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domingo, 14 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y TRES

¿Para qué reprimir el impulso irrefrenable del gasto innecesario en objetos suntuarios de dudosa vida útil vinculados a los caprichos del efímero instante del deseo satisfecho? “Moderation is a fatal thing (…). Nothing succeeds like excess.” Hizo decir Oscar Wilde, allá por el siglo XIX, a uno de sus personajes en su obra de teatro “A Woman of No Importance.” Sin saberlo, sin siquiera haber leído su texto, al comenzar a coleccionar discos, le hice caso. ¡Vaya que le hice caso! Una colección de más de 7.000 ítems avalan mis excesos. Tené en cuenta que se trata tan solo de un cálculo aproximado en el que no he agregado los títulos incluídos en la enorme cantidad de box-sets que poseo, los que al desglosarse sumarían una considerable cantidad de artículos adicionales a mi aprovisionamiento musical. 

Algunos basan su relación con la vida en el aforismo “lo bueno, si breve, dos veces bueno,” buscan el minimalismo, la síntesis, la depuración a lo estrictamente necesario; yo busco la acumulación desmedida sin ningún tipo de límite. Al poco tiempo de haber regresado de Montréal, una persona muy entrometida y bastante estrecha me cuestionó la necesidad de poseer tantas guitarras, tantos instrumentos de música. La necesidad de poseer tantos discos. Esgrimía como argumento la imposibilidad de utilizar más de uno de estos objetos a la vez. La imposibilidad de escuchar más de un disco a la vez. Acto seguido, esta persona tan insensata insistió incansablemente en que sería una buena idea que vendiera algún instrumento, algunos discos. Craso error. Como te imaginarás, después de cierta edad, cuando algún energúmeno e incauto manipulador sin carisma incurre en la imprudencia imperdonable de sugerir que lo que uno ha atesorado durante más de 40 años con grandes esfuerzos es demasiado, hay que mandarlo bien a la mierda, sin tapujos y listo. Y bueno, che. Soy consumista, me gusta coleccionar, es mi pasión… Demasiadas explicaciones. ¡Chito! ¡Qué te metés! 

Hace un tiempo encontré una cita atribuida al semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco. Decía que “es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, así como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos, vasos, destornilladores o brocas que compraste antes de comprar nuevos. Hay cosas en la vida que necesitamos tener en abundancia, aunque solo usemos una pequeña porción.” Me pareció genial porque si cada vez que aparece la palabra “libros” la reemplazáramos por la palabra “discos”, se adaptaría con precisión a mi realidad. ¡Era un fenómeno este tipo! Es la respuesta justa y precisa que hay que darle a los sermoneadores seriales que no dejan de entrometerse en nuestra opípara vida de coleccionistas (de discos).

Por otro lado, el interés por el arte se puede entender como la voluntad de reemplazo de cualquier tipo de práctica religiosa. Para muchos de los coleccionistas, el objeto de culto es justamente la propia colección, la que en el caso de los que coleccionamos discos de música tiene una íntima conexión con varias expresiones artísticas, lo que nos hace ser devotos empedernidos de otros tipos de deidades. Contrariamente a lo que proponen muchas creencias religiosas que basan su dogma en la austeridad y la pobreza, el coleccionismo se basa en la exageración y la abundancia. Resulta interesante ver cómo Denis Diderot en su obra “Jacques le fataliste et son maître” presenta un crítica filosamente filosófica a los preceptos de moderación propuestos por la iglesia católica, los que podrían haber sido atribuidos también a cualquier otro culto existente, claro. ¿Quiénes son estos ñatos para exigirte que no poseas ataduras terrenales a tus objetos de deseo? ¿Quiénes son para exigirte aceptar la carencia de algo que tanto te gusta? ¿Quiénes son para insistir en adoctrinarte para que te contentes con lo que ellos consideran lo estrictamente necesario? Yo quiero más, mucho más. ¿No sé vos? Seguramente unos cuantos de estos tiranos inquisidores, aunque pregonen lo contrario, están siempre deseosos de grandes fastuosidades. Hay que aprender a acorralar a la hipocresía: “supporter l’indigence quand on y est né, c’est ce qu’une multitude d’hommes savent faire; mais passer de l’opulence au plus étroit nécessaire, s’en contenter, y trouver la félicité, c’est ce que je ne comprends pas. Voilà à quoi sert la religion.” Cada uno encuentra su credo. En el mío están permitidas la Codicia, la Envidia, la Idolatría, la Insensatez, la Gula y seguramente algunas más con las que tendrías asegurado algún lugarcito en el mismísimo infierno. Acumular, almacenar, amontonar, apilar, juntar o simplemente coleccionar. Eso es lo que muchos de nosotros hacemos. Y nos gusta hacerlo, a pesar de los sermones de los cautos, de los prudentes, de los medidos, de los aburridos. ¡Aguante la exageración!

¿Por qué me decidí a coleccionar discos? “I loved the noise.” Tal como gritaba Peter Hammill, me gusta el sonido, me gustan los ruidos. Un disco es la mejor manera de almacenar esos ruidos y de poder recurrir a ellos a tu antojo. Además, coleccionar discos es casi como coleccionar figuritas. Conseguir completar la discografía de un artista da la misma satisfacción que conseguir la última figurita con la que llenás el álbum. Quizás sea por las imágenes, las fotos, las portadas, los colores, los elementos de los embalajes. El valor agregado que le da la gráfica a los discos es innegable. Lo tangible, lo físico, lo visual, lo efímero de los materiales. Todo eso es un plus para la música. Muchos álbumes geniales pierden puntos y se perjudica su impacto en el oyente a causa de una portada mal escogida que no ayuda a realzar la promesa de una experiencia artística intangible que se completa gracias a lo que nos muestran las imágenes que envuelven al objeto que materializa dicha experiencia. El elemento visual debe aprovecharse a modo de anticipación, de preparación, para predisponer positivamente al que va a escuchar esa música, para que ese momento se transforme en algo mágico, único e inolvidable.

Cuando algún salame insinúa que tiene una inmensa colección de música en su celular, en una USB en un disco rígido o en su computadora, esbozo una sonrisa. Jamás voy a coleccionar MP3, es una estupidez. ¿Qué sentido tiene ver una lista de los nombres de la música disponible en tu colección en una pantallita? ¿No es más lindo vestir los muros de tu casa con frondosas estanterías repletas de los discos que has atesorado durante años, abarrotadas de artículos – a veces ordenados, otras no tanto, aprovechando hasta el más mínimo espacio para seguir acumulando más discos, con una leve capa de polvo que te obliga a pasar de vez en cuando un trapito mientras vas leyendo los lomos de cada uno de estos objetos que te remiten a vivencias, que te traen recuerdos, rostros de amigos, experiencias, emociones, sinsabores, anécdotas, que de otra manera habrían permanecido en el olvido? Esos objetos, que para algún desamorado sin pasiones son la mera combinación de papel y plástico, trazan y delinean la historia de tu vida mejor que nada en el mundo. Esas estanterías desbordantes representan con exactitud el sueño del pibe. Ningún disco está demás, cada uno cuenta una historia, cada uno representa un momento preciso de tu vida. Desvincularse de alguno de estos instantes en el tiempo significaría perder una parte de vos, decidir dejar de ser vos mismo.  

Para finalizar, tomo una vez más una frase que el punzante Oscar Wilde escribiera en su obra de teatro “Lady Windermere’s Fan,” en la que delinea con astucia el malestar que el coleccionista debe padecer en cada uno de los pasos que da para satisfacer sus ansias por completar una colección que le trae tanto tragos amargos como recompensas. Presenta las dos caras de una misma moneda que pareciera nunca favorecernos por completo con su resultado: “In this world there are two tragedies. One is not getting what one wants, and the other is getting it.” 




sábado, 8 de julio de 2023

CIENTO SESENTA Y SIETE

Hombre mayor, palabras mayores. A este flaco le sobran las palabras para dejarte sin palabras. Primera pista: a ningún artista vi tantas veces tocar en vivo. Segunda pista: es uno de los pocos artistas de los que tengo todos sus discos solistas, de su banda y de sus proyectos paralelos. Tercera pista: es el ruido de la tormenta, es la calma de la desolación. Cuarta pista: no existe otro igual.

Cuando vivía en Montréal, cada semana me dedicaba a tratar de conseguir los discos de un artista diferente. A veces, me dedicaba a descubrir nuevos valores; otras, a buscar la forma de completar la discografía de algún artista que me gustara, del que se me había hecho difícil seguir la carrera discográfica en Buenos Aires. Compraba CDs por todos lados: en cada una de las disquerías de la ciudad, en Gemm, en Discogs, en Amazon, en los sitios de internet de los sellos discográficos o de los mismos artistas y, obviamente, en E-bay. Lo interesante de este último sitio era la posibilidad de participar en una especie de subasta en la que podías llegar a salir favorecido tanto por la rareza del material que consiguieras como por el módico precio de cierre de muchas de las apuestas; además lo hacía atractivo la popularidad que cobró en aquella época la venta en “lote”. Conseguir un “lote” implicaba la posibilidad de alzarse con una gran cantidad de discos de un mismo artista, de un mismo sello, de un mismo estilo o, simplemente, con todos los discos de la colección de algún fulano que nunca conocerías en tu puta vida porque estaba del otro lado del planeta, que había decido desprenderse de su historia o de algo que lo incriminaba.

A pesar de la pasión y de los gustos, uno tiene un límite: la billetera. Ya te conté que durante mi vida de porteño sufrido no tenía un mango, que lo poco que tenía prefería gastarlo en la compra de algún instrumento musical. Si algo me sobraba, compraba algún que otro disquito. En Montréal, fue bastante diferente. A pasar de no cobrar fortunas, como todo era más barato, podía acceder más fácilmente a los instrumentos, podía acceder a muchos más discos, muchos más. Debés estar cansado de escuchar que compré de todo. Quizás pienses que exagero. Quizás pienses que miento. No es grave. Leé y disfrutá. Divertite. No importa lo verdadero. Solo importa lo verosímil, aunque esté sazonado de verso. 

Creer o reventar, en una de mis tantas compras a través de E-bay pude conseguir cerca de veinte CDs de uno de mis artistas favoritos de un plumazo, a un precio irrisorio. Creo que no debo haber gastado ni cien dólares y en un santiamén pude hacerme de una buena parte de la discografía de este británico que ha grabado la mayoría de sus álbumes con la filosofía “do it yourself” mucho antes de que el concepto se inventara, se acuñara. Ha sido más marginal que los punks. Desborda de rebeldía constructiva. Me encanta. Lo considero una influencia mayor para mi música aunque jamás he intentado imitar su estilo musical. Nos emparienta la forma de grabar música, el entorno en el que trabajamos. Él produjo muchos de sus álbumes en el living de su casa, en su propio estudio llamado Sofa Sound, donde aparentemente tenía todos sus instrumentos instalados alrededor de un sofá. Yo grabé todos los álbumes de mis proyectos musicales en mi casa. No exactamente sentado en el sofá, pero la situación siempre ha sido semejante. Lo que me gusta de este tipo es que descubrí que se trata de un visionario más que de un canta-autor de música popular. Muchas de sus propuestas musicales se han anticipado a las modas. Sin embargo, este gigante no parece agrandarse ni vanagloriarse de sus logros. Además, como si fuera poco, es un gentleman.

El respeto incondicional que siento por este artista hace que no me importe que haya publicado algún que otro álbum flojito. Sé que a pesar de que a veces no logre superarse, le pone toda la garra para experimentar entregándose al máximo. Le perdono todo. Mucha gente lo conoce por su paso por la escena del rock progresivo durante los años ’70. Otros, aunque no los suficientes, lo conocen por su carrera solista, por su voz demoledora, por su pasión. Ha firmado sus álbumes como Rikki Nadir. Ha firmado como Rodney Sofa. Ha firmado como Ego. Ha firmado simplemente como K. También ha firmado con su verdadero nombre, claro. Sin embargo, la marca la deja sin tinta ni trazos. La deja cuando su oyente se percata de que el momento que acaba de presenciar fue único e irrepetible. No importa la cantidad de veces que el señor Peter Hammill interprete alguna de sus canciones. Seguramente nos exponga a una gran cantidad de emociones que difícilmente sean las mismas en cada reinterpretación de una misma canción. Lo efímero, en ese momento único, presenta esa sensación especial que acompaña al descubrimiento de algo nuevo, diferente, distinto, atípico, inigualable. No muchos pueden jactarse de esto.

“The aspects of vision are many, and in addition there are reflections, illusions and hallucinations. If some can be shared that makes us less alone. If the dark can be faced, that makes us less afraid. If we accept sight, that makes us more visible. I feel the city caging me like an animal; I am crushed by the weight of the system, but I can still raise a – human – shout against it. I feel the tension of doubt surge in me, the release of eye-on-eye love, the loss of childhood idols and aspirations; I clutch the transitory prizes of knowledge and unspoken faith. I feel the torch in my hand, the spark in my heart, and I must carry both as long as I can. We all have our torches; but lone flame-bearers do not make a procession of humanity. It has been, and remains, my hope that through songs vision can be shared and enhanced. As for me, disappearing like the Cheshire Cat with hardly even my smile intact, I can still look at you only through the camera. There is more urgent vision than that. Listen to yourself.” (PETER HAMMILL, 1978, Vision, Londres, Charisma Label.)

martes, 6 de octubre de 2020

SESENTA Y DOS

Después de haber asistido a un concierto de Peter Hammill en el que tocó solito, con un piano en algunos temas, con una guitarra en otros, en el auditorio del Colegio Misericordia de Belgrano, en 1993, compré “Room Temperature Live”. Excelente punto de partida para recorrer la vasta obra de este coloso. Un año más tarde, se presentó en el mismo auditorio, pero con un grupo 100% rockero. Si con él solo había alcanzado para que terminada despeinado, imaginate lo que fue este show. Algún boludo definía a Divididos como “la aplanadora del rock”. ¡Qué poca calle tenía! ¡Qué poco mundo! Cuando vi a este “monstruo” en escena, supe cuáles eran las condiciones necesarias para definir exactamente a una banda de rock: pasión desgarradora, pasión demoledora, pasión cautivadora, pasión ilimitada... ilimitada pasión. La semana siguiente al show, caminando por la avenida Callao, entré en una pequeña disquería que estaba entre Corrientes y Lavalle – local en el que hoy funciona un maxi-kiosco – y cuando vi “Enter K” y “Patience”, sin dudarlo, los compré. ¡Lo bien que hice! Lamentablemente, en aquella época no contaba con demasiado dinero como para acceder a otros títulos de mi nuevo héroe, sin embargo, años más tarde, mientras vivía en Montréal, pude recuperar el tiempo perdido y completar la colección de sus álbumes. Conseguí todos sus discos solistas y todos los del inmenso Van Der Graaf Generator. Me desquité.

 

jueves, 10 de septiembre de 2020

CINCUENTA Y SIETE

“Songs for Drella” fue uno de los primeros álbumes que compré en CD, en 1990 ó 1991, en un Musimundo chiquito que había en Rivadavia y Acoyte. No tengo mucho para decir de este disco, salvo que nadie debería dejar de escucharlo. A pesar de haberlo reproducido infinidad de veces, creo que la influencia de estas canciones recién se empezó a sentir en mi música a partir de 1994 ó 1995 cuando comencé a trabajar en mi álbum “Ojalá pudiera”. En esa época, después de haber ido a ver en vivo a Peter Hammill en el Auditorio del Colegio Misericordia de Belgrano gracias a la insistencia de Roberto, compré “Room Temperature Live”. Un disco que proponía un sonido despojado, esquelético y aterrador que me hizo recuperar mi interés por aquel álbum de Lou Reed y John Cale. Instrumentos, los justos. Arreglos, los necesarios. Nada de malabares ni demostraciones fanfarronas. Solo lo esencial. Solo el calor de un par de amplificadores para encender la llama de un sinnúmero de emociones. Ambas obras, fundamentales, irremplazables, primordiales. Lo que para vos sirva para calificar aquello que es más que necesario.  

https://mad-ride-records.bandcamp.com/album/ojal-pudiera