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martes, 30 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y CUATRO

Cuando regresás a Buenos Aires, la Reina del Plata, después de haber vivido por más de cinco años en lo que se denomina “el primer mundo”, inevitablemente, se te escapa un lagrimón. No por la nostalgia tanguera de haber vuelto a la cuna de la melancolía sino por darte cuenta de cuán lejos estás de algunas pequeñas cosas que hacen a tu felicidad cotidiana, de cuán apartado vas a quedar de un circuito que te interesaría seguir recorriendo, de cuán difícil va a ser seguir indagando sobre nuevas expresiones musicales, que te gustaría sumar a tu colección de discos, desde el mismísimo culo del mundo.

Cuando regresé de forma definitiva a Buenos Aires, el lugar del planeta tierra que me vio nacer, no puedo asegurar que haya caído en un pozo depresivo pero sí puedo afirmar que en muchos aspectos de mi vida fue como barajar y dar de nuevo. Ya tenía casi 40 pirulos, por lo que encontrar que mi ciudad ya no era la misma, que yo ya no era el mismo, fue un trago amargo cargado de desazón y disgusto. Por momentos era como si deambulara a ciegas a pesar de que todavía conservaba perfectamente en la memoria nombres de calles y medios de transporte para moverme a gusto y piacere por donde me diera la gana, sin ningún tipo de límite.

La primera dificultad a la que tuve que hacerle frente fue al hecho indiscutible de que el argentino promedio es un tipo altamente conservador y que, a pesar de que lo intente, jamás logrará salir de su circulo vicioso, que le da cierta seguridad y contención. Il faut s´en sortir, merde ! En la búsqueda de lugares para seguir comprando algún que otro disquito empecé por visitar un lugar emblemático que por suerte quedaba a escasas quince cuadras de mi departamento. Hablo del “Parque”. Lugar de encuentro al aire libre para fanáticos enfermitos y fundamentalistas del coleccionismo de discos en el que desafortunadamente lo que más encontré fue mucho olor a naftalina, mucho y penetrante olor a viejo. Lo que no hizo más que perturbarme. Apenas regresé de Montréal, al comenzar a ordenar los CDs que había dejado almacenados en cajas en la casa de mi mamá, los CDs que había ido trayendo en mis escapadas intermedias para no dejar cosas para último momento por temor a no poder traer todo junto y los CDs que traje en mi viaje definitivo, salieron a la luz algunos disquitos que había comprado más de una vez por haber encontrado versiones más interesantes, sea por diferencias en la cantidad de temas, sea por diferencias en el tipo de empaque, sea por diferencias en el país de procedencia, sea por diferencias en el estado de conservación. Así fue como preparé una cajita con algunos discos dispuesto a venderlos o a canjearlos por algo que me interesara, un domingo, en la feria del Parque Centenario, en el barrio de Caballito, en esa zona que limita con los barrios de Almagro y Villa Crespo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que se ha convertido en la meca del trueque y de la compra-venta de cualquier tipo de artículo de segundamano, sea cual sea su estado de mantenimiento y preservación. Vendí algunos CDs. Tindersticks, Magazine, Sisters of Mercy… Me los sacaron de las manos porque parece que acá en el “lejano sur” casi no se veían esos títulos. Aunque no fueran ninguna novedad, para los allí presentes lo que yo ofrecía era como un poco de aire fresco, como una transfusión de sangre nueva. A decir verdad, esta realidad me resultó un tanto deprimente. Había penuria y se notaba, grave. Volviendo a mis transacciones, a pesar de haber logrado hacerme de unos mangos, los que en esos primeros meses de expatriado-reinstalado no me venían nada mal porque todavía estaba buscando reinsertarme laboralmente, lo más interesante de todo el periplo dominguero, fue un canje. Caminando entre los puestitos que le daban cierta legitimidad a un espacio que históricamente había combinado informalidad e ilegalidad para que los melómanos accedieran a ciertos discos que no circulaban de otra manera ni por las disquerías visibles con locales a la calle, ni por las disquerías escondidas en galerías de mala muerte – las que vulgarmente eran conocidas como las “cuevas” – logré cambiar mano a mano uno de Van der Graaf Generator por “THRaKaTTaK” de King Crimson que venía en una hermosa edición digipack con poster, que hoy debe ser inconseguible. Una perla.

La segunda dificultad fue lograr abastecerme de algunos álbumes de los que había escuchado hablar allá en América del Norte, antes de subirme al avión. Sabía que habían salido a la venta en Europa o que saldrían a la venta prontamente en las Américas y no estaba dispuesto a dejarlos pasar. A pesar de los malos augurios, el primero de mi listita no fue tan complicado de encontrar. Paseando por el centro, en la esquina de las avenidas Corrientes y Callao, no pasa desapercibido un enorme comercio dedicado a la venta de libros y discos que conozco desde mi adolescencia, mientras cursaba la escuela secundaria. Según mis recuerdos, esta tienda siempre estuvo allí, aunque su interior ha ido sufriendo modificaciones de diseño, de organización, y ha ido mutando de acuerdo a la mercadería que ofrece en sus anaqueles. Quizás ya hayas adivinado que el local en cuestión no es otro que el mítico Zival’s, bastión del tango y del jazz. Un día en el que pasé por esa esquina, decidí entrar, aunque sin demasiadas expectativas. Para mi sorpresa, me enteré de que ellos se encargaban de la distribución del tan codiciado sello alemán ECM Records. Sello del que yo esperaba conseguir el primer álbum solista de un trompetista noruego exintegrante de un grupo que había tenido la oportunidad de ver en el Festival International de Jazz de Montréal y, como si fuera poco, les había comprado todos y cada uno de sus discos – salvo el primero, que nunca fue republicado masivamente y que se consigue sólo en el mercado de los usados en su primera y única versión de un ignoto sello noruego que venden a una pequeña fortuna pero, como te imaginarás, nunca tomé la decisión de afrontar semejante gasto. Insisto. Vaya sorpresa. En un primer momento, vi una gran cantidad de discos de ECM en las bateas. En un segundo momento, vi exactamente el disco que estaba buscando, el disco que me estaba cuestionando cómo conseguir, “The Door” de Mathias Eick. Quedé petrificado, absorto. Evidentemente, lo compré sin vacilar. Esto resultó un hallazgo doble porque me abrió las puertas para visitar tiendas de discos que conocía pero que no solía frecuentar antes de dejar Buenos Aires rumbo al norte esperanzador. Resignifiqué la experiencia como una puerta de escape al trago amargo del Parque Centenario que no dejaba de hacerme cuestionar tanto mi cordura como mi interés por continuar con una actividad que me gustaba aunque no bajo las condiciones que me ofrecían los espacios que otrora había frecuentado. Creo que de no haber comprendido que podía buscar discos de otra manera, en otros ámbitos, creo que si seguir coleccionando hubiera dependido exclusivamente de lo que hubiera podido encontrar en el Parque Centenario o en las “cuevas”, no habría soportado sostener mi interés por coleccionar discos de música. El “Parque” me deprimía, me deprimió y continúa deprimiéndome. Las “cuevas” me producen un efecto similar. Sea por la clientela, sea por los propietarios. Encontrar personajes que traen un disco desde su casa en una bolsita de panadería para mostrártelo porque saben que querés comprarlo, te lo refriegan por las narices y cuando les preguntás por el precio te responden sarcásticamente con un simple “no lo vendo”, me resulta patético. Encontrar acumuladores seriales de discos de música y de películas que no tienen ni idea de lo que guardan en su casa, me resulta enfermizo. Encontrar tipos que te piden rebaja argumentando que son revendedores en un conocido comercio céntrico, me resulta de lo más bajo y vil. Encontrar calculadores experimentados que pretenden hacerse pasar por amigotes asegurando que te hacen un precio diferenciado mientras que es seguro que te van a cobrar más que a cualquiera, me resulta decadente. Encontrar personajes que piensan que su tienda de discos es el mejor referente del rubro que existe en mi Buenos Aires querido, me resulta ególatra y desatinado, más bien loser. Hoy en día, sólo voy al “Parque” para casos puntuales, cuando tengo que encontrarme con alguien, para comprar o vender algo y permanezco en el lugar lo estrictamente necesario. A las “cuevas”, trato de evitarlas.

Para la tercera dificultad encontré la solución sin mucho trámite. El único sufrimiento del asunto me lo produjo la visita al dentista – seres especializados en un gran abanico de torturas al ser humano – gracias a la que conocí un local de la Galería Los Andes, en la avenida Cabildo, en el barrio porteño de Belgrano. De pasada, miré la vidriera. Vi cositas interesantes. Me llamó la atención el nombre: Parklife. De regreso de mi sesión con el verdugo, entré y le pregunté abiertamente al flaco de la disquería si la tienda tenía algo que ver con El Oasis, una disquería que había frecuentado en esa misma galería en mis épocas de docente en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo, en la Univesidad de Buenos Aires, allá en Ciudad Universitaria, antes de mi exilio. Me miró raro, cruzado. Seguramente por una antigua rivalidad entre los fans de dos bandas inglesas que nunca comprendí. Ni a las bandas, ni a esa enemistad de tinte futbolero en un mundo, quizás, un tanto más culto. Como a todo vendedor que se precie, le duró poco la jeta: le pregunté por el precio de un disco que exhibía en la vitrina y sin dudarlo se lo compré. Se trataba de un álbum recientemente publicado bajo el título de “Car Alarm” de unos muchachos de Chicago, íntimamente relacionados con Tortoise – uno de mis grupos predilectos, que se hacen llamar The Sea and Cake, título que ansiaba conseguir para continuar engrosando mi colección de post-rock.

El cuarto, fue más un obstáculo que una dificultad. Tuve que franquear algo parecido a un prejuicio. Con los años había ido engrosando poco a poco mi colección de discos de jazz. Sin embargo, muy raras fueron las veces en las que tomé la decisión de comprar títulos de aquellos considerados clásicos. Fue al regresar de Montréal que me dejé tentar por unos cuántos títulos del famoso sello Blue Note que encontré en la librería Ghandi, también sobre la avenida Corrientes, aunque en aquel momento ubicada en un local más cercano a la esquina de la avenida Callao. Tenían un montón de títulos y compré una buena cantidad de ellos, todos de un plumazo. “Out to Lunch!” de Eric Dolphy, “Empyrean Isles” y “Maiden Voyage” de Herbie Hancock, “The Real McCoy” - de McCoy Tyner, “Hub-Tones” de Freddie Hubbard, “Symphony for Improvisers” de Don Cherry. Tenía que recuperar el tiempo perdido. No era cuestión de seguir privándome de la magia de estas grabaciones por pensar que todos los álbumes de jazz sonaban igual y que con escuchar unos poquitos era suficiente. Hoy que llevo acumulados centenares de discos de jazz creo que se trata de un género que por su filosofía debería permitir expandir la paleta de sonidos al infinito; aunque estoy seguro de que lamentablemente muchos de los cultores del género puro no logran tener ni la valentía ni la apertura mental suficientes como para permitirse desplegar este lenguaje musical al máximo de sus posibilidades, como para animarse a ir un poquito más allá de las convenciones. Finalmente no sólo se trata de decidirse, de atreverse, sino también de tener con qué hacerlo. Plin, caja. 

jueves, 12 de junio de 2025

CIENTO SETENTA Y NUEVE

Nunca me gustaron los géneros musicales puros. Cruce. Fusión. Mezcla. Crossover, para los minuciosos. Post-lo-que-sea, para los reiterativos, para los insistentes.

El prefijo “pos”, según el diccionario de la RAE, es la forma simplificada del prefijo de origen latino “post-”, que significa “detrás de” o “después de”; lo que implica claramente posterioridad en el tiempo o en el espacio. Algo que llegó tarde, algo a lo que se le escapó el tren, para los negativos. 

Aunque digan que las segundas partes no son tan buenas como sus predecesoras, habría que dejar muy en claro que prácticamente ninguno de nosotros ha sido expuesto a la versión original, a lo que le dio origen al asunto, que aquello a lo que algunos llaman “el principio de todo” no deja de ser otra de las tantas copias baratas, otra de las tantas ideas de segundamano que andan dando vueltas por ahí. Los que parece que supieran apodan “intertextualidades” al refrito de ideas ajenas sin cuestionar demasiado el grado de plagio que se puede permitir para reconocer la originalidad de una obra. De esta manera, nos queda más que claro que todo lo que se conoce proviene de alguna expresión previa, de algo anterior, de algo que lo hizo germinar. De algo afanado, para los incrédulos. A rigor de verdad – dejémonos de joder – todo debería llevar el prefijo “pos” ya que en una época plagada, infestada de ideas, pensar que alguien pudiera proponer una idea o un concepto completamente nuevos sería un anacronismo o una mera casualidad. Sería de puro culo, para los escépticos.

Sin embargo, no hay que bajonearse. No hace falta que una idea sea completamente nueva para que sea interesante. Pasa lo mismo con las comidas. A pesar de que los ingredientes suelen ser siempre los mismos: alguna que otra carne, alguna que otra verdura, alguna que otra fruta, alguna que otra harina, alguna que otra especia; muchas veces nos sorprende algún manjar sin precedentes gracias a la combinación personal con las cantidades exactas de cada una de las materias primas. 

¿Qué son los colores primarios? Son los tres ó cuatro colores – dependiendo si se trata de los colores luz o de los colores pigmento – a partir de los cuales se pueden obtener todos los demás colores de la escala cromática, según la proporción de cada uno que se agregue a la mezcla. Menos es más, para los fundamentalistas.

Con la literatura pasa algo parecido. Los temas recurrentes son unos pocos: el amor, la muerte, la guerra, la moral, la religión, las relaciones sociales y algún otro que de alguna manera se relaciona con los anteriores. ¿Por qué sería diferente con la música? Hay que aceptar que los elementos que se pueden utilizar son una cantidad limitada de notas, una cantidad limitada de figuras rítmicas, una cantidad limitada de instrumentos, una cantidad limitada de efectos tanto analógicos como digitales y el tan menospreciado silencio. El secreto está en el maridaje de los elementos, para los presumidos, para los pretenciosos, para los petulantes, para los presuntuosos, para los arrogantes, para los engreídos, para los sofisticados… 

Cuando comencé a escuchar música con interés, lo que me sedujo primero fue “post-punk”. Seguramente por la actitud de insubordinación de los grupos del género, por la marcada voluntad de quiebre de aquellos muchachitos descarriados, por la estética ensoñadora de las portadas de los álbumes, por el look que nunca adopté porque aborrecía la idea de que me vincularan con alguna tribu, por los sonidos que marcaban y definían la época, los que finalmente eran lo único relevante cuando me sentaba a escuchar música. Arriba las melodías, para los melómanos.

Más tarde, en un momento de hastío musical, luego de haber cuestionado a unos cuantos géneros y estilos, comencé a fanatizarme con el “post-rock”. Me cautivó la permeabilidad de los que se ponían esa camiseta. En muchos casos ofrecían interpretaciones diferentes de las posibilidades del género. Eso me descolocaba. Ya te conté que mi primer contacto con este mundillo fue gracias a Tortoise – inmenso grupo yanqui sin igual que me introdujo de prepo en las bondades de la música instrumental. Una banda de las más grossas, para los fanáticos empedernidos. Tuve la suerte de conocerlos hace veintipico de años. No me canso de agradecer a los muchachos de Tower Records de Buenos Aires por haber importado toda su discografía. No me canso de agradecer la existencia de este grupo que me fascina. No me canso de escuchar una y otra vez sus discos. Sin embargo, al ser un tipo inquieto, no pude quedarme sólo con mi primer amor y profundicé, con distintas suertes, claro. Demasiado arriesgado, para los conservadores. Demasiado gasto en disquitos, para los amarretes.

En un principio, pensaba que los exponentes de este género musical provenían sobre todo de América del Norte, o de Chicago o de Montréal. Cunas del género, para los estrechos. Al poco tiempo, supe que, en realidad, los pioneros provenían del Reino Unido. Aparentemente un tal Simon Reynolds habría inventado el término “post-rock” al escribir una reseña sobre el disco “Hex” del grupo Bark Psychosis en la revista The Wire en 1994. Las texturas de sonido, sus timbres distintivos que se alejaban de los de un grupo de rock, su costado oscuro, su tono siniestro, su espacialidad épica, los arreglos de ensueño que encaminaban al oyente hacia una delicada melancolía… Todo esto le hizo inventar una forma de definirlo, de encasillarlo para tratar de entenderlo. Poner en evidencia la fórmula, para los pragmático-racionalistas.

Lo que a mí me gusta de este género es la variedad, el vale todo. Lo que en un primer momento de descubrimiento viví como algo imprevisible. Podés esperar lo que sea, pensé. Instrumentos acústicos, instrumentos eléctricos, instrumentos electrónicos. Toneladas de efectos, ningún efecto. Música instrumental, canciones no convencionales. Un abanico de influencias: rock, jazz, electrónica, música contemporánea, música concreta, entre otras. Cada grupo construye su propia visión del asunto. Cada grupo crea su propia versión del género que los aglutina, para los desprejuiciados. 

Evidentemente, rascando un poco, al tratar de descubrir de dónde provenían las ideas de los muchachos de Bark Psychosis, no demoré mucho en descubrir “Spirit of Eden” y “Laughing Stock” de Talk Talk además del disco solista de su cantante Mark Hollis, como influencias irrefutables para los completistas. También los compré, claro. También me gustaron, claro. Sin embargo, sigo buscando y buscando más y más ideas, más y más sonoridades, más y más músicas. Aunque los sonidos provengan de fuentes viejas y conocidas, conservo la esperanza de que algo logrará sorprenderme, de que algo me llevará a ilusionarme con otras músicas aunque estén sostenidas por los viejos pilares de una tradición sonora, de una tradición sónica de la que ninguno de nosotros puede escapar. Para los fatalistas, claro.

domingo, 6 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y CUATRO

La disquería desapareció, se esfumó sin dejar rastros. No recuerdo su nombre, aunque creo que nunca lo supe. Recuerdo su ubicación, sobre la rue Mont-Royal est, la esquina de una cortada sobre la que encadenaba mi bicicleta cuando iba de gira por las tiendas del Plateau. Recuerdo sus grandes dimensiones, un sinfín de bateas que llegaban hasta el fondo del local. Recuerdo la enorme cantidad de música de mi agrado que encontré en ese inmenso paraíso. Recuerdo que allí compré “À poil commercial” de Arno, el disco que inauguró mi colección en Montréal. Pero por sobre todas las cosas, recuerdo a Geneviève, la chica que atendía aquella magnífica tienda de discos que, con su seductora sonrisa y sus encantos inalcanzables, lograba hipnotizar a la clientela con cada uno de sus atributos, tanto con los intangibles como con los tangibles; señorita que, a pesar del clima gélido del invierno boreal, lograba hacer latir corazones y hacer borbotear hasta las sangres más espesas, lograba hacer entrar en calor y hacer sudar sin cesar hasta a un muerto. Te lo juro… Vamos a lo nuestro porque me empieza a temblar el pulso y me da taquicardia.

Discos, hay muchos. Mi viejo, él diría que hay demasiados. Me gusta coleccionarlos, apilarlos, acumularlos, tenerlos, escucharlos. Sin embargo, estoy convencido de que no vale la pena perder el tiempo escuchando cualquier cosa, estoy convencido de que no vale la pena malgastar tu dinero en todos los discos que se te crucen por ahí. Hay que ser selectivo. A veces la selección se produce de manera consciente, reflexionada, a veces juegan otros factores. El azar, el contexto, las recomendaciones, las charlas de café, el momento espacio-temporal, los vientos, las mareas, los eclipses lunares o solares, las lecturas, los comentarios, las críticas, los chismes, los caprichos, los ardides publicitarios, los posters, las fotos de prensa, algún video, alguna canción que escuchás de rebote, algún recital que te despierta cierto interés, el arte de tapa, la idea de agrandar tu colección, el precio... Claro, el precio es un argumento de compra fundamental. Aunque el disco sea malo, habiéndolo pagado poco, la pena o la desilusión disminuyen. El dilema se desata cuando nos damos cuenta de que la música que tanto anhelábamos escuchar no justifica los grandes esfuerzos que atribuimos a la gesta desplegada para conseguir el disco en cuestión. Sea por el tiempo dedicado a su búsqueda como por la gran suma de dinero invertida en un objeto que, conforme pasan los segundos, nos demuestra lo superfluo del consumo de energía dedicado para conseguirlo y nos confirma que hemos mal gastado parte de nuestros ahorros por ese pedazo de plástico casi sin valor. Muchos hemos tenido esta clase de derrotas. Muchos hemos tenido que lidiar con este tipo de frustración. No obstante, no hay que dejarse vencer por un mal trago. Un tropezón no es caída… Siempre hay luz al final del camino… Boludeces que se dicen en busca de consuelo, claro. Lo único cierto es que cuando uno busca, encuentra. Eso me pasa constantemente. 

Vuelvo con mi estimada Genieviève. Aunque creo que esa piba era una empleadita más, su presencia hizo desaparecer a todos y cada uno del resto de los que laburaban en esa disquería, los invisibilizó. De la misma manera en la que no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el nombre del local, no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el resto de sus empleados. En esa disquería estaban Geneviève y los discos. ¡Y qué discos! Ejem… Lo concreto es que un día, mientras miraba discos, una tapa negra con una flor muy sugerente me cautivó. La contratapa seguía la misma estética: otra hermosa flor sobre fondo negro, ninguna información. Misterio total. ¿Qué será esto?, seguramente pensé. El lomo siempre te saca las papas del fuego, algo decía. Sin embargo, lamentablemente, esa información, en una época en la que no era habitual usar celular, mucho menos tener acceso a internet en cualquier momento y en cualquier lugar, tampoco fue de mucha utilidad. Dijera lo que dijera, no aclaraba nada. Se trataba solamente de dos palabras blancas sobre fondo negro: FRIDGE y HAPPINESS. Así como las vez, en mayúsculas. Razón por la cual, lo que me terminó de convencer para soltar el billete, fue el precio. Magro. Chistoso. Casi regalado. Me fui con la duda, es cierto. Pero como ya he dicho con anterioridad, después de tantos años comprando disquitos con distintas suertes, uno se curte y desarrolla ciertas habilidades extrasensoriales, casi adivinatorias, que brotan de andá a saber dónde en el momento preciso en el que uno se enfrenta con la temida encrucijada: ¿compro o no compro?  

Ya con el disco en mis manos, investigué un poco en Discogs.com y me di cuenta de que uno de los tres muchachos de este ignoto grupo británico era el cerebrito detrás de Four Tet. Recordé que lo había visto en dos oportunidades como telonero de Tortoise. Un vez en el Club Soda, sobre el boulevard Saint-Laurent, solito con un par de laptops y algunas herramientas de perillaje. La otra, en Metropolis, sobre la rue Sainte-Catherine est, con el baterista Steve Reid, el que parece que tenía un curriculum bastante abultado en el mundillo del jazz americano. Tengo que admitir que la propuesta del segundo show me gustó más, aunque no me movilizó los suficiente como para buscar los discos de este muchachito. La primera vez que escuché un par de temas suyos grabados en estudio fue gracias al compilado “Exclaim! 12th Anniversary Cross-Canada Concert Series!” que regalaban con la revista Exclaim!, obvio. En ese momento, me pareció que ese tipo concretaba las ideas de esa música electrónica sin par con maestría, sin embargo, en los recitales había sentido que divagaba bastante y que no concretaba, que no lograba emocionar. Si hubiera sido por el show, no le habría comprado ni medio disco. El módico precio y la mística de la imagen de la tapa del disco de Fridge me condujeron directamente a la caja para enfrentarme una vez más con Geneviève, deslizarle un par de las monedas de los osos polares y robarle una sonrisita. Hoy compro, sin dudarlo, cada uno de los discos que encuentro de este pibe porque me terminó de convencer de que es buenísimo. No va a faltar el picarón que me acuse de querer revivir constantemente el instante de aquella sonrisita. ;-)


NB: Las grandes cantidades de artistas de los que conseguí discos en este glorioso e ignoto antro es larga: Arno, Arthur H, Bashung, Steven Brown, Califone, Chicago Underground Duo, Cocteau Twins, The Church, The Divine Comedy, Felt, Foetus, Gavin Friday, Fridge, King Crimson, Laika, Lydia Lunch, Nils Petter Molvær, Papa M, Phelan Sheppard, Ten Seconds, La Tordue, Tuxedomoon, Wisdom of Harry… Se las extraña…


jueves, 9 de mayo de 2024

CIENTO SETENTA Y UNO

Búsqueda incansable, búsqueda inagotable, búsqueda interminable, búsqueda sin fin, búsqueda eterna. 

Es difícil saber a partir de qué punta o de qué ovillo se empiezan a desmadejar los entramados del mundillo de la música. ¿Cuál será la pista que nos permitirá encontrar un disco más para la colección? En la telaraña de relaciones que se entretejen entre grupos, entre artistas, entre productores, entre sellos discográficos, entre cuanto boludo alegre que se calce algún instrumental hombro, ya sea por similitudes estéticas, amistades, casualidades o, simplemente, por lugar de residencia, si uno se deja llevar, llega, casi siempre de pedo, a conocer propuestas interesantes, cautivantes, sugerentes, o al menos, entretenidas. Muchas veces resulta graciosa la forma en que se descubren ciertas cosas, después de haber dado mil y una vueltas, después de haber sentido que ya no hay lugar para nada nuevo, después de haber pensado en abandonar la búsqueda. Sin embargo, azar, persistencia, constancia y un poco de olfato se conjugan para dirigir al ojo entrenado durante esas eternas búsquedas hacia algún disquito que para cualquier otro pobre mortal pasaría inadvertido en el montón. Si bien es cierto que uno nunca busca al tuntún y algo le permite asumir el riesgo de comprar sin referencias previas algún álbum desconocido de algún grupo aún más desconocido todavía. Arrojo, valentía, coraje, osadía, audacia, dan el empujoncito final para pelar la billetera. Para el común de los mortales se trata simplemente de locura o de estupidez. Pobre gente, de lo que se pierden. Prosigamos… En un principio, todo entra por la vista. Ya lo he dicho antes. Entonces, una portada con una gráfica que llame la atención de alguna manera, que estimule el sentido de la vista y, a veces, el del tacto, es un buen comienzo. Luego, cualquier tipo de corazonada se confirmará al abrir el empaque para echarle un vistazo a los créditos. Si entre los nombres que se presentan aparece alguno conocido de antemano, bingo, sonrisa de oreja a oreja, otro disco que ha encontrado a su dueño definitivo. 

Lo más importante para cualquier sonívoro es estar bien al pedo y tener mucho tiempo disponible para malgastar deambulando sin rumbo fijo por distintas disquerías, tiendas de discos, puestos o sucuchos infectos, para revolver cuanta batea se le presente prestando atención hasta al disco menos apetecible, al menos deseado, al más ignorado, al más oculto del cajón. Después, si tiene la billetera cargada o crédito en la tarjeta, mejor. Aunque no es una condición sine qua non porque generalmente estas gemas secretas se pueden encontrar en los tachos de ofertas en los que se tiran discos para olvidarlos, para dejarlos que circulen a la buena de Dios, para que algún desgraciado se anime a escucharlos. En definitiva, porque no encontraron su lugar en ninguna batea de ningún género. Paso previo al cesto de reciclado de papel o de plástico, claro. Todas estas condiciones se cumplían cuando vivía en Montréal: estaba al pedo, había muchas disquerías para visitar incansablemente porque el flujo de material disponible era inagotable y, por si fuera poco, disponía de suficiente contante y sonante como para darme ciertos gustitos, para darme el lujo de comprar algún que otro disco de algún que otro artista ignoto sin haberme enterado previamente sobre su existencia. 

Cheap Thrills, sucio y encantador antro maloliente de mala muerte que solía visitar bastante a menudo, era uno de mis proveedores habituales de música rara. Allí pasaba el rato, tanto las tardes de niebla espesa como las tardes de sol rajante, mientras los niveles de oxígeno continuaran siendo aceptables y el aire respirable. Cuando los hedores pestilentes de la alfombra vieja, grasienta, hecha jirones; de la madera húmeda, añeja, en descomposición; del papel apolillado, amarillento, rancio; y de la mugre acumulada, olvidada, abandonada en los rincones desde tiempos inmemoriales, se hacían sentir y era necesario salir a respirar aire fresco con cierta urgencia, me iba raudamente y sin despedirme. A pesar de que estas condiciones de sanidad me obligaban a permanecer atento para no flaquear y desfallecer con riesgo de perder el conocimiento mientras revolvía las bateas, lograba manotear en cada una de mis visitas a este divino tugurio material jugoso y poco frecuente. 

Así fue como di con el primer álbum de los Eternals, sin haberlo buscado, sin haberlo deseado, sin haber sabido de su existencia de antemano. Al manotearlo me enteré de su relativa relación con los muchachos de Tortoise. Palabras mayores para la música instrumental. 

Como todo tiene que ver con todo y los vínculos se establecen de maneras aleatorias e imprevisibles, al continuar hurgando entre la discografía de estos muchachos de Chicago, me topé con un álbum split en el que los yanquis compartían cartel con unos brazucas todavía menos conocidos que ellos. Mi prejuicio me hizo dudar y casi no lo compro. Cuando me dicen Brasil, pienso en minas en pelotas moviendo sus culos sudados – algunos dignos, otros no tanto. Pienso en joda eterna. Pienso en samba y tengo pesadillas. Pienso en algún que otro traba gordo, fofo y espantoso que aparece revoloteando entre esos carruajes decadentes, sobrecargados de lentejuelas y telas brillantes, que no hacen más que rebajar a la dignidad humana a su mínima expresión. Honestamente, no consumo música bailable, te habrás dado cuenta. Me irrita que la gente piense que la música debe rebajarse a acompañar a cualquier tipo de danza o expresión corporal en lugar de ser la auténtica protagonista del evento. 

Finalmente, me equivoqué. El grupito brasileño, llamado Hurtmold, me sorprendió para bien y terminé rastreando sus discos en varios países y en varios continentes. El primero que compré lo conseguí en Estados Unidos, el famoso split. El segundo, en Toronto, Canada. Otros, en Tokyo, Japón, porque uno de los integrantes tiene ascendencia japonesa y sus contactos los habilitaron para que varios de sus álbumes fueran publicados en el país del sol naciente. Los últimos que compré, los encargué directamente a su sello de São Paulo, en Brasil, un país que no tiene mucho más para ofrecerme. Sólo alguna que otra minita apetitosa, alguna que otra playa más o menos linda, algún que otro chocolate gustoso o alguna que otra fruta refrescante. Nada que no logre superarse.



sábado, 26 de marzo de 2022

CIENTO CUARENTA Y CINCO

En la disquería Atom Heart, en Montréal, las cosas podrían haber sucedido de la siguiente manera, la charla podría haber tomado estos giros, entre uno de los propietarios de la tienda y yo – un cliente recurrente que piensa que después de tantos años podríamos empezar a considerarnos amigos, mientras sonaba algún disco que me pasaba inadvertido y divagábamos sobre álbumes, grupos, estilos musicales, géneros musicales. Sobre música. ¿Qué más?

– ¡Qué bueno que Tortoise haya grabado un álbum nuevo! – dije con una sonrisa en la cara mientras se me licuaba la cera de los oídos preparando mi sistema auditivo para la experiencia enriquecedora de escuchar el nuevo álbum de uno de mis grupos favoritos.

– ¡Claro que sí! ¡Son geniales! – asintió Raymond.

– ¿Ya se sabe el título que va a tener? – pregunté con ansias.

– “It’s all Around you” – respondió Raymond con seguridad, aunque con su inconfundible acento francocanadiense.

– Siempre me pregunto cómo se les ocurren los títulos a la gente que hace música instrumental. ¿En dónde encuentran la inspiración? – filosofé.

– A mí no me queda claro si inventan el título y a partir de ahí se les disparan ideas para escribir la música o si escriben y graban la música, y luego se tiran sobre un sofá a escuchar los temas para decidir los títulos según lo que les sugiera el producto terminado – agregó Raymond filosofando aún más.

– Lástima que estos tipos no graben discos más frecuentemente. Les debe llevar mucho laburo... – me lamenté.

– Claro... Debe ser un proceso largo, pero ellos tienen otras actividades que los mantienen ocupados. Chicago tiene una escena en ebullición – aseguró Raymond con conocimiento de causa ya que Canadá recibe la inmensa mayoría de las propuestas musicales que surgen en yankilandia.

– ¿Qué hacen? – pregunté ingenuamente.

– Producen... tocan y graban música con un montonazo de grupos... – plantó la semillita mi amigo por la música.

– ¡Noooo! ¿En serio? No tenía idea... – dije como novato sorprendido.

– Cada uno de los miembros participa de varios proyectos, algunos con mayores semejanzas a Tortoise, otros bastante alejados, formal y estéticamente. Las ramificaciones son diversas. Los resultados, también – dijo Raymond pelando sus dotes de crítico musical y genealogista erudito.

– Nunca escuché nada de esos proyectos paralelos... no tenía ni idea de su existencia – me excusé de mi ignorancia abriendo los ojos a más no poder, respirando profundamente y agachando la cabeza para asumir que sabía muy poco de este género musical que circulaba sin obstáculos por la ciudad que me albergaba desde hacía poco menos de un año. 

– Si no querés alejarte demasiado del sonido de Tortoise, te conviene empezar por Isotope 217, donde participan John Herndon en la batería y Jeff Parker en la guitarra, con el trompetista Rob Mazurek. ¡Un caño! – me recomendó mi querido Raymond. 

– Tomo nota… La trompeta es mi instrumento de viento preferido. Me imagino ciertos tintes de jazz… ¡Ya tengo ganas de escucharlos! – al comenzar a descubrir nombres de nuevos artistas que merecían ser escuchados, me animaba cada vez más y encontraba una nueva razón para decir que me gusta la música.  

– Con éstos, tenés para entretenerte. Además, ese trompetista es incansable. Es el motor de infinidad de proyectos muy interesantes. Anotá: Chicago Underground en sus diferentes variantes – duo, trio, quartet, orchestra – Tigersmilk. Además de sus discos solistas y de muchísimas colaboraciones que no podés dejar de escuchar – continuaba Raymond con sus conocimientos de enciclopedista musical.

– Tengo para un rato... Son bastantes discos para escuchar – constaté.

– Mirá que acá no termina la lista. No guardes la libretita. – por suerte, Raymond me pinchó el globo y la sonrisa se me hizo aún más evidente.

– Dale, dale. – insistí para que no perdiera el hilo y que no se olvidara de ninguno de los artistas que se relacionaban con esta movida. 

– Enteramente instrumental, también tenés a Brokeback del bajista Douglas McCombs, que no se aleja demasiado del sonido de Tortoise aunque con una propuesta más austera, espaciosa, quizás ambient. El flaco también participa en el combo de improvisación Boxhead Ensemble con el que musicalizan películas viejas en sus conciertos. Nunca los vi en vivo, pero asumo que debe ser una experiencia interesante. También ha grabado con Pullman, The For Carnation y Toe, todos diferentes aunque el sonido de Chicago no logren sacárselo de encima. Son de ahí, no se les puede pedir otra cosa. Obviamente, son todos muy disfrutables – aseguró Raymond con su cara cómplice de coleccionista de discos.

– Buenísimo... ¡Ojalá me dé el tiempo para escuchar todo! – dije con cierta preocupación.

– Ahora que pienso, también están los proyectos de David Pajo, guitarrista de Tortoise en la primera época. Tiene algunos discos de canciones de variado interés pero los que firma como Aerial M y Papa M son instrumentales y bastante buenos. El flaco tiene currículum. Venía del archifamoso grupo Slint que dicen que solo con un par de álbumes en su haber reinventó el hardcore y allanó el camino para la creación del post-rock – agregó Raymond mientras yo trataba de escucharlo atentamente, aunque sin caer del asombro al descubrir que tanta cantidad de grupos me resultaban ajenos y desconocidos.

– Parece interesante, aunque el hardcore nunca fue santo de mi devoción… si encuentro sus discos a buen precio, los compro – rendido ante las evidencias, no podía hacer otra cosa que continuar anotando todos los nombres que mi amigo el disquero mencionaba.

– Si querés algún otro proyecto instrumental, no podés dejar pasar a Directions, en el que participó Bundy K. Brown. Otro miembro de la primera formación de Tortoise. También tenés a HiM, del baterista Doug Scharin – agregó Raymond con cierta reticencia. 

– Tengo una duda: no sé si cada vez me gusta menos escuchar las pelotudeces que dicen en sus letras algunos cantantes o si cada vez disfruto más el sonido abstracto de la música instrumental. Res non verba. Quizás empecé a perder la fe en las palabras, como dijera alguna vez Peter Hammill. Siento que solo unos pocos cantantes me ofrecen al menos una frase que me abofetea y me despierta, que me mantiene atento a lo que van a decir después. Otros, me dejan indiferente desde su primera sílaba – confesé casi con vergüenza.

– No te preocupes. A mí me pasa algo parecido. A las palabras se las lleva el viento, dicen algunos. Lamentablemente no todos los que toman una pluma tienen algo interesante para escribir, para comunicar. Para colmo, más de uno canta para el ojete, sin onda, sin carisma, sin convicción, sin sangre... – afirmó con cierta bronca Raymond, quien hasta ese momento me había parecido tan gentil.

– Así es... – asentí afianzando nuestra complicidad.

– En esta movida, la mayoría de las propuestas son instrumentales, pero tenés algunos con vocalistas. No sé si son de lo mejor, sin embargo, tienen algunos discos interesantes. The Sea and Cake, en el que participa el baterista John McEntire. Gastr Del Sol, con David Grubbs y Jim O’Rourke. June of 44, Codeine, The Eternals, Town and Country... – empezó a enumerar Raymond entrecerrando los ojos para tratar de no dejar a ninguno fuera de la lista. 

– ¡Mil gracias! De a poco los iré buscando... – dije resignado ante semejante avalancha de grupos que me interesaba escuchar.

– Tené en cuenta que muchos de esos artistas no tocan más y la mayoría de sus discos solo se consiguen en las tiendas de segunda mano, nosotros podemos buscarte algunos, pero no todos – anunció Raymond.

– Voy a empezar con los de Isotope 217 y los de Brokeback – afirmé con seguridad.

– Dale, deben tener tres discos cada uno. Dejame que busque en la web de la distribuidora... – dijo Raymond con la seriedad de un profesional en la materia.

– ¡Buenísimo! – respondí con cierta emoción.

– No te olvides que acá en Montréal, también tenemos exponentes del post-rock que no podés dejar pasar. Godspeed you Black Emperor!, Fly Pan Am, A Silver Mt. Zion... y en Toronto a Do Make Say Think – agregó Raymond.

– Lo sé, lo sé... me los presentó Francis.

jueves, 25 de febrero de 2021

NOVENTA Y SEIS

Una tarde en la que pasé a visitar a mi amigo Cristian por su departamento en una pensión de San Telmo, donde luego instalaría la primera versión de su disquería 33 1/3 RPM, en el equipo sonaba una música instrumental que me cautivó al instante. Caí rendido ante la dosis exacta de jazz, sonidos electrónicos, indie, ritmos que te llevan hasta donde quieren, minimalismo y otras tantos ardides sonoros que desplegaban esos tipos de Chicago. Se trataba de una música embriagadora. Creo que no debo haber escuchado ni dos temas y ya quería tener toda la discografía del grupo. La que ya habían publicado y la que publicarían en el futuro. El disco que estaba escuchando mi amigo se llamaba “TNT”. La imagen de la tapa no conmovió, aunque aprendí a apreciarla. Sabía que tenía que comprar ese disco. Empecé a buscarlo. A los pocos días, lo conseguí en el Tower Records de Recoleta. Por suerte, no estaba solo en las bateas. También tenían “Tortoise”, su primer álbum, e “In The Fishtank - 5”, un disco compartido con el grupo holandés The Ex. Esa gente producía una música que coincidía a la perfección con mis sueños sobre cómo debía sonar una banda. La mezcla de estilos, la mezcla de sonidos. Todo sin perder ni su personalidad ni su impronta. Es cierto que quizás en mis sueños aparecía algún que otro cantante. Sin embargo, Tortoise no necesitaba uno. Ellos solitos bastaban. No pasó mucho hasta que me enteré de la publicación un nuevo álbum de mis nuevos ídolos. Lo vi en la vidriera de Oíd Mortales y lo compré. En ese momento me enteré de que me faltaba el segundo disco que habían publicado, “Millions Now Living Will Never Die”, además de un par de discos de rarezas y remixes que parecían imposibles de conseguir. Resumiendo, al poco tiempo, también tenía ese disco de tapa celeste. Otra obra maestra. 

Ha pasado mucho tiempo desde que escuché por primera vez a este grupo. Han pasado muchas cosas. Viví durante unos cuantos años en Montréal. Tuve la suerte de verlos en vivo dos veces. En uno de los conciertos pude conseguir el disco de los remixes, en el otro un disco de un proyecto paralelo. Tanto en la disquería Atom Heart, como en Cheap Thrills o L´échange, pude conseguir, tanto nuevos como usados, el box-set, el disco de las rarezas, algún simple, alguna edición japonesa. El resto, lo rastreé por internet, tanto en Ebay como en Discogs, y finalmente puedo asegurar que he logrado conseguir, comprar y escuchar la mayoría de sus discos, incluidos los de sus proyectos paralelos y los de sus diversas participaciones. He disfrutado de mucha música genial durante toda mi vida y debo admitir, sin dudarlo, que uno de mi discos preferidos es “Standards”, el cuarto álbum oficial de mis estimadísimos Tortoise.