Las grabaciones en vivo intentan capturar el momento álgido de la performance, de la pirueta, de la locura, de lo histriónico, de lo pretensioso, del exceso de vanidad del músico que no se conforma con saber que su obra perdurará más allá de su propia existencia. Jamás estas grabaciones buscan preservar del olvido las mejores cualidades del sonido, las más creativas. Sólo ofrecen el costado circense del espectáculo musical, las acrobacias que exhibe un músico al ejecutar su instrumento, los malabares a los que somete a su cuerpo para pasar de una nota a la otra, para pasar de un acorde al otro, para interpretar las diversas figuras rítmicas que regulan su pulso. Se sabe que el silencio es esencial para la música. El ruido, también lo es. Ese ruido, a pesar de su mala fama, no deja de ser una fuente de inspiración constante para todo sonívoro, para todo melómano, para todo audiófilo. Nos provoca incesantemente la necesidad de conocer las diversas posibilidades del origen, de la concepción, de cada uno de los sonidos que se escuchan en un álbum, de las distintas formas de plasmar, de grabar, de documentar, la interpretación de tal o cual instrumento – conocido o desconocido, real o sintético – al crear una pieza musical. Hablo de las cualidades sonoras – o sónicas – con las que se busca hacer la diferencia entre un álbum u otro. De esas características del sonido que me importan más que los acordes con los que los compositores deciden delimitar una canción. De esas características del sonido que me interesan mucho más que las notas con las que los compositores deciden trazar una melodía. De esas características del sonido que no se pueden escribir en una partitura. De esas características del sonido de las que no queda otro documento que lo que escuchamos en una grabación. Lamentablemente, estas características del sonido son imposibles de imitar con exactitud: las variables para lograr cada uno de esos sonidos son incontables y permanecerán como un secreto, un enigma, ligado al momento original de cada sesión de grabación. Esa cuota de misterio – y de mística – es lo que hace que todo esto sea interesante, relevante. En la búsqueda por imitar sonidos ya existentes, forzosamente, surgen otros nuevos sonidos, otros nuevos ruidos – igualmente inspiradores y motivadores. Y esto continúa sin cesar, retroalimentando… Feedback, le dicen los gringos.
Te habrás dado cuenta de que los álbumes en vivo no son santo de mi devoción. Sin embargo, debo confesar, una vez más, que uno de mis álbumes preferidos de todos los tiempos es “Nighthawks at the Diner” de Tom Waits – grabado en vivo, en un estudio de radio, pero en directo al fin. No existe una razón que justifique esta preferencia pero me resulta interesante que sea arbitrariamente contraria al resto de mis elecciones. Loco, ¿no?
Por otro lado, cuando empecé a comprar más y más discos de jazz, comprendí que en muchos casos una versión cuidada, prolija, de esa música – grabada en un entorno controlado, en un estudio en el que se delineara milimétricamente cada uno de los sonidos que se plasmarían en una cinta, o en un disco rígido – no existe, y que para muchos carecería de sentido que existiera. Si deseaba conocer un poco más, adentrarme en este género, tenía que aceptar que para esta gente la búsqueda es otra. No tuve otra opción que rendirme a las impurezas del sonido directo – que inconscientemente me convocaban desde hacía rato – para aprender a disfrutar de otras formas de hacer música.
Además, dentro de las famosas listas que suelen llevar títulos tan pomposos como “1001 álbumes de jazz que deberías escuchar antes de morir” o “¿Cuáles son los mejores álbumes de jazz de todos los tiempos?”, en las que se intenta dar cuenta de lo mejorcito del género a lo largo de su historia, figuran una enorme cantidad de álbumes grabados en vivo, en concierto. Tuve que reconciliarme con este tipo de grabaciones para no quedarme afuera. Tuve que aprender a disfrutar de lo que este género musical ofrece. No me arrepiento.
Finalmente, tengo que agradecer la existencia la disquería Zival’s, en la esquina porteña de Corrientes y Callao, donde empecé a encontrar una buena cantidad de los discos mencionados en estos manualcitos un tanto forzaditos que a pesar de todo me han resultado útiles, ya que me han permitido descubrir la serie “Concerts” de Keith Jarrett a través de su tan mentado “The Köln Concert”, considerado como una obra maestra de la improvisación en solitario. Este gran pianista yanqui nos brinda desde el año 1973 discos grabados en vivo siguiendo siempre un mismo patrón: el tipo solo, sentado frente a un piano de cola, en una sala de conciertos, frente a su público, ofreciendo una performance a la que le va dando forma en el momento, según el humor que tenga, según lo que le sugiera su percepción sobre el ambiente de la sala. Fui cayendo en la tentación de sumar a mi colección los álbumes de esta serie porque a pesar de lo que uno podría creer, son todos muy distintos: algunos con un aire más jazzero, otros con un aire más clásico; algunos que ofrecen una fusión poco clara, otros que se acercan más al ambient. A mí, uno de los que más me gusta es “Sun Bear Concerts”. No sólo porque es un box-set con 6 CDs – lo que me encanta, sino porque es uno de los más introspectivos, de los más envolventes. Revisá los “Concerts” de Jarrett solito y animate sin temor a clavarte, hay para todos los gustos.


















