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lunes, 17 de agosto de 2026

CIENTO OCHENTA Y NUEVE

¿Para qué queremos tantas guitarras? ¿Para qué queremos tantos instrumentos? ¿Para qué queremos tanta música? ¿Para qué queremos tantos discos? ¿Para qué queremos discos singles con tan pocos temas? ¿Para qué queremos discos con bonus tracks si siempre son temas de relleno? ¿Para qué queremos discos compilados que repiten – y repiten – canciones que también están en otros discos? ¿Para qué queremos dos ejemplares de un mismo álbum? ¿Para qué queremos dos discos iguales, mismo título, mismas canciones, misma tapa? ¿Para qué queremos tantos CDs si son todos redonditos y plateados? ¿Para qué queremos tantos discos de vinilo si suelen ser todos redondos y negros? ¿Para qué queremos?

“Son todos redondos y negros” me decía mi padre, en mi adolescencia, cuando le pedía unos manguitos para comprar algún disco que había llamado mi atención. Hay gente que no comprende lo que significa tener una pasión. La pasión no se explica, se vive, se experimenta. Algunas veces, se sufre. Sin embargo, siempre está presente a la hora de darnos alguna que otra satisfacción. No hay ninguna duda.

He comprado el mismo álbum más de una vez. Corrijo, varias veces. Agrego, en varias ocasiones. Aclaro, varios álbumes. Un álbum, varios discos. Diferentes formatos. Diferentes presentaciones. Diferente orígen, diferente procedencia. Otras veces, sin diferencia alguna. Simple deseo de posesión. Simple deseo de repetición. Just in case. Au cas où. Por las dudas, por si acaso, por si las moscas.

A una persona indiferente a las pasiones se le haría imposible comprender las diversas razones que han ido operando en mi psique para que tomara la decisión de comprar algún que otro álbum más de una vez. Para dicha persona mis actos rozan el despilfarro, la desmesura y la demencia. Locura, diría un supuesto sensato. ¡Ja! Ni loco, ni enfermo. A-pa-sio-na-do. ¿Para qué escatimar satisfacciones? 

“Raw Power” de Iggy and the Stooges lo compré en Montréal, chez Archambault, sobre la rue Sainte-Catherine ouest. Lo vi barato y arremetí. Como ya conocía el álbum casi de memoria porque había escuchado un sinnúmero de veces el vinilo que mi amigo Juan Carlos había dejado en mi casa durante varios años – mientras juntaba guita para una nueva bandeja, apenas sonaron los primeros acordes, me di cuenta de que era algo diferente. Al leer el librito que acompaña al disco me enteré de que se trataba de una nueva mezcla que había hecho el mismísimo Iggy Pop porque no estaba totalmente satisfecho con la que yo conocía. Suficiente como para empezar a buscar la otra versión, la que había sido publicada originalmente en 1973, la que había mezclado David Bowie, la que había disfrutado durante mi adolescencia. Como te imaginarás, imposible dejarla pasar cuando la vi, un par de años más tarde, en una versión doble – con la mezcla original en el primer disco y un segundo disco con material completamente desconocido para mis oídos, en el Yenny de Flores, sobre la avenida Rivadavia. Recuerdo que estaba paseando con una persona poco receptiva, quizás indiferente a las bondades de la emoción que se siente al conseguir recuperar una parte de tu pasado que te hace volver a vibrar aunque en distinta frecuencia. Quizás, esa gente es simplemente fría o gris, insulsa. ¿Quién sabe? Esperé a que se entretuviera con algo de su interés, seguramente algún libro de yoga o de autoayuda – algo sin demasiada sangre – seguro, y me apropincué ávidamente al sector de cajas para pagar lo más rápido posible, para no tener que responder a preguntas incómodas sobre lo que acababa de comprar, para que no se diera cuenta de que estaba comprando un CD del que ya poseía otro ejemplar – aunque diferente, para no tener que dar ninguna explicación, para que no me rompiera las pelotas. Sigo creyendo que algunas cosas es mejor callarlas. Estoy convencido. Hay que salir silbando bajito.

Con “Queer”, de los fantásticos The Wolfgang Press – uno grupo que sigo desde mi adolescencia y no me tiembla el pulso al afirmar que se trata de uno mis predilectos, me pasó algo similar. Estaba muy contento con la versión original inglesa del magnífico sello 4AD, cuando, de sopetón, me enteré de la existencia de una edición yanqui que era diferente a la que ya tenía. Diferente no sólo por la cantidad de temas que ofrecía, sino porque, además, todo el disco había tenido que sufrir modificaciones por una cuestión de derechos de autor. Parece que no habían conseguido el permiso requerido para usar los samples con los que habían construido las canciones y tuvieron que reformularlas. Resumiendo, mismo título, tapas sutilmente distintas, contenido musical bastante diferente a los oídos de un fanático empedernido. Razón más que suficiente como para no dejar de incluir ambas en la colección. ¡Más para nosotros! Por otro lado, algunos de los singles de estos muchachos presentan situaciones similares: la versión inglesa ofrece una lista de temas diferente a la lista de la versión norteamericana. Lo que da como resultado: varios discos que presentan el mismo título, tapas distintas – o no tanto, contenido musical bastante diferente a los oídos de un fanático recontraempedernido. ¡Más para nosotros! Atención, porque a veces la cosa pareciera tener un poco más de sentido. Con “Funky Little Demons”, el fanatismo afloró sin anestesia y tuve que conseguir la primera edición británica del CD porque contaba con un segundo disco de remixes. Evidentemente, también conservo la versión estándar. ¡Más para nosotros! Sin embargo, no hace falta que exista una razón formal para que uno decida adquirir más de un ejemplar de un mismo disco. Del resto de los álbumes de mis estimadísimos británicos, tengo dos copias de cada uno por el mero hecho de tener dos copias de cada uno de esos discos. ¡Más para nosotros! ¿Qué te jode? No le debo nada a nadie. No me avergüenzo al admitir que de otros álbumes también guardo celosamente una copia de repuesto. ¡Más para nosotros, muchos más! ¿Y?

Este jueguito de ofrecer versiones diferentes según el país donde se publica el álbum no es invento de estos los pibes londinenses de 4AD. No han sido precursores en esta estrategia de marketing, aunque sí hayan sido innovadores en otras cuestiones relacionadas con la música, con el sonido o con la presentación gráfica que los acompaña. Hace mil años, allá por el año 1987, cuando empecé a coleccionar discos, recuerdo las vueltas que tuve que dar para conseguir el vinilo del primer álbum de The Cure. Los muy atorrantes, lo publicaron en el Reino Unido bajo el título de “Three Imaginary Boys” y en los Estados Unidos decidieron llamarlo “Boys Don’t Cry”. Si bien es cierto que se repetían una buena cantidad de las canciones, algunas habían sido omitidas del primero para ser reemplazadas en el segundo por otras provenientes de singles de la época, supuestamente más gancheros para el mercado americano. Bla, bla, bla.

Sin ir muy lejos en el asunto de las estrategias de venta y posicionamiento de productos musicales, existe lo que todo coleccionista de discos no puede evitar percibir como una tortura oriental. Casi todas las ediciones japonesas nos someten a un sufrimiento posiblemente innecesario al incluir bonus tracks supuestamente disponibles con exclusividad para el mercado japonés. ¡Patrañas! ¡Mentiras! ¡Exageraciones! Simplemente, mística. Más de una de esas canciones extra se encuentran como lados “B” de los singles que suelen anticipar la publicación del álbum. De todas maneras, chapeau para los ponjas. Todos nosotros, como boludos que somos, siempre andamos persiguiendo las ediciones japonesas aunque su precio exceda significativamente al de una versión occidental. Se me hace imposible recordar a ciencia cierta la cantidad de veces que caí en esta tentación, en esta trampa. Sin embargo, quién me quita lo bailado. Tengo una buena cantidad de CDs japoneses en mi colección y de lo que único que me arrepiento es de no haber comprado algunos más cuando estuve de paseo por Tokyo.

Otro gancho más. Las reediciones en box-set que incluyen no sólo el álbum original remasterizado, sino una interminable cantidad de discos complementarios con lados “B” de singles, out-takes, tomas diferentes de los mismos temas, versiones mono, versiones estéreo, demos, home-recordings, remixes, Peel Sessions, sesiones de todas las radios habidas y por haber que te puedas imaginar, conciertos que anticipaban al álbum, conciertos de la gira promocional del álbum y un sinfín de perlitas que nos hacen babear, padecer y comprar. En mi caso, sucumbí a la tentación con “Metal Box” – del que también tengo un ejemplar del oportunamente llamado “Second Edition” – mismos temas, diferente gráfica – y otro en latita redonda muy monona; al mismo tiempo, me dejé tentar por “Album” – del que también tuve un ejemplar que llevaba el título de “Compact Disc” y tengo otro remasterizado; todos de Public Image Ltd. También tengo un montonazo de The Fall – imposible citarlos a todos. La lista puede tornarse infinita. Vamos por más.

Finalmente, están los obses que nunca dejan de ser fascinantes. Aquellos que después de grabar y publicar un álbum no pueden quedarse quietos y no dejan de verle defectos. Empiezan a reformularlo y poquito a poco lo reconstruyen y terminan por ofrecernos una nueva versión superadora. A pesar de saber que para el artista la publicación de esa nueva versión significa que la versión precedente está inacabada, que no presenta sus ideas tal y como él las había pensado, que puede ser obviada; como coleccionista de discos, como melómano, como sonívoro, se me hace imposible evitar rastrear cada una de las versiones existentes, aunque de antemano sepa que alguna de ellas podría ser más flojita que las otras. ¿Quién sabe? Habría que preguntarle a Peter Hammill que hizo un par de versiones diferentes de al menos cuatro de sus álbumes: “The Fall of the House of Usher”, “Incoherence”, “In a Foreign Town” y “Out of Water”; o a Robert Fripp que hizo cuatro versiones diferentes de “Exposure”. Las tengo toditas, obvio. 

Tengo muchos más ejemplos para citar. Pero creo que fui bastante claro. Me voy con la música a otra parte. Cuando no tengo suficiente espacio en las estanterías, apilo.

viernes, 3 de enero de 2025

CIENTO SETENTA Y OCHO

Las bajas frecuencias me cautivan tanto como las disonancias. Será porque aprendí que son las que sostienen, las que enmarcan el sonido, las que terminan de darle forma al ruido para que lo percibamos como música; será por su costadito sexy que te hace agitar la patita al mismo tiempo que te provoca un movimiento irrefrenable de caderas; será porque estas frecuencias, además de actuar sobre tus tímpanos para que las escuches, se sienten como caricias en todo el cuerpo que exaltan tu corazón, se sienten como masajes de lo más estimulantes. 

Para muchos de los grupos con los que aprendí a escuchar música, el bajo no era tan solo un instrumento de relleno. Era un instrumento cuyo aporte resultaba fundamental para la construcción de cada canción. Era un instrumento sin el cual todo se habría desmoronado. Por esa razón, cuando decidí comenzar a crear mi propia música, supe desde el primer instante que el rol del bajo era irrenunciable. Conocí a pocos bajistas que me volaran la peluca. Muchos de ellos se contentaban con marcar el tempo tocando la tónica de la sucesión de acordes. ¡Error! Para no tener que padecer la mediocridad de esos patéticos imbéciles, no tuve otra salida que aprovecharme de las bondades de un sequencer que me permitía interpretar las líneas de bajo tal y como cada una de mis canciones lo requería además de abrirme la posibilidad de sumarle arreglos de órgano o de piano eléctrico. Un hallazgo. A pesar de haber encontrado una herramienta con la que logré plasmar una gran cantidad de mis ideas musicales, en el momento en el que quise agregarle a mis canciones la imperfección del sonido interpretado a través de distintos materiales supe que necesitaba agregar a mi arsenal un bajo de madera con cuatro cuerdas de metal. Fue así que convoqué a mi amigo Omar Scavone, que detentaba una comprobable experiencia en el uso de la batería, para que tocara el bajo eléctrico en mi nuevo proyecto. Decisión osada, kamikaze, aunque efectiva. Durante varios años, Omar usó el bajo de su esposa. El mismo que ella había tocado en las sesiones de grabación de ASUSTADOS UNIDOS. Un pedazo de madera sin ningún tipo de curva del que sacamos sonidos con mucha onda. Cuando grabamos “Another Journey by Train” de The Cure para el compilado “Concise Pink Pig Atlas: The Whole Cure in the Mirror”, tuvimos la suerte de que Mariano Marcos nos prestara un bajo fretless que había construido con Gabriel Mateos. Omar decidió ponerle cuerdas lisas para tratar de imitar el sonido de Mick Karn en el álbum “The Waking Hour” de Dalis Car. Un acierto enriquecedor que nos acompañó hasta la última canción que grabamos como NO:ID. 

Tuvieron que pasar unos cuantos años más para que pudiera acceder a comprar un bajo gracias al que no tuviera que depender de la caridad de distintas personas que me proporcionaran un instrumento digno. Además de los bajos, evidentemente me gustan las guitarras. Un modelo de guitarra que me hubiera gustado mucho tener en mi colección es ese al que llaman “hollow body”. Son esas que tienen el cuerpo hueco, a las que también llaman “de caja”, como la de B. B. King, ¿viste? He tenido varias guitarras a lo largo de mi vida. En un momento llegué a tener cinco, las que evidentemente no podía tocar al mismo tiempo. Hoy reduje, bajé la cantidad a dos. Un número limitado aunque sensato para el espacio en el que vivo. Se me pasó el cuarto de hora y sé que nunca tendré ni una Fender Jaguar, ni una Fender Jazz Master, ni una guitarra de “caja hueca”. Sin embargo, en Montréal, me desquité y maté dos pájaros de un tiro. Un día de verano, después del laburo, como era mi costumbre, salí a pasear en bicicleta. Aunque el trabajo no era nada grave, era bueno salir con cualquier excusa para relajarse. Decidí enfilar hacia el Vieux-Port para mirar las vidrieras de las tiendas de instrumentos musicales. Steve’s Music Store siempre era el destino predilecto. ¡Ahí sí que tenían de todo! Casi una cuadra de locales conectados entre sí para mostrarte, para ofrecerte el abanico de posibilidades que el ser humano tiene para producir ruidos a los que con el tiempo nos acostumbramos y definimos como música. Sin embargo, ese día, cambié de recorrido y me paré a mirar otra tienda, Jack’s Musique, un poco menos ambiciosa, mucho más pequeñita – justito en la esquina opuesta sobre la misma cuadra de la rue Saint-Antoine ouest, en el número 77 – con muchísimos menos instrumentos para apreciar y mucho más polvo para incentivar cualquier alergia. Instrumentos apilados sin ton ni son. Digna obra de un acumulador serial. Todo esto para no prejuzgar con premura y asegurar que se trataba de un sucucho de mala muerte en el que más de uno no se animaría a entrar bajo ninguna circunstancia, al que podríamos definir con mayor precisión como “el museo del silencio en la música” por ofrecer gran cantidad de instrumentos usados pertenecientes a épocas inmemoriales que evidenciaban no haber estado en actividad desde andá a saber cuándo. Hasta el vendedor parecía haber perdurado en el tiempo gracias a las bondades del formol. Todo olía a naftalina y humedad, a madera vieja y sudor latente, a alfombra sucia y geriátrico, a óxido y WD-40, a grasa añeja pegoteada en cada rincón. Sin embargo, contra todo pronóstico, mis ojos se posaron sobre un instrumento d’occasion, presque neuf, que parecía querer acompañarme en mis andanzas musicales. Pregunté el precio, me respondieron sin meandros. Estaba colgado, pedí que lo bajaran. Lo miré, lo probé. ¡Guau! Tarareé: “bajaremos, incontenibles, hasta donde el diablo pueda olernos”. Prueba de un estado de auténtica felicidad y goce. Tenía una leve melladura, nada grave. Propuse el pago en contante y sonante, me rebajaron el 15% sin chistar – fuera TPS y TVQ, el que pierde es el fisco. Le pedí al vendedor que me lo aguantara hasta que fuera a buscar el billete al guichet. Trato hecho. No demasiado tiempo más tarde, hacía equilibrio en la bicicleta con el manubrio en una mano y un bajo IBANEZ ARTCORE ASB 140 “hollow body” en la otra. ¡Estaba para el Cirque du Soleil! Tuve suerte de no pegarme un palo mientras transitaba por el abarrotado boulevard René-Lévesque est o mientras subía la prolongada pendiente de la rue Amherst hasta llegar a la esquina de la rue Sherbrooke est donde me alojaba y debía finalmente bajar. Todo un logro. 

Como todo tiene que ver con todo. Como no existen las casualidades. Cuando llegué al edificio, como de costumbre, fui a abrir el buzón, abajo en el rez-de-chaussée – la planta baja para los hispanoparlantes, para ver si tenía correspondencia. A esa altura no existía ninguna sorpresa, recibía paquetitos con asiduidad, cotidianamente, casi todos los días. ¿Qué contenían? ¿Pregunta retórica o pregunta boluda? Discos, pibe. ¿Qué más? Resumiendo… Habemus paquetum, exclamé. Al desembalar la pequeña encomienda, no me sorprendió la llegada del álbum en cuestión, pues había sido yo mismo el que lo había encargado en un sitio de internet danés. En esa época me había puesto como meta completar la colección del grupo Sort Sol, que había conocido de nombre por intermedio de Juan Carlos y finalmente había escuchado en una colaboración con Lydia Lunch que apareció en su álbum “Hysterie”. Haber encontrado una tienda virtual en la Dinamarca natal de estos muchachos, procedentes de un país tan fuera del foco del mundillo de la música, me solucionó la faena. Fui comprando uno a uno, a medida de mis posibilidades, los disquitos de estos flacos. Cuando ya me había provisto de cada uno de los títulos de su discografía, descubrí un par de álbumes más de un proyecto paralelo del cantante a los que decidí darles una oportunidad. El primero de los discos del dúo se denomina simplemente “Ginman/Jørgensen”, bajo sendos apellidos de cada uno de los músicos. Ése es el que recibí el mismo día en el que compré mi tan anhelado bajo eléctrico. No hay mucha sorpresa ya que mi vida se puede resumir bajo dos líneas de acción: la compra de algún que otro disco y la compra de algún que otro instrumento musical. Sin embargo, aquí las estrellas se alinearon y con cierto poder de anticipación coincidieron en que ese preciso día, bajo alguna luna que me iluminara, sumara a mi colección de discos un álbum de un ignoto bajista y contrabajista de jazz dinamarqués llamado Lennart Ginman al que quizás sólo la madre conozca, seguramente bajo algún apodo cariñoso y familiar que evidentemente nunca nos será revelado. 

Bajá la ansiedad. ¿Dónde está la gravedad? Nada puede ser tan grave, che.

viernes, 8 de mayo de 2020

SEIS

Era una época en la que escaseaba la información. Solo contaba con las revistas Pelo, Rock & Pop o El Musiquero, según el tipo de datos que estuviera buscando. Con suerte, a veces conseguía la Rock de Lux, revista española que me parecía mucho más interesante y abundante. También estaban los disqueros que, con tal de vender algo, solían ser bastante fabuleros. Así fue como descubrí el parentesco entre The Cure y Siouxsie and the Banshees, grupo del que me hice inmediatamente fanático. Lo prefería porque la cantante no se lamentaba sino que blasfemaba e injuriaba: era ruda. Tuve muchos de sus álbumes. Creo que uno de mis preferidos era “Juju” ya que hoy distingo la gran influencia de los arpeggios de John McGeoch en la forma en que tocaría la guitarra en la época de mi grupo SU REAL ORDEN. Aunque no lo supiera, al escuchar este disco una y otra vez estaba recibiendo una valiosísima educación musical. También sin saberlo, “Feast”, otro álbum que Siouxsie Sioux grabó en Hawaii bajo el nombre de The Creatures – el que por casualidad conseguí en la disquería Abraxas de la calle Santa Fe – me abrió nuevos horizontes hacia el World Music. Quizás esto sea lo que explique mi expansivo gusto musical y mi preferencia por los artistas que no se estancan en una sola forma de expresión, en un solo género musical. El dark y el post-punk, para mí, tenían los minutos contados, aunque en ese momento todavía no me había dado cuenta.


jueves, 7 de mayo de 2020

CINCO

En algún momento, empezaron a interesarme, además de la música, las portadas de los discos. Ese interés me llevó a estudiar Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires y luego a trabajar durante al menos quince años en publicidad. Con el tiempo, creo haber desarrollado cierta habilidad que me permite, al ver la tapa y la contratapa de un disco, saber de antemano si al escucharlo me gustará o no. Cuando una portada llama mi atención, seguramente la música también lo haga. La mayoría de los discos que escuchaba durante mi adolescencia, los tenía grabados en casetes virgen, sin tapa o con alguna fotocopia en blanco y negro totalmente empastada, reducida unas cuantas veces del arte original, lo que causaba esa marcada pérdida de calidad. En esa época, no había ni fotocopiadoras color ni escáner para la computadora, de manera que cuando lograba tener en mis manos un LP, ver y tocar la tapa en su tamaño real, era deslumbrante. Era como tocar el cielo con las manos. Por suerte, algunos de los discos que más me gustaban los fui consiguiendo en vinilo, generalmente importados, porque las ediciones nacionales no eran frecuentes. Así fue con “Seventeen Seconds”, “Faith” y “Pornography” de The Cure. Tres tapas con imágenes que invitaban a soñar, o a tener pesadillas... Con esos álbumes comencé a comprender la importancia de la elección de la gráfica para la portada. Me di cuenta de que debía acompañar y enriquecer el concepto de la música que contuviera para terminar de justificar la obra. “Pornography” me sacudió, desde las imágenes fantasmales de sendas tapa y contratapa hasta el último acorde de la música. A los quince años, me parecía inexplicable cómo solamente tres tipos podían haber creado un sonido tan inmenso. Todo sonaba a reventar o a punto de hacerlo. Las guitarras y los bajos habían dejado de lado el sonido chicloso de los discos anteriores y al baterista, sea que lo habían mandado a hacer pesas, sea que lo habían amenazado de muerte si no dejaba de tocar como si su instrumento fuera de juguete y tuviera miedo de romperlo. En definitiva, salieron a destrozarlo todo. Es un disco brutal, en el que Robert Smith había dejado de sollozar y cantaba como si algo lo hubiera hecho enojar, como si hubiera tenido una bronca guardada que no aguantaba más. Todo eso es lo que hace que este disco haya resistido al paso del tiempo y que, muchos años más tarde, me haya decidido a comprarlo también en CD.


martes, 5 de mayo de 2020

TRES

A mediados de 1986, compré mis primeros casetes de The Cure: “The Head on the Door” y “Standing on a Beach”, en Cesar-Po, una disquería – ya desaparecida – de mi barrio porteño de Flores en la que también conseguí mis primeros vinilos de Echo & the Bunnymen, “Ocean Rain” y “Songs to Learn and Sing”, además de “Psychocandy”, álbum que mis padres creían que me provocaría una segura sordera precoz. Claro, las guitarras chirriantes a un altísimo volumen generando un sonido desconocido para mis padres hasta ese entonces, el feedback, los alarmaba. Temían lo peor para mi integridad física cuando me veían escuchar una y otra vez unas canciones donde a alguien se le había ocurrido, además, ecualizar el sonido ya agudo de las guitarras distorsionadas llevando las perillas de la consola al punto máximo. Yo, por el contrario, sentía que había descubierto algo genial, único, revelador. Los ritmos de batería, elementales, rozando lo tribal, lo hipnótico, me fascinaban. Los bajos, como latidos, tan elementales como fundamentales, sostenían el caos. Las voces adolescentes de los hermanos Reid cantándole a botas de cuero y a distintos sabores, dulces o amargos, comenzaron a mostrarme que era posible crear, expresar algo mediante el sonido, o simplemente hacer ruido estimulante. Además, con este disco aprendí que en la música no se requería de habilidades acrobáticas para lograr escribir una bella canción.