Mostrando entradas con la etiqueta Archambault. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Archambault. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de febrero de 2026

CIENTO OCHENTA Y SEIS

En algún momento, los veía por todos lados. Fanzines, afiches, diarios, revistas. Escuchaba hablar de ellos. Seguido, vamos. En Montréal, los veneraban. Eran ídolos totales. Mmmmm… ¿Serán árabes?, pensaba. Me hacían ruido. Eran dos. Peludos, barbudos, feos. Quizás, mugrientos. Seguro borrachines. Usaban polleritas tableadas. Les dicen “kilt”. Me enteré de que eran escoceses. Entendí todo, o casi.

En realidad, no entendí nada. El slang se me escapa. Junté coraje y guita. Compré un par de sus discos, usados, de oferta, en un primer piso impresentable. Rue Saint-Denis. Escalera desvencijada. Peligro de desmoronamiento. Escalera de madera apolillada. Casa antiquísima. Peligro de derrumbe. Paso tras paso, cric, cric, machimbre al borde del quiebre. Tâche réussie, aller-retour. “Philophobia”, “The Red Thread”. Muy baratos. Un mes más tarde, mi vieja, de visita, me compró otro. También del cajón de “Prix Choc”. Archambault. Esquina, rue Sainte-Catherine est y rue Saint-Denis. Inmensidad de edificio. Planta baja, dos pisos, subsuelo. Hermoso paseo para un fin de semana invernal con tormenta de nieve y espesa niebla. “Mad for Sadness”, el disco en cuestión. (Leé Memorias de un Sonívoro CIENTO TREINTA Y NUEVE, del miércoles 16 de febrero de 2022, si te interesa saber más.)

En Buenos Aires, me picó el bichito. Again. Encontré “Elephant Shoe”, barato – bastante – para la realidad discográfica porteña. Disquería ahora desaparecida. Otra esquina, avenidas Santa Fe y Pueyrredón. ¿The Hacienda? Lindo lugar. Muchas alegrías me ha dado. Aunque parece que algunos de ellos no eran muy felices. 

Vuelta a los escoceses. Enamoramiento tardío. Descubrimiento de sentido. ¡Era hora! ¿Quién sabe? Letras punzantes. Sonido intimista, casi berreta. Referencias sexuales desde el vamos, explícitas. No pude resistir a sus encantos. No pude resistir a su aspereza. No pude resisitir. Sucumbí a la tentación, como siempre. Avistamiento de “Monday at the Hug & Pint”, “The Last Romance”. De regreso en lo de viejos conocidos, Oíd Mortales, con Damián. Su sonrisa. Su alegría. Su euforia. ¿Por una venta post 90’s? ¿Por su aprecio por el material en cuestión? Qui sait ? En tout cas, une belle rencontre après si longtemps… Otro que se extinguió. 

Rumor. Reedición. Deluxe double disc sets. Dobles, yes! Mucha más música. Original albums; Peel Sessions; Live at King Tut's, Glasgow 1996; Live at T in the Park, 1998. Cardboard slipcases. “The Week Never Starts Round Here”, “Philophobia” – encore. Sin reflexión, compra directa al sello. Chemikal Underground, desde Glasgow, Scotland. Otras manchas al tigre, dale.

Pronto, muy pronto, pila – sin anestesia – de singles en El Patio de La Paternal, ex El Oasis. Gracias a Germán, colección en ebullición. Los años van pasando, no en vano. Todo lo que aparece, se suma sans hésitation. Gran cantidad… cantidad descomunal. Glotonería musical. Archivemos. Who gives a fuck? 

miércoles, 16 de febrero de 2022

CIENTO TREINTA Y NUEVE

Ninguno de nosotros, ninguno de los sonívoros coleccionistas de discos, puede asegurar que nunca ha dicho que tal o cual disco sería el último que compraría, que hasta allí había llegado la pasión ilimitada, la acumulación incontenible de pilas y pilas de discos por escuchar, la desenfrenada voracidad por exponerse a nuevos sonidos, ritmos o melodías. Se lo hemos dicho a nuestros padres cuando ellos nos proveían del dinero necesario para una nueva dosis de música. Se lo hemos dicho a algún amigo cuyo gesto de desaprobación nos habrá hecho sentir que habíamos malgastado nuestro dinero en algún disco innecesario para nuestra colección o para cualquier ser humano. Se lo hemos dicho a nuestras mujeres – esposa, novia, filito – cuando han expresado su descontento por la falta de orden en el hogar, por la falta de atención a su presencia mientras degustamos algún nuevo título, por la falta de guita para invitarlas a salir porque dilapidamos nuestros últimos pesitos en pos de engrosar “La colección”.

“Es el último que compro”. Palabras que he pronunciado más de una vez. Enunciado que pierde completamente su valor semántico literal, que pierde su valor de excusa o disculpa – cuando el enunciador es cualquier tipo de coleccionista – para renacer con un nuevo valor y asemejarse al gesto de hombros que los niños usan para expresar, para hacernos saber rápidamente, que algo no les importa, que algo no les interesa, que lo que se les está diciendo los tiene sin cuidado. Levantar los hombros para decir “y a mí, ¿qué?” y el enunciado “es el último que compro” se han transformado en un sutil “no me jodan, déjenme tranquilo, en mi mundo”.

También es posible que alguno de nosotros haya alterado levemente dicho enunciado para que posea un sentido aparente y que encubra, que oculte, nuestras verdaderas intenciones gracias a la riqueza de nuestra lengua castellana. En mi caso, creo haber pronunciado un claro “éste va a ser el último que compre” cuando le pedía dinero a mis padres durante mi adolescencia para adquirir algún disquito. El sentido del enunciado aparenta ser el mismo. Sin embargo, el uso – deliberado o no – del subjuntivo en el verbo “comprar” marca una clara diferencia en el valor del mensaje. Este tiempo verbal nos introduce en el terreno de la duda, de lo posible, no de lo probable. Cuando usamos el subjuntivo, sabemos que existen dos posibilidades: tanto que suceda lo que decimos como que no. Ésto, sumado al futuro camuflado en el presente del indicativo del verbo “ir”, da un resultado incierto. Finalmente, esta segunda versión del enunciado no hace más que sembrar la duda y la imprecisión. Sacá tus propias conclusiones.

En Montréal, salir a pasear durante el invierno significa elegir alguna tienda bien calefaccionada donde el frío intenso no te carcoma los huesos, no te congele los huevos transformándote en un banco de esperma ambulante, para que puedas pasar un grato momento al abrigo de las tempestades boreales. No es joda pasearse por ahí con 30°C bajo cero. No es joda. Cuando mi vieja me fue a visitar en plena temporada invernal, con las calles totalmente cubiertas por una espesa capa de nieve, en el mes de febrero para que no pasara solo mi cumpleaños, la llevé a conocer varias tiendas de las que me había convertido en un asiduo visitante: Renaud-Bray, L’Échange, Archambault. En la sucursal de Archambault de Berri-UQAM, que quedaba cerca del departamento donde vivía, pasamos varias tardes. Era enorme. Varios pisos, uno para DVDs, otro para CDs, otro para libros – sobre todo en francés, otro para instrumentos musicales. Distracción asegurada. En uno de esos paseos, vi en la batea de ofertas “Mad for Sadness” de Arab Strap. Si le dije a mi vieja al momento de agarrar ese disco y dirigirme a la caja que ese era el último disco que compraría, jamás estuve más alejado de la realidad. Es cierto que nunca antes había escuchado a estos escoceses, aunque me había cruzado con sus discos varias veces. Con el tiempo, fui incluyendo todos sus singles, todos sus EPs y todos sus álbumes, en mi colección. Todos.

lunes, 19 de julio de 2021

CIENTO DIECIOCHO

Llegué para instalarme en Montréal por tiempo indeterminado el día lunes 11 de agosto de 2003. Para mi disgusto, hojeando un diario de espectáculos que ofrecían gratuitamente en una mega disquería-librería-casa-de-instrumentos-musicales que se llama Archambault, justito enfrente de la estación Berri-UQAM, en la esquina de Sainte-Catherine est y Berri, me enteré de que Tindersticks, uno de mis grupos favoritos, había dado un recital la semana previa a mi arribo. Generalmente no me muero por ir a conciertos, sin embargo, esta noticia me pareció una gastada. Es cierto que prefiero los discos en estudio a los recitales en vivo pero seguro que lo habría disfrutado. Era mi primera semana en la ciudad y este golpe apuntaba demasiado bajo. Devastado por el sinsabor de semejante noticia, me dediqué a recorrer cada uno de los cuatro pisos de la tienda responsable de mi malestar. Había de todo lo que se te pudiera ocurrir. Resultó ser un ambiente propicio donde ahogar mis penas. En el subsuelo, películas y discos de jazz. En la planta baja, música pop, música en francés, libros e historietas. En el primer piso, música clásica, partituras y libros de música. En el segundo, instrumentos musicales. Creo que debo haber estado más dos horas dando vueltas esa primera vez en la que entré. Total, estaba al repedo. Todavía no tenía laburo. No tenía ninguna obligación, ninguna entrevista, ninguna cita. No tenía que rendirle cuentas a nadie sobre dónde había perdido mi tiempo. Sobre porqué llegaba tarde a cenar. Aprovechando esa completa libertad, me dejé llevar por los pasillos dándome el tiempo de observar cada detalle de ese lugar que, a pesar de haberse presentado con la pata izquierda, empezaba a tornarse en un espacio mágico en el que parecía que las horas pasaban apenas, en el que uno podía perderse sin remordimientos entre tanta cantidad de objetos de deseo. Lo único que te devolvía de un cachetazo a la realidad era la etiquetita con un número expresado en dólares canadienses y la leyenda “plus tax”. Archambault ofrece artículos de primera mano, nuevos, encelofanados para minimizar los efectos de todo manoseo y vírgenes del tan temido toqueteo. Evidentemente, eso tiene un precio. Obnubilado por las cantidades de artistas que comenzaban a despertar mi interés, decidí focalizarme en los viejos conocidos para tener un punto de apoyo, un punto de referencia, dentro de esa tormenta de información. En esa época estaba interesado en la canción. Tanto en francés como en inglés. Había de lo que te imagines. Aunque seguro que te quedás corto. Opté por comenzar desde la letra A de la sección “musique anglophone” para hacer las cosas ordenadamente. Como te imaginarás, pasé por infinidad de nombres de artistas que me hacían subir el ritmo cardíaco. Cuando llegué a la letra T, ya no daba más. Demasiadas emociones para una sola tarde. Casi tiro la toalla porque tanta data comenzaba a alterar mis neuronas. ¡Menos mal que continué! A partir de ese día, empecé a pensar que en la vida todo lo que nos sucede termina siendo “una de cal una de arena”. La mano casi me temblaba mientras la acercaba para agarrar este disco, casualmente con mucho blanco en su portada. Deduje que se me ofrecía como una venganza por el sufrimiento que este mismo local me había hecho padecer un rato antes. No me importó nada. Ni siquiera miré la etiquetita del precio y fui directo a la caja agarrándolo firmemente, quizás temiendo que alguien se me acercara para tratar de arrancármelo de las garras o para decirme que ese artículo debía ser retirado de la venta. Se trataba del álbum “Waiting for the Moon” de los mismísimos Tindersticks que acababa de salir uno o dos meses antes. Nuevito, recién salidito del horno. Como sabrás, la venganza en realidad se come fría. Como no era suficiente felicidad la que sentía, cuando llegué al departamento y abrí el celofán, para mi sorpresa, el disco incluía como regalo por ser la primera edición un segundo CD. El EP “Don’t Even Go There”. Casi un dos por uno. Tomá mate. En ese instante supe que mi vida en Canada iba a ser todo un éxito.

jueves, 25 de marzo de 2021

CIENTO UNO

En una época en la que estaba bastante seco y no podía comprar casi ningún disco, acepté el desafío de escuchar cualquier CD que se me acercara. Al final, no fue tan mala idea porque me abrí y me permití conocer artistas a los que de otra forma no les hubiera dado pelota. No porque no fueran interesantes, sino porque todos sabemos que los prejuicios musicales nos acompañan y nos atraviesan desde el primer disco que compramos. Algunos aseguran solo escuchar la primera época de tal grupo, porque todavía no se había vendido. Otros, poseídos por la mística de algún sello en particular, solo escuchan los álbumes publicados a través de susodicha compañía. Algunos quieren que la música sea violenta y descarnada, sino les parece demasiado comercial. Otros, no toleran la más mínima síncopa porque perciben todo fuera de tempo y que la estructura se les derrumba; tampoco toleran la más leve disonancia porque sienten que se está traicionando a las escalas que con tanta precisión establecen las relaciones entre nota y nota. Algunos, eligen la música que escuchan por el look o la manera de vestirse de los que la interpretan. Otros, porque fue recomendada y bien criticada por algún especialista, por algún periodista de espectáculos o por algún tipo que logra influenciarlos. Algunos leen notas en las que el músico de su predilección menciona cuáles han sido sus principales influencias, toman nota y allí van, a la pesca del material que supuestamente les revelará cómo el tipo encontró la inspiración para escribir las canciones que a ellos tanto les fascinan. Otros, se encajonan en un género que les hace sentir cierto confort, o que les anula el deseo, porque lo que menos buscan es algo que los sorprenda, y se eternizan escuchando incansablemente los mismos sonidos que los hipnotizan y los dejan en estado catatónico. Bueno, el hecho es que mi vieja, después de muchos años, retomó sus estudios de francés en la Alianza Francesa y tenía acceso a la Médiathèque, donde había una gran cantidad de discos y podía tomar en préstamo un par por semana. Creo que si no escuché todos los que tenían, le pasé cerca. Con el tiempo, la lista de lo que me movilizaba se acotó y los artistas que permanecieron en la órbita de mis intereses son unos pocos y pueden ser contados con los dedos de alguna de mis dos manos. Entre ellos está Alain Bashung, del que en ese entonces pude escuchar “Novice”. Ese disco no solo despertó en mí cierto interés por este cantante francés, sino que, además, me hizo recordar que unos años antes había visto el video de una canción que me había gustado mientras miraba la tele en un hotel de París. Más tarde supe, relacionando las imágenes que había visto en los afiches de promoción que estaban pegados en el “métro” de la capital francesa con las tapas de los discos de este tipo que se trataba de la canción “La nuit je mens” del álbum “Fantaisie militaire”. Muchos años más tarde lo conseguí nuevo, de oferta, en la disquería Archambault, en la esquina de Ste-Catherine est y Berri, en Montréal. Obviamente, estaba muy contento. Sin embargo, antes de ponerlo en el equipo, aunque se trataba de un disco que tenía ganas de comprar, nunca habría adivinado que estaba a punto de escuchar un disco del que no podría desprenderme jamás.