Mostrando entradas con la etiqueta 4AD. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 4AD. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y CINCO

Cuando uno decide aprender a tocar un instrumento, debería tener en cuenta el esfuerzo físico que requiere dicha empresa para tomar una decisión sin remordimientos.

Con los años descubrí que me habría gustado tocar la trompeta. Pucha, algo que me quedó en el tintero. ¿Me ganó la fiaca o se me fue el tren? Hay que admitir que es un instrumento demasiado demandante, complicado. Mucho pulmón, mucho estado físico. Con soplar, casi que no es suficiente. Soplar y hacer botellas es inadmisible en este contexto. Hasta hay gente a la que le cuesta hacer un globo con un chicle, imaginate. Ni hablar durante la época de las alergias. ¡Hay que ser guapo! Debería haber perseguido ese sueño cuando aún era joven. Sin embargo, no puedo quejarme. Tuve la posibilidad de incluir el sonido de este preciado instrumento de viento en muchos de mis álbumes. Aunque en realidad, no fue del todo fácil conseguirlo. La primera vez que intenté usar una trompeta en mi música, quise convencer a un flaco que estudiaba inglés conmigo para que tocara algún arreglito sin propósito en un proyecto que nunca daré a conocer. Yo todavía estaba en la escuela secundaria, un púber inexperto era. Me faltaba escuchar mucha música todavía, debo asumirlo. Además, es muy difícil reclutar gente para hacer música fuera de los cánones de la normalidad, de lo estandarizado. Para colmo de males, más de una vez, los argumentos y explicaciones sobre mi búsqueda musical podrían ser mal interpretados. Para colmo, el pibe pertenecía a la banda estable de una iglesia evangelista y casi casi me hace exorcizar. Un fanático religioso resultó ser el colorado, lástima. Años más tarde, conocí a Leo Kaplan en el parque Rivadavia. Él vendía discos, exclusivamente de jazz. Era otro tipo de fanático. Bastante más sanito, claro. Además, tocaba la trompeta, fiel al estilo de sus ídolos de antaño aunque con la férrea voluntad de abrir nuevos caminos a través de ese género musical. Por mi lado, yo encadenaba dos ó tres distorsionadores para procesar y destruir el sonido de mi guitarra eléctrica y la tocaba como un demonio sobre las bases que programaba fuera de tempo en mi sequencer ENSONIQ SQ-1 y en mi máquina de ritmos ROLAND TR-707 para romper con cuanta tradición se interpusiera en mi camino. En síntesis, cuando a Leo lo invité a grabar, aceptó de buen grado. Además, no dudó en participar del proyecto en varios recitales. Creo que entendió a la perfección cuál era mi búsqueda de ese momento. El resultado se puede escuchar en todos y cada uno de los álbumes que grabé bajo el seudónimo de MUTANTES MELANCÓLICOS durante los años ´90. No puedo afirmar que sea una música genial u original porque nunca fui tan consciente de mis logros ni tampoco aprendí a sostener mi ego mediante una obstinada y necia soberbia. No obstante, después de haber escuchado cerca de siete mil álbumes de cuanto género se te ocurra, creo haber encontrado argumentos más que suficientes como para afirmar que mi producción musical se basa en la creatividad sin fin. 

Con el tiempo también fui acumulando instrumentos. Entre tantos trastos, no pude evitar hacerme de una trompeta a pesar de no poseer ninguna cualidad reconocible para ejecutar ese instrumento de viento. La compra la hice a través de Ebay, famosísimo sitio de subastas en línea. Podría intentar argumentar que el precio que pagué por ella resultó muy conveniente y que resultó imposible resistirse a la oferta. A decir verdad, creo que como no me habría animado a exponerme a presentarme en una tienda de instrumentos musicales en la que me ofrecieran una trompeta esperando que la probara para decidir si su sonido se acomodaba a lo que esperaba de ella, simplemente porque no tenía ni puta idea de cómo sacar una mísera notita de ese tubo enroscado, la compra a distancia, por correo, fue la mejor opción. Suerte de principiante mediante, luego de un mes de no recibir el instrumento según los términos pactados con el vendedor, inicié un reclamo. Inmediatamente, el tipo, muy acongojado por no haber podido enviar a tiempo el instrumento, me propuso un reembolso del costo de envío para subsanar los daños y perjuicios provocados por la espera suplementaria. Parece que el flaco vivía en el fondo del bosque, en el fondo de las montañas de British Columbia y se había enfermado, por lo que no bajó de su cueva al pueblito para ir a la oficina postal. Evidentemente, acepté de buen grado semejante oferta y, sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la trompeta me costó menos de noventa dólares canadienses. Algo así como sesenta y cinco de los verdes. Una ganga. Trompeta, tengo. Tocarla, la toco para sacarle brillo o para limpiarla, porque sacarle sonido se me dificulta. A pesar de todo, me animé a usarla para grabar en un par de canciones en los álbumes de ENSAMBLE DESMEMBRADO con un resultado aún mejor de lo esperado. De todas maneras, no puedo agrandarme. Me falta mucho para afirmar que puedo tocar ese condenado instrumento. 

No recuerdo haber mencionado las bondades de las "ventes de garage". Sitios infectos donde salen a la luz objetos decadentes que revelan las miserias mejor guardadas de aquellos hogares que deciden exponerse para dar pena y lástima durante todo el fin de semana en el que se despliega una exhibición atroz de trastos polvorientos, generalmente cubiertos de moho y rastros de humedad, cuyo destino más sensato sería un tacho de basura. Sin embargo, esta pobre gente se obstina en rescatar hasta el más ínfimo valor, hasta el más ínfimo céntimo, de algún pedacito insignificante de su historia familiar que a todo aquel que pase por el frente de su casa y se detenga a echarle un vistazo a la mesita improvisada en la vereda, no deja de causarle una mezcla de risa contenida y angustia solapada. Entre esos rejuntes, a pesar de todos los pronósticos, uno siempre termina cediendo a la tentación y compra algún objeto desvencijado, deteriorado, al magro precio de alguna que otra insignificante monedita. Así fue como compré el que fue el tercer disco del sello alemán ECM que incorporé en mi colección. El primero había sido “Eternity and a Day”, la banda de sonido de la compositora griega Eleni Karaindrou de la que te hablé en el capítulo CIEN. El segundo, “Der Mann Im Fahrstuhl = The Man in the Elevator” del compositor alemán Heiner Goebbels al que había llegado por seguir las andanzas de un tal Arto Lindsay, esquivo cantante y guitarrista que a pesar de negarse a tocar su guitarra siguiendo alguna de las técnicas usualmente aceptadas, a pesar de no utilizar ninguna de las afinaciones reconocidas por los estudiosos del instrumento, produce un sonido desgarrador y provocante que no deja de maravillarme. Finalmente, el tercero, fue “Khmer” del compositor y trompetista noruego Nils Petter Molvær, el que ya había logrado fascinarme en algunos de los álbumes de David Sylvian. El disco estaba un poco maltrecho, baqueteado, pero era un versión doble, con un segundo disco de remixes como bonus promocional. Un hallazgo. Sirvió como disparador para comenzar a coleccionar la obra de este tipo y abrir mis gustos hacia las bondades del jazz nórdico con su sonido contemplativo de abstracción electrónica y ensoñación mística. Lamentablemente, años más tarde tuve que procurarme un nuevo ejemplar del álbum, esta vez en versión estándar de sólo un disco – flambant neuf – porque la superficie del CD estaba bastante castigada y la portada rozaba lo impresentable por las manchas de grasa y las huellas dactilares impregnadas sobre la cartulina negra. De todas maneras, no dudé ni en hacerla guita para recuperar algunos manguitos, ni en quedarme con el disco de material adicional ya que es inconseguible de otra manera.  

Conocer al sello ECM fue como una segunda iluminación en mi vida musical. La primera había sido durante mi adolescencia, gracias al sello británico 4AD con toda su caterva de artistas que hicieron crecer mi interés por la música pop no convencional y por el arte de tapa como parte fundamental para que un álbum cierre como una obra única. Toda la música que publicaban estaba bien grabada y sonaba de puta madre. La que publican los de ECM, está mucho mejor grabada y el sonido es muchísimo más pulido. Lejos. Todos los artistas que publica el sello alemán se aproximan al virtuosismo y son intérpretes de la san puta. Todos los discos que publican tienen una gráfica cuidadísima, con imágenes sugerentes, con la que han sabido generar una identidad propia y única al sello que visibiliza inconfundiblemente sus discos entre todos los discos del resto de los sellos de los géneros en los que se especializan: jazz, música contemporánea, world music. Después de haber escuchado, después de haber apilado una ponchada de discos de este sello, después de haberme sumergido en este mundo ideal para disfrutar de una música sin igual, sin fallas – lo más cercana a la perfección que nunca nadie ha logrado aproximarse – para muchos melómanos y audiófilos, sin nada que criticar. No aguanto más, tengo que plantarme y dar mi opinión. Como sonívoro, escucho desde otro ángulo. Con el tiempo, fui dándome cuenta de que a pesar de apreciar la propuesta de este gran sello, mi gusto personal tiende a alejarse de la perfección. Cada vez más, noto que disfruto de ciertos elementos en la música que muchos marcan como errores, tanto técnicos como humanos, que siento que terminan dándole vida a las obras, que las hacen menos artificiales, más humanas. Dado que pienso que las limitaciones se vinculan íntimamente a la creatividad, estoy convencido que lo único perfecto que se puede encontrar en cualquier obra, del estilo que sea, del género que sea, es una imperfección que la distinga y que la haga salir del molde de lo esperable. En síntesis, me gusta la música bien hecha, que suene bien, que tenga lindos arreglos, que tenga una producción acabada, impecable. No obstante, si no presenta algún que otro desliz, alguna situación inesperada o desbordante, algún elemento de quiebre, con el tiempo, empiezo a perder el interés por esa música artificiosa.  

viernes, 25 de noviembre de 2022

CIENTO SESENTA

Es muy difícil encontrar las palabras adecuadas, las palabras justas, las palabras precisas, para describir la emoción que sentí al enterarme de que el cantante de uno de mis grupos preferidos de todos los tiempos se había embarcado en un nuevo proyecto y que, después de más de diez años de silencio, estaba por publicar un nuevo álbum. Todo era prometedor. Desde el título del álbum, pasando por la misteriosa imagen de la portada, por el curriculum del músico electrónico que lo acompañaba, hasta la ansiedad del fan que quería volver a escuchar aquella voz grave interpretar nuevas melodías y hacer vibrar los parlantes. En lo único en lo que le pifiaron – y bastante fulero – fue en el nombre del grupo. Quisieron hacerse los geniecillos, los lingüistas avezados, e inventaron una palabra sin ninguna gracia ni sentido, quizás hasta infantil, poco pregnante y para el olvido. Errare humanum est.

Intenté comprarlo en las habituales tiendas de discos nuevos que frecuentaba en Montréal y me desayuné con que no estaba disponible en ninguno de los catálogos de las distribuidoras. Inhabitual para un país en el que logré conseguir de todo. Sin hacerme demasiado drama, encargué el disco por correo, directamente al ignoto y minúsculo sello europeo. El vocalista británico acababa de publicar su primer álbum en muchísimos años, con un colega italiano del que nunca había escuchado hablar, a través de un sello discográfico sueco desconocido hasta para la madre de su propio dueño. Una decisión un tanto excéntrica, creo. ¿Habrá querido asegurarse de que nadie lo reconociera para no quedar pegado con su propia historia, para poder despojarse de su personaje? ¿De artista de culto a artista oculto? Me da la impresión de que un tipo fácil nunca debe haber sido. Nunca lo sabremos con certeza, no hay suficiente información circulando por internet sobre este tipo.

Una vez más, había que armarse de paciencia y esperar. Afortunadamente, la espera fue breve y me fue preparando para el momento en el que inserté el disco en el equipo. Con ganas pero sin desesperación, pude disfrutar de la nueva propuesta musical de este artista al que empecé a escuchar a los quince años de edad gracias a un par de casetes del enigmático sello británico 4AD que habría publicado el empresario argentino Daniel Grimbank a través de su sello DG discos, allá por la mitad de los años ’80. ¡Qué lo parió! Habían pasado una ponchada de años y había podido deleitarme gracias a unas cuantas experiencias enriquecedoras para mi vida musical non-stop. Sin embargo, estaba atento a la sorpresa y tan contento como perro con dos colas al poder disfrutar nuevamente de la voz grave de este cantante que tanto me había cautivado. Desde los primeros sonidos, la música me dejó sin palabras, casi perplejo, y me llenó de emociones. El título de la obra se amoldaba a la perfección a la propuesta sonora y rítmica. Mejor, imposible. La cadencia de la música, entre gomosa y oscura, donde los pulsos electrónicos avanzaban con dificultad, daba ganas de sumergirse en un sofá esponjoso y dejarse engullir por sus almohadones. Un placer. “Mud Black” era, sin duda alguna, el título ideal para un álbum con tales características. Michael Allen, el vocalista en cuestión, no se conformaba con haberme seducido, con haberme hipnotizado con su magnífico grupo The Wolfgang Press en mi tierna adolescencia sino que apostaba aún más fuerte, me dejaba boquiabierto y a la espera de una nueva entrega de su maduro y casi incuestionable Geniuser. – Como te imaginarás, el muy turro no tuvo mejor idea que dejar macerar su proyecto y hacer desear a todos sus fans hasta el hartazgo, como se le había hecho costumbre. – Se trataba claramente palabras mayores entre las propuestas existentes, entre las producciones de un género que suele repetirse, que suele apostar a hipnotizar al oyente con su monotonía. Que suele estar loopeado y ofrecer mínimas variaciones. Se trataba de un paso más allá para la música electrónica. Una música creada gracias a las nuevas tecnologías en expansión, a los bits y a los beats. Una paradoja… Este grupo creó una música sin tiempo preciso, atemporal, que logra alinearse con un género musical que requiere y exige una precisión rítmica milimétrica no negociable. Se trata de un grupo que se atreve a quebrantar al género del que se alimenta para ofrecernos una música personal y sublime, única e impagable.

Es cierto que los nombres que los artistas eligen para sus proyectos nos hacen soñar, nos hace volar. Algunos más, otros menos, otros casi nada. También es cierto que esos nombres pueden llegar a desmerecer la calidad de un proyecto, de su música. Una mala elección puede llegar a condenar al proyecto de un artista reconocido a que pase desapercibido, a que su público lo pase por alto al no provocarle ninguna sensación que lo invite a descubrirlo, además, a que no despierte el interés en ningún potencial nuevo oyente. No nos olvidemos que el nombre marca, que el nombre define. Sin embargo, aunque el nombre del proyecto no sea prueba fehaciente de ninguna genialidad, lo que finalmente debe importarle a un melómano, a un sonívoro, es el genio musical, la impronta sonora, las sensaciones auditivas que provoca el ruido armónico, el ruido elegante. ¿No?

miércoles, 12 de agosto de 2020

CINCUENTA Y DOS

Cuando empecé a escuchar música, en ningún momento se me pasó por la cabeza que iba a terminar escuchando sobre todo música instrumental. Hoy, a la distancia, analizando la evolución de mis gustos, veo que no existían muchas más posibilidades. Si bien es cierto que me gustan los cantautores, también me queda claro que las condiciones y cualidades que debe tener un cantante para que me guste, aunque no sean demasiadas, son precisas y no negociables. Primero, la pasión con la que el vocalista interprete las canciones, la onda que le ponga, que deje todo al cantar una canción, en una palabra, que movilice. Segundo, el toque personal que lo haga único e irremplazable, que no quede duda de quién es él. Tercero, que aunque cante pelotudeces, que uno no se de por aludido porque, sorprendentemente, cante lo que cante, cualquier cosa queda bien en el contexto de sus canciones ya que sus dotes de intérprete le permiten hacer maravillas de una canción que en boca de otro sería olvidable, pésima y hasta vergonzosa. Finalmente, son pocos los cantantes que han logrado entrar en mi rango de aceptación, de manera que he ido inclinándome por los sonidos de los instrumentos más que por los de las voces. Quizás ese giro no sea enteramente la responsabilidad de los cantantes que no lograron cautivarme. Es muy probable que me haya topado con algunos álbumes que sirvieron para introducirme en este mundo infinito que se abre cuando uno descubre las posibilidades de la música instrumental, de la música que no está al servicio de un texto, de una letra, de un boludo que canta. Esa música que se libera y vuela sin límites. Recuerdo que de chico disfrutaba de la música de jazz que acompañaba a los dibujitos animados. De las bandas de sonido de los spaghetti westerns, las de “James Bond”, “El agente de C.I.P.O.L.”, “Los vengadores”, “Misión imposible” o “Los invasores”. También recuerdo un casete de Glenn Miller, que mi viejo solía poner en el auto. Todas músicas instrumentales que me gustaban. Años más tarde, el primer tema instrumental de una música cercana al rock que me impactó en un álbum que compré por mi propia voluntad fue “No Motion” de Dif Juz que apareció en el compilado “Lonely Is An Eyesore” del sello 4AD. No puedo decir que por esa razón haya sentido que algo iba a cambiar en mis preferencias musicales, sin embargo, fue un comienzo sólido. En fin, en algún momento comencé a explorar las bateas de bandas de sonido, lo que fue revelador. Creo que allá por 1994, la primera que compré, aunque no tenía ni idea de qué película se trataba, fue “Alta Marea & Vaterland”. Sí, ya sé que el autor no era un total desconocido para mí, que era uno de los pilares de uno de mis grupos preferidos. Sin embargo, en este caso, Mick Harvey dejó de lado tanto el sonido de Birthday Party como el de los Bad Seeds o el de Crime and the City Solution y creó una música distinta, atemporal y desgarradora que no me canso de escuchar.



miércoles, 8 de julio de 2020

TREINTA Y CUATRO

Nuevamente en Brasil, descubrí un grupo que me sacudió. Compré dos casetes, solo porque eran de 4AD. Las imágenes de ambas tapas eran intrigantes: no podía adivinar qué música podrían contener esas cintas. Además, en ese viaje, no tenía forma de poder escucharlas y tuve que resistir hasta mi regreso a Buenos Aires para darme cuenta de que se trataba de una banda increíble de la que nunca antes había escuchado hablar. Después de mucho tiempo, me enteré de que, además, eran estadounidenses. Otra sorpresa que me llevaba, poco a poco, a amigarme con la expresión musical del gran país del norte. Eran un poquito punks, eran un poquito imprevisibles. Parecían tan graciosos como serios. Eran suaves y devastadores a la vez. No sé si eran lo que estaba buscando, porque se alejaban bastante del resto de los grupos del sello británico que había ido conociendo. Sin embargo, me cautivaron, a pesar de usar el formato clásico rockero: dos guitarras, bajo y batería. Hablo de los Pixies, claro, de quién más si no. Creo que “Doolittle” me sedujo más que “Bossanova” pero quizás sea porque lo escuché primero y uno tiende a establecer una leve preferencia por aquello que le ha sorprendido gratamente. Seguramente, si hubiera invertido el orden de la escucha, el orden de mi preferencia se invertiría también.



miércoles, 20 de mayo de 2020

DIECIOCHO

Cuando compré el primer álbum de Modern English, “Mesh & Lace”, lo hice por dos razones: lo había publicado el sello 4AD y me encantó la foto de la portada. Nunca había escuchado a ese grupo antes. Más tarde, leyendo los créditos de “It’ll End in Tears” de This Mortal Coil, me di cuenta de que el cantante participaba en uno de los temas. 

En algún momento, mientras vivía en Montréal, como conseguía CDs a un precio bastante razonable, me dio ganas de volver a comprar algunos discos que había tenido en vinilo y nunca había podido volver a escuchar desde que se me rompió la bandeja. Cerca del departamento donde vivía había una disquería de música alternativa: Atom Heart. Con frecuencia iba a charlar un rato sea con Raymond, sea con Francis. Hablábamos de música, obvio, y de muchas otras cosas. La pasaba muy bien. Un día le comenté a Francis que tenía ganas de volver a tener algún disco de los que escuchaba en mi adolescencia, sobre todo algunos de 4AD, a los que les había perdido el rastro hacía mucho tiempo. Con su usual sonrisa, él me anunció que los discos de ese sello se conseguían, nuevos, a un precio asombrosamente económico: acostumbrado a que en Buenos Aires, por un disco “Made in UK” me fajaran treinta dólares, cuando me dijo que cada uno salía 12,99 dólares canadienses (cerca de un 20% más barato que el yanqui), inmediatamente le encargué los tres de Modern English. Cuando los fui a retirar, como sabía que él estudiaba español de vez en cuando le enseñaba alguna expresión porteña. Ese día le dije: Francis, me agarró el viejazo, ahora encargame todos los de Joy Division (que también se conseguían a ese irrisorio precio). Cuando comprendió lo que quería decirle, aunque no paraba de reír, me hizo entender que si se trataba de buena música y que además me gustaba, no tenía por qué sentirme viejo al volver a escucharla. Lo cierto es que con el tiempo me he dado cuenta que la mayoría de la música que más me gusta, la que decido que forme parte de mi colección, tiene como factor común la atemporalidad o simplemente que no envejece patéticamente.

  


martes, 19 de mayo de 2020

DIECISIETE

Uno de los primeros álbumes que colaboró a que mi percepción y valoración de la música evolucionara fue “Lonely is an Eyesore”, el compilado de 4AD que había publicado DG Discos en 1987 y que yo había conseguido en casete en la avenida Corrientes. Todos los temas del disco me gustaban pero había dos que mostraron y me abrieron nuevos caminos. 

El primero, el de Wolfgang Press, “Cut the Tree”, que me hizo conocer uno de los grupos que aún hoy considero como uno de mis favoritos. Por suerte, ese mismo sello nacional también había publicado “Standing up Straight” que tuve en casete y hoy tengo y escucho en CD.

El otro era el de Dif Juz, “No Motion”. Si no recuerdo mal, fue el primer tema de rock instrumental al que me exponía. ¡Me encantaba! Además, fue premonitorio. Muchos años después, cuando escuché por primera vez el álbum “Die Hard” de Die Haut entendí que la música instrumental me proponía algo diferente y que en algún punto empezaba a interesarme más que la canción. Luego, cuando conocí a Tortoise, quedé inmediatamente fascinado. Es cierto que para ese entonces ya había empezado a escuchar cada vez más discos de jazz y me había expuesto a varios tipos de música experimental, sin embargo, llegué a pensar que si el post-rock – género que exploré muchísimo durante los más de cinco años que viví en Montréal – había logrado engancharme tanto y lo sentía como una evolución natural de la música en los años 2000 era gracias a aquel temita de Dif Juz que había conocido quince años antes. A mi humilde entender, ellos crearon este famoso género al menos diez años antes de que se inventara y se popularizara. 


lunes, 18 de mayo de 2020

DIECISÉIS

Cuando conocí los primeros álbumes del sello 4AD, me contagié de la fascinación que sentía Juan Carlos y otros amigos de la disquería. Primero, era imposible ser indiferente a un arte de tapa que invitaba a soñar desde que se comenzaba a contemplar la portada se pasaba por el sobre interno hasta que se llegaba al centro ilustrado del disco, donde la mayoría de los sellos solo proponían una fría lista de temas. La mística continuaba al confirmar que rara vez los grupos de 4AD aparecían retratados como el resto de los artistas de la música pop: cada nueva capa de maquillaje servía para desacreditar el valor artístico de su obra. Finalmente, el sonido embriagador de cada uno de los discos que escuchaba de este sello me confirmaba que estaba presenciando algo único. Evidentemente, en esa época de mi adolescencia, en los comienzos de mi coqueteo con la composición musical, cuando aún no había logrado tener a mano tantos pedales de efectos, racks u otros módulos para procesar el sonido de mi guitarra, la novedad yacía en tratar de comprender cómo esos tipos hacían para crear semejantes bolas de sonido ininteligible. Hoy, después de haber usado una amplia paleta de efectos de modulación – desde chorus, flanger o phaser hasta vibrato, symphonic, leslie y wah-wah – para procesar los instrumentos que he incluido en mi propia producción musical, comprendo que estos artistas no solo tenían a su disposición unos cuantos pedales y procesadores, sino que además ponían todas sus perillas al máximo. Esto no los desmerece ni los desacredita: pienso que crearon un sonido “4AD” que iba más allá del sonido de cada banda que luego aprovecharon en los discos de This Mortal Coil. 

No recuerdo cuál vinilo compré primero, si fue “Treasure” de Cocteau Twins o “It’ll End in Tears” de This Mortal Coil. Sí puedo asegurar que el segundo me rompía la cabeza, no sé si será por sus cambios de climas, cambios de formación en cada tema, cambio de punto de vista de lo que la música pop tenía que ofrecer. “Filigree & Shadow”, también de This Mortal Coil, me lo había grabado del vinilo inglés de Juan Carlos. Al menos así lo pude disfrutar durante bastante tiempo... aunque algo me faltaba... ¡Qué linda tapa tenía ese álbum doble! ¡Qué temazo “Tarantula”!  


sábado, 9 de mayo de 2020

SIETE

Cuando me preguntaban si me gustaba algún grupo de rock nacional decía que no. Claro, el único disco que había escuchado que se acercaba a la condición de ser “argento” era “Llegando los monos” de Sumo y, para mí, no cabía en esa definición. En esa época desconocía los detalles de la historia del grupo o de Luca Prodan, no tenía ni idea de dónde venía. A mí me había quedado claro que no sonaban como otros grupos argentinos, no solo porque algunas canciones fueran en inglés o porque Luca lucía un marcado acento extranjero, era algo más. Los conocí una noche en la Rock & Pop. Pasaron “Estallando en el océano”. Me pareció increíble al instante de empezar a escucharlo. Sin embargo, no supe de qué grupo se trataba hasta que un amigo me prestó el vinilo unos meses más tarde. También en esa radio escuché por primera vez “Barbarism Begins at Home” del disco “Meat is Murder” de los Smiths. Era un lugar obligado para conocer cosas nuevas en los años ’80. El dueño de la radio también tenía un sello a través del que publicaba discos que no eran tan convencionales, aquellos que otros sellos nacionales no traían, o no se animaban a traer. Gracias a DG Discos. conocí: “In the Flat Field” de Bauhaus, “Standing up Straight” de The Wolfgang Press y “Lonely Is an Eyesore” compilado del sello 4AD que incluía a Cocteau Twins y a Dif Juz, entre otros. Todos grupos que aún hoy aprecio y de los que conservo algo de material.