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sábado, 5 de septiembre de 2026

CIENTO NOVENTA Y UNO

Las grabaciones en vivo intentan capturar el momento álgido de la performance, de la pirueta, de la locura, de lo histriónico, de lo pretensioso, del exceso de vanidad del músico que no se conforma con saber que su obra perdurará más allá de su propia existencia. Jamás estas grabaciones buscan preservar del olvido las mejores cualidades del sonido, las más creativas. Sólo ofrecen el costado circense del espectáculo musical, las acrobacias que exhibe un músico al ejecutar su instrumento, los malabares a los que somete a su cuerpo para pasar de una nota a la otra, para pasar de un acorde al otro, para interpretar las diversas figuras rítmicas que regulan su pulso. Se sabe que el silencio es esencial para la música. El ruido, también lo es. Ese ruido, a pesar de su mala fama, no deja de ser una fuente de inspiración constante para todo sonívoro, para todo melómano, para todo audiófilo. Nos provoca incesantemente la necesidad de conocer las diversas posibilidades del origen, de la concepción, de cada uno de los sonidos que se escuchan en un álbum, de las distintas formas de plasmar, de grabar, de documentar, la interpretación de tal o cual instrumento – conocido o desconocido, real o sintético – al crear una pieza musical. Hablo de las cualidades sonoras – o sónicas – con las que se busca hacer la diferencia entre un álbum u otro. De esas características del sonido que me importan más que los acordes con los que los compositores deciden delimitar una canción. De esas características del sonido que me interesan mucho más que las notas con las que los compositores deciden trazar una melodía. De esas características del sonido que no se pueden escribir en una partitura. De esas características del sonido de las que no queda otro documento que lo que escuchamos en una grabación. Lamentablemente, estas características del sonido son imposibles de imitar con exactitud: las variables para lograr cada uno de esos sonidos son incontables y permanecerán como un secreto, un enigma, ligado al momento original de cada sesión de grabación. Esa cuota de misterio – y de mística – es lo que hace que todo esto sea interesante, relevante. En la búsqueda por imitar sonidos ya existentes, forzosamente, surgen otros nuevos sonidos, otros nuevos ruidos – igualmente inspiradores y motivadores. Y esto continúa sin cesar, retroalimentando… Feedback, le dicen los gringos.

Te habrás dado cuenta de que los álbumes en vivo no son santo de mi devoción. Sin embargo, debo confesar, una vez más, que uno de mis álbumes preferidos de todos los tiempos es “Nighthawks at the Diner” de Tom Waits – grabado en vivo, en un estudio de radio, pero en directo al fin. No existe una razón que justifique esta preferencia pero me resulta interesante que sea arbitrariamente contraria al resto de mis elecciones. Loco, ¿no?

Por otro lado, cuando empecé a comprar más y más discos de jazz, comprendí que en muchos casos una versión cuidada, prolija, de esa música – grabada en un entorno controlado, en un estudio en el que se delineara milimétricamente cada uno de los sonidos que se plasmarían en una cinta, o en un disco rígido – no existe, y que para muchos carecería de sentido que existiera. Si deseaba conocer un poco más, adentrarme en este género, tenía que aceptar que para esta gente la búsqueda es otra. No tuve otra opción que rendirme a las impurezas del sonido directo – que inconscientemente me convocaban desde hacía rato – para aprender a disfrutar de otras formas de hacer música. 

Además, dentro de las famosas listas que suelen llevar títulos tan pomposos como “1001 álbumes de jazz que deberías escuchar antes de morir” o “¿Cuáles son los mejores álbumes de jazz de todos los tiempos?”, en las que se intenta dar cuenta de lo mejorcito del género a lo largo de su historia, figuran una enorme cantidad de álbumes grabados en vivo, en concierto. Tuve que reconciliarme con este tipo de grabaciones para no quedarme afuera. Tuve que aprender a disfrutar de lo que este género musical ofrece. No me arrepiento. 

Finalmente, tengo que agradecer la existencia la disquería Zival’s, en la esquina porteña de Corrientes y Callao, donde empecé a encontrar una buena cantidad de los discos mencionados en estos manualcitos un tanto forzaditos que a pesar de todo me han resultado útiles, ya que me han permitido descubrir la serie “Concerts” de Keith Jarrett a través de su tan mentado “The Köln Concert”, considerado como una obra maestra de la improvisación en solitario. Este gran pianista yanqui nos brinda desde el año 1973 discos grabados en vivo siguiendo siempre un mismo patrón: el tipo solo, sentado frente a un piano de cola, en una sala de conciertos, frente a su público, ofreciendo una performance a la que le va dando forma en el momento, según el humor que tenga, según lo que le sugiera su percepción sobre el ambiente de la sala. Fui cayendo en la tentación de sumar a mi colección los álbumes de esta serie porque a pesar de lo que uno podría creer, son todos muy distintos: algunos con un aire más jazzero, otros con un aire más clásico; algunos que ofrecen una fusión poco clara, otros que se acercan más al ambient. A mí, uno de los que más me gusta es “Sun Bear Concerts”. No sólo porque es un box-set con 6 CDs – lo que me encanta, sino porque es uno de los más introspectivos, de los más envolventes. Revisá los “Concerts” de Jarrett solito y animate sin temor a clavarte, hay para todos los gustos.

martes, 30 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y CUATRO

Cuando regresás a Buenos Aires, la Reina del Plata, después de haber vivido por más de cinco años en lo que se denomina “el primer mundo”, inevitablemente, se te escapa un lagrimón. No por la nostalgia tanguera de haber vuelto a la cuna de la melancolía sino por darte cuenta de cuán lejos estás de algunas pequeñas cosas que hacen a tu felicidad cotidiana, de cuán apartado vas a quedar de un circuito que te interesaría seguir recorriendo, de cuán difícil va a ser seguir indagando sobre nuevas expresiones musicales, que te gustaría sumar a tu colección de discos, desde el mismísimo culo del mundo.

Cuando regresé de forma definitiva a Buenos Aires, el lugar del planeta tierra que me vio nacer, no puedo asegurar que haya caído en un pozo depresivo pero sí puedo afirmar que en muchos aspectos de mi vida fue como barajar y dar de nuevo. Ya tenía casi 40 pirulos, por lo que encontrar que mi ciudad ya no era la misma, que yo ya no era el mismo, fue un trago amargo cargado de desazón y disgusto. Por momentos era como si deambulara a ciegas a pesar de que todavía conservaba perfectamente en la memoria nombres de calles y medios de transporte para moverme a gusto y piacere por donde me diera la gana, sin ningún tipo de límite.

La primera dificultad a la que tuve que hacerle frente fue al hecho indiscutible de que el argentino promedio es un tipo altamente conservador y que, a pesar de que lo intente, jamás logrará salir de su circulo vicioso, que le da cierta seguridad y contención. Il faut s´en sortir, merde ! En la búsqueda de lugares para seguir comprando algún que otro disquito empecé por visitar un lugar emblemático que por suerte quedaba a escasas quince cuadras de mi departamento. Hablo del “Parque”. Lugar de encuentro al aire libre para fanáticos enfermitos y fundamentalistas del coleccionismo de discos en el que desafortunadamente lo que más encontré fue mucho olor a naftalina, mucho y penetrante olor a viejo. Lo que no hizo más que perturbarme. Apenas regresé de Montréal, al comenzar a ordenar los CDs que había dejado almacenados en cajas en la casa de mi mamá, los CDs que había ido trayendo en mis escapadas intermedias para no dejar cosas para último momento por temor a no poder traer todo junto y los CDs que traje en mi viaje definitivo, salieron a la luz algunos disquitos que había comprado más de una vez por haber encontrado versiones más interesantes, sea por diferencias en la cantidad de temas, sea por diferencias en el tipo de empaque, sea por diferencias en el país de procedencia, sea por diferencias en el estado de conservación. Así fue como preparé una cajita con algunos discos dispuesto a venderlos o a canjearlos por algo que me interesara, un domingo, en la feria del Parque Centenario, en el barrio de Caballito, en esa zona que limita con los barrios de Almagro y Villa Crespo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que se ha convertido en la meca del trueque y de la compra-venta de cualquier tipo de artículo de segundamano, sea cual sea su estado de mantenimiento y preservación. Vendí algunos CDs. Tindersticks, Magazine, Sisters of Mercy… Me los sacaron de las manos porque parece que acá en el “lejano sur” casi no se veían esos títulos. Aunque no fueran ninguna novedad, para los allí presentes lo que yo ofrecía era como un poco de aire fresco, como una transfusión de sangre nueva. A decir verdad, esta realidad me resultó un tanto deprimente. Había penuria y se notaba, grave. Volviendo a mis transacciones, a pesar de haber logrado hacerme de unos mangos, los que en esos primeros meses de expatriado-reinstalado no me venían nada mal porque todavía estaba buscando reinsertarme laboralmente, lo más interesante de todo el periplo dominguero, fue un canje. Caminando entre los puestitos que le daban cierta legitimidad a un espacio que históricamente había combinado informalidad e ilegalidad para que los melómanos accedieran a ciertos discos que no circulaban de otra manera ni por las disquerías visibles con locales a la calle, ni por las disquerías escondidas en galerías de mala muerte – las que vulgarmente eran conocidas como las “cuevas” – logré cambiar mano a mano uno de Van der Graaf Generator por “THRaKaTTaK” de King Crimson que venía en una hermosa edición digipack con poster, que hoy debe ser inconseguible. Una perla.

La segunda dificultad fue lograr abastecerme de algunos álbumes de los que había escuchado hablar allá en América del Norte, antes de subirme al avión. Sabía que habían salido a la venta en Europa o que saldrían a la venta prontamente en las Américas y no estaba dispuesto a dejarlos pasar. A pesar de los malos augurios, el primero de mi listita no fue tan complicado de encontrar. Paseando por el centro, en la esquina de las avenidas Corrientes y Callao, no pasa desapercibido un enorme comercio dedicado a la venta de libros y discos que conozco desde mi adolescencia, mientras cursaba la escuela secundaria. Según mis recuerdos, esta tienda siempre estuvo allí, aunque su interior ha ido sufriendo modificaciones de diseño, de organización, y ha ido mutando de acuerdo a la mercadería que ofrece en sus anaqueles. Quizás ya hayas adivinado que el local en cuestión no es otro que el mítico Zival’s, bastión del tango y del jazz. Un día en el que pasé por esa esquina, decidí entrar, aunque sin demasiadas expectativas. Para mi sorpresa, me enteré de que ellos se encargaban de la distribución del tan codiciado sello alemán ECM Records. Sello del que yo esperaba conseguir el primer álbum solista de un trompetista noruego exintegrante de un grupo que había tenido la oportunidad de ver en el Festival International de Jazz de Montréal y, como si fuera poco, les había comprado todos y cada uno de sus discos – salvo el primero, que nunca fue republicado masivamente y que se consigue sólo en el mercado de los usados en su primera y única versión de un ignoto sello noruego que venden a una pequeña fortuna pero, como te imaginarás, nunca tomé la decisión de afrontar semejante gasto. Insisto. Vaya sorpresa. En un primer momento, vi una gran cantidad de discos de ECM en las bateas. En un segundo momento, vi exactamente el disco que estaba buscando, el disco que me estaba cuestionando cómo conseguir, “The Door” de Mathias Eick. Quedé petrificado, absorto. Evidentemente, lo compré sin vacilar. Esto resultó un hallazgo doble porque me abrió las puertas para visitar tiendas de discos que conocía pero que no solía frecuentar antes de dejar Buenos Aires rumbo al norte esperanzador. Resignifiqué la experiencia como una puerta de escape al trago amargo del Parque Centenario que no dejaba de hacerme cuestionar tanto mi cordura como mi interés por continuar con una actividad que me gustaba aunque no bajo las condiciones que me ofrecían los espacios que otrora había frecuentado. Creo que de no haber comprendido que podía buscar discos de otra manera, en otros ámbitos, creo que si seguir coleccionando hubiera dependido exclusivamente de lo que hubiera podido encontrar en el Parque Centenario o en las “cuevas”, no habría soportado sostener mi interés por coleccionar discos de música. El “Parque” me deprimía, me deprimió y continúa deprimiéndome. Las “cuevas” me producen un efecto similar. Sea por la clientela, sea por los propietarios. Encontrar personajes que traen un disco desde su casa en una bolsita de panadería para mostrártelo porque saben que querés comprarlo, te lo refriegan por las narices y cuando les preguntás por el precio te responden sarcásticamente con un simple “no lo vendo”, me resulta patético. Encontrar acumuladores seriales de discos de música y de películas que no tienen ni idea de lo que guardan en su casa, me resulta enfermizo. Encontrar tipos que te piden rebaja argumentando que son revendedores en un conocido comercio céntrico, me resulta de lo más bajo y vil. Encontrar calculadores experimentados que pretenden hacerse pasar por amigotes asegurando que te hacen un precio diferenciado mientras que es seguro que te van a cobrar más que a cualquiera, me resulta decadente. Encontrar personajes que piensan que su tienda de discos es el mejor referente del rubro que existe en mi Buenos Aires querido, me resulta ególatra y desatinado, más bien loser. Hoy en día, sólo voy al “Parque” para casos puntuales, cuando tengo que encontrarme con alguien, para comprar o vender algo y permanezco en el lugar lo estrictamente necesario. A las “cuevas”, trato de evitarlas.

Para la tercera dificultad encontré la solución sin mucho trámite. El único sufrimiento del asunto me lo produjo la visita al dentista – seres especializados en un gran abanico de torturas al ser humano – gracias a la que conocí un local de la Galería Los Andes, en la avenida Cabildo, en el barrio porteño de Belgrano. De pasada, miré la vidriera. Vi cositas interesantes. Me llamó la atención el nombre: Parklife. De regreso de mi sesión con el verdugo, entré y le pregunté abiertamente al flaco de la disquería si la tienda tenía algo que ver con El Oasis, una disquería que había frecuentado en esa misma galería en mis épocas de docente en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo, en la Univesidad de Buenos Aires, allá en Ciudad Universitaria, antes de mi exilio. Me miró raro, cruzado. Seguramente por una antigua rivalidad entre los fans de dos bandas inglesas que nunca comprendí. Ni a las bandas, ni a esa enemistad de tinte futbolero en un mundo, quizás, un tanto más culto. Como a todo vendedor que se precie, le duró poco la jeta: le pregunté por el precio de un disco que exhibía en la vitrina y sin dudarlo se lo compré. Se trataba de un álbum recientemente publicado bajo el título de “Car Alarm” de unos muchachos de Chicago, íntimamente relacionados con Tortoise – uno de mis grupos predilectos, que se hacen llamar The Sea and Cake, título que ansiaba conseguir para continuar engrosando mi colección de post-rock.

El cuarto, fue más un obstáculo que una dificultad. Tuve que franquear algo parecido a un prejuicio. Con los años había ido engrosando poco a poco mi colección de discos de jazz. Sin embargo, muy raras fueron las veces en las que tomé la decisión de comprar títulos de aquellos considerados clásicos. Fue al regresar de Montréal que me dejé tentar por unos cuántos títulos del famoso sello Blue Note que encontré en la librería Ghandi, también sobre la avenida Corrientes, aunque en aquel momento ubicada en un local más cercano a la esquina de la avenida Callao. Tenían un montón de títulos y compré una buena cantidad de ellos, todos de un plumazo. “Out to Lunch!” de Eric Dolphy, “Empyrean Isles” y “Maiden Voyage” de Herbie Hancock, “The Real McCoy” - de McCoy Tyner, “Hub-Tones” de Freddie Hubbard, “Symphony for Improvisers” de Don Cherry. Tenía que recuperar el tiempo perdido. No era cuestión de seguir privándome de la magia de estas grabaciones por pensar que todos los álbumes de jazz sonaban igual y que con escuchar unos poquitos era suficiente. Hoy que llevo acumulados centenares de discos de jazz creo que se trata de un género que por su filosofía debería permitir expandir la paleta de sonidos al infinito; aunque estoy seguro de que lamentablemente muchos de los cultores del género puro no logran tener ni la valentía ni la apertura mental suficientes como para permitirse desplegar este lenguaje musical al máximo de sus posibilidades, como para animarse a ir un poquito más allá de las convenciones. Finalmente no sólo se trata de decidirse, de atreverse, sino también de tener con qué hacerlo. Plin, caja. 

domingo, 4 de abril de 2021

CIENTO CUATRO

Muchos dirán que se trata de una música mal parida, electrónicamente concebida, poco sanguínea, artificial, sin vida propia pues extrae y se apropia de sonidos, frases, ritmos o melodías de grabaciones de otros artistas, para algunos grandes y con mayúsculas, sin embargo, cuando escuché este disco de este género que muchos presentan como future jazz, debo admitir que me cayó bien. Recuerdo que lo compré en El Ateneo de la avenida Santa Fe. Hacía poco que habían instalado ese local. Finalmente, pasé a conocerlo y recorrerlo como más de un turista curioso que cae en Buenos Aires y no puede resistir a la tentación de visitar este hermosísimo edificio. No importa lo que vendan, subir por sus escaleras, mirar para abajo desde los que otrora fueran los palcos del teatro Grand Splendid, te transporta. Recuperado, en parte conservado, aunque adaptado a su nueva función de local comercial en el que funciona una librería que ha sabido aprovechar el encanto de la arquitectura original del edificio para asegurarse cierta afluencia de visitantes semanales llevados de las narices por los city tours que se ofrecen en nuestra ciudad capital. Todavía no ofrecían una gran selección de discos, pero cuando vi la tapa de “Tourist” de St Germain hubo algo que llamó mi atención. Quizás la imagen entre antigua y otoñal, quizás los colores que mucho no decían y generaban cierto misterio y electricidad al contrastar con la fotografía difusa, quizás la escueta información de la contratapa con la que se anticipaba que, a pesar de tratarse de un disco publicado por el emblemático sello de jazz Blue Note, presentaba una propuesta bastante distinta de la que los fans del género hubieran esperado. No puedo asegurar cuál de las especulaciones anteriores me llevó a decidirme a comprar este disco, lo cierto es que, sin escucharlo, me lo llevé para casa. Como he dicho antes, me gustó la música que ofrecía este francesito, más DJ que jazzman, más productor que intérprete. Poco importa, pues es un disco con cierta búsqueda creativa, a pesar de los palazos que quieran darle. Con el tiempo, fui encontrando otros de los álbumes publicados por el flaco, aunque tengo que admitir que no lograron cautivarme como éste, el primero que escuché. Cuando ya estaba decidido a no comprar ninguno más de los discos de este muchacho, entramos en la disquería Zival’s de Corrientes y Callao con mi hijo y, mientras le mostraba las tapas de algunos discos de jazz que tenía ganas de comprar, me señaló otro en la batea con la foto de la jeta de un hombre demasiado pálido para ser de carne y hueso, demasiado detallado para ser un maniquí, que surge de una duna, de una capa de arena que lo mantiene a medio enterrar. Con sus siete añitos, me dijo que le gustaba esa imagen y que quería comprarlo porque seguramente era un disco con buena música. Le hice caso y lo compré, porque se trataba de una edición nacional y no resultaba demasiado onerosa. Tantas veces he comprado discos porque me gustaba la tapa que no fui capaz de cortarle la inspiración a mi pibe. Aunque no deposité demasiadas expectativas en esta nueva adquisición para la colección, como es muy difícil decidirse a desmoronar la ilusión de un niño, me abstuve de emitir comentario alguno, pelé la tarjeta de crédito y nos fuimos para casa. Lo escuchamos. Él, mucha pelota no le dio. Yo, confirmé que serán mis últimos morlacos destinados a este artista. Tant pis.