el precio es un argumento de compra fundamental. Aunque el disco sea malo, habiéndolo pagado poco, la pena o la desilusión disminuyen. El dilema se desata cuando nos damos cuenta de que la música que tanto anhelábamos escuchar no justifica los grandes esfuerzos que atribuimos a la gesta desplegada para conseguir el disco en cuestión. Sea por el tiempo dedicado a su búsqueda como por la gran suma de dinero invertida en un objeto que, conforme pasan los segundos, nos demuestra lo superfluo del consumo de energía dedicado para conseguirlo y nos confirma que hemos mal gastado parte de nuestros ahorros por ese pedazo de plástico casi sin valor. Muchos hemos tenido esta clase de derrotas. Muchos hemos tenido que lidiar con este tipo de frustración. No obstante, no hay que dejarse vencer por un mal trago. Un tropezón no es caída… Siempre hay luz al final del camino… Boludeces que se dicen en busca de consuelo, claro. Lo único cierto es que cuando uno busca, encuentra. Eso me pasa constantemente.
Vuelvo con mi estimada Genieviève. Aunque creo que esa piba era una empleadita más, su presencia hizo desaparecer a todos y cada uno del resto de los que laburaban en esa disquería, los invisibilizó. De la misma manera en la que no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el nombre del local, no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el resto de sus empleados. En esa disquería estaban Geneviève y los discos. ¡Y qué discos! Ejem… Lo concreto es que un día, mientras miraba discos, una tapa negra con una flor muy sugerente me cautivó. La contratapa seguía la misma estética: otra hermosa flor sobre fondo negro, ninguna información. Misterio total. ¿Qué será esto?, seguramente pensé. El lomo siempre te saca las papas del fuego, algo decía. Sin embargo, lamentablemente, esa información, en una época en la que no era habitual usar celular, mucho menos tener acceso a internet en cualquier momento y en cualquier lugar, tampoco fue de mucha utilidad. Dijera lo que dijera, no aclaraba nada. Se trataba solamente de dos palabras blancas sobre fondo negro: FRIDGE y HAPPINESS. Así como las vez, en mayúsculas. Razón por la cual, lo que me terminó de convencer para soltar el billete, fue el precio. Magro. Chistoso. Casi regalado. Me fui con la duda, es cierto. Pero como ya he dicho con anterioridad, después de tantos años comprando disquitos con distintas suertes, uno se curte y desarrolla ciertas habilidades extrasensoriales, casi adivinatorias, que brotan de andá a saber dónde en el momento preciso en el que uno se enfrenta con la temida encrucijada: ¿compro o no compro?
Ya con el disco en mis manos, investigué un poco en Discogs.com y me di cuenta de que uno de los tres muchachos de este ignoto grupo británico era el cerebrito detrás de Four Tet. Recordé que lo había visto en dos oportunidades como telonero de Tortoise. Un vez en el Club Soda, sobre el boulevard Saint-Laurent, solito con un par de laptops y algunas herramientas de perillaje. La otra, en Metropolis, sobre la rue Sainte-Catherine est, con el baterista Steve Reid, el que parece que tenía un curriculum bastante abultado en el mundillo del jazz americano. Tengo que admitir que la propuesta del segundo show me gustó más, aunque no me movilizó los suficiente como para buscar los discos de este muchachito. La primera vez que escuché un par de temas suyos grabados en estudio fue gracias al compilado “Exclaim! 12th Anniversary Cross-Canada Concert Series!” que regalaban con la revista Exclaim!, obvio. En ese momento, me pareció que ese tipo concretaba las ideas de esa música electrónica sin par con maestría, sin embargo, en los recitales había sentido que divagaba bastante y que no concretaba, que no lograba emocionar. Si hubiera sido por el show, no le habría comprado ni medio disco. El módico precio y la mística de la imagen de la tapa del disco de Fridge me condujeron directamente a la caja para enfrentarme una vez más con Geneviève, deslizarle un par de las monedas de los osos polares y robarle una sonrisita. Hoy compro, sin dudarlo, cada uno de los discos que encuentro de este pibe porque me terminó de convencer de que es buenísimo. No va a faltar el picarón que me acuse de querer revivir constantemente el instante de aquella sonrisita. ;-)
NB: Las grandes cantidades de artistas de los que conseguí discos en este glorioso e ignoto antro es larga: Arno, Arthur H, Bashung, Steven Brown, Califone, Chicago Underground Duo, Cocteau Twins, The Church, The Divine Comedy, Felt, Foetus, Gavin Friday, Fridge, King Crimson, Laika, Lydia Lunch, Nils Petter Molvær, Papa M, Phelan Sheppard, Ten Seconds, La Tordue, Tuxedomoon, Wisdom of Harry… Se las extraña…