viernes, 6 de noviembre de 2026

CIENTO NOVENTA Y TRES

Desde los catorce años, compro instrumentos de música. Sin embargo, mis dos primeros instrumentos musicales me acompañan desde mucho antes. 

En uno de los tantos cajones en los que guardaba juguetes, entre los Playmobil y los Matchbox, también conservaba una vieja armónica desvencijada, de madera y metal oxidado, de la que no tengo referencias claras sobre su procedencia. Aparentemente, habría sido un obsequio de mi abuelo Bernabé. Difícil de creer. No porque él no me hubiera hecho regalos, sino porque creo que la música nunca estuvo dentro de sus intereses. Desafortunadamente, nadie puede proveerme con la información necesaria para confirmar mis suposiciones. Lo cierto es que hace más de cincuenta años que poseo una armónica que he usado en algunas de mis canciones aunque esté totalmente desafinada. ¿Sordera u osadía?

Por otro lado, sobre un viejo placard, en el cuarto de mis abuelos, durmió durante muchísimos años una guitarra española de la Antigua Casa Núñez, que había pertenecido a mi madrina, hasta que me picó el bichito y se me ocurrió mandarla a encolar para comenzar a tomar clases con un profesor que vivía a la vuelta de mi casa, sobre la calle Lafuente, casi avenida Directorio. Estas clases de guitarra criolla son lo más cercano a un pasado hippie y de fogón. No busques más, es lo único que me compromete.

Aunque no hayan sido concebidas como instrumentos musicales, usé, en más de una oportunidad, un par de campanas que otrora se utilizaban en las casas grandes cuando algún convaleciente estaba en cama. En el momento en el que necesitaba atención, las hacía sonar para que acudieran a socorrerlo. También estaban en la casa de mis abuelos y fueron mudándose hasta que en algún momento quedaron a mi entera disposición, en uno de los tantos cajones de los muebles desterrados por la familia que habitaban en “El Quinto”, mi magro estudio, donde durante muchos años produje gran parte de mis proyectos musicales y durante otros tantos deposité mis instrumentos a la espera de un nuevo desafío sónico.  

El primer instrumento musical que adquirí en mi adolescencia – sin haberlo planificado – fue una computadora COMMODORE 128. Mi mamá me la compró cuando fuimos a Miami, de visita a lo de mi tío abuelo Casimiro – hermano mayor de mi abuelo Bernabé, sin imaginarse que ese objeto de plástico lleno de teclas marcaría mis intereses artísticos y mi rumbo musical de por vida. Ella pensaba que la maquinola se usaría como procesador de textos, como procesador de hojas de cálculo o como procesador de bases de datos; imaginario de oficinista. Error. No fue de inmediato, pero fui consiguiendo algunos programitas de audio: Funky Drummer, Kawasaki Synthesizer; con los que di mis primeros pasos en la música electroacústica.

Después de haber estudiado guitarra por casi un año, convencí a mi mamá de que lo que necesitaba para hacer avances significativos, desafiantes, era una guitarra eléctrica. Accedió y me compró una FAIM STRATOCASTER roja. Aunque era usada, tenía poco kilometraje. No me preocupó entonces, no me preocupa ahora. La inmensa mayoría de los instrumentos musicales que poseo, o que he poseído, los tuve que comprar de segunda mano. Los precios siempre han sido prohibitivos y al resignarme a usar instrumentos viejos, usados, ya manoseados, fui logrando incrementar la cantidad de aparatos a mi disposición, fui logrando ampliar mi espectro sonoro. 

Una vez con la guitarra eléctrica colgada al hombro, entendí que también necesitaba un amplificador. Durante unos meses, usé un viejo tocadiscos RANSER que tenía entrada de micrófono. Necesité conseguir un adaptador de plug grande a miniplug y todo estuvo en marcha, aunque estaba todo atado con alambre y bastante endeble. No era lo mejor, pero algo de ruido me permitía hacer. Sobre todo, ruido. Lo peor de la cosa eran los comentarios apocalípticos de mi padre: “lo vas a romper, no está hecho para eso”, “bajá el volumen, vas a desconar los parlantes”; entre los más usuales. 

La guitarra sonaba demasiado limpia, o al menos eso sentía yo. Compré la revista semanal Segundamano y busqué “pedales de efectos”, entre los instrumentos musicales. Me había estado informando sobre la existencia de infinidad de pequeños aparatitos con perillitas a los que la gente enchufaba sus guitarras para obtener todo tipo de sonidos extravagantes, a los que la gente pisaba para activarlos o desactivarlos a su antojo. Mi influencia punk me dictaba que el más apropiado para comenzar era un distorsionador. Me imaginaba que con eso iba a romper con todo. Pensamiento infantil, lo sé. Recién estaba empezando, no me condenes tan rápido. Había varios tipos de distorsionadores con nombres diversos. Me decidí por un Overdrive ARIA PRO II, porque era el único para el que me alcanzaba el dinero que había logrado ahorrar. El vendedor, un flaco un poco más grande que yo, me citó en las escalinatas de la iglesia de Flores, sobre la avenida Rivadavia. Evidentemente, no lo podía probar allí. Confié, me encomendé a la Santísima Trinidad, le pagué y me fui a mi casa sin saber cómo funcionaría ese aparatito del demonio; rezando para que funcionara. Afortunadamente, encendió sin inconvenientes y me acompaña desde el año 1988. Le saqué el jugo, no hay dudas.

Mis nuevas prácticas sonoras convencieron a mi vieja de que debía darme una manito y comprarme un amplificador apropiado para que mis guitarrazos tomaran un poco más de forma y que el tocadiscos dejara de correr peligro de extinción. Además de un hermoso PEAVEY AUDITION CHORUS de 20 watts que aún conservo, aunque hace falso contacto y anda cuando tiene ganas, el vendedor me ofreció un afinador JUSTINA que terminó de pulir las asperezas de mi crudo sonido adolescente manteniendo, a partir de ese día, mi instrumento siempre en tono.

Como te imaginarás, mi percepción sonora fue evolucionando gracias todas estas reformas; lo que me llevó a reflexionar sobre un cambio de profesor. Primero, porque mi profesor hippie consideraba que la guitarra eléctrica era una abominación de lo más siniestra, además de una herejía de lo más paganas. Segundo, porque me quedó clarísimo que de continuar con él debería seguir sometiéndome a una tortura folclórica que me alejaba años luz del sonido visceral y chocante que buscaba para crear mi propia música. De todas maneras, debo agradecerle a ese profesor, del que desafortunadamente he olvidado nombre y apellido, porque muchas de sus enseñanzas han servido de base sólida para lo que vino más adelante. Aunque él no lo hubiera creído jamás. Paz y amor.

El nuevo profesor fue mucho más apropiado para mis emergentes intereses. Electricidad, distorsión y disonancia. El flaco lo entendió enseguida. Me supo apuntalar y guiar muy bien. Me ayudó a organizarme y a lograr comprender cómo anotar fácilmente mis ideas sin necesidad de recurrir al papel pentagramado. Que, a pesar de haber aprendido a usarlo con justeza, me resultaba incómodo para plasmar rápidamente los riffs que no quería perder en el éter. Aprendí mucho con él. Creo que se llamaba Marcelo, pero no estoy tan seguro. Al tiempo de conocerme, me ofreció un pedal Digital Pitch-Shifter Delay PS-2 de la marca BOSS que tenía en venta. Ese fue mi segundo pedal. Un cañonazo. Mi sonido empezaba a tomar más forma. Además, cada día era capaz de tocar algo más cercano a lo que tenía en mente.

Tuve un par de proyectos de rudimentaria música experimental para los que usaba la doble casetera del equipo de música para grabar de una cinta a la otra: mientras sonaba la base, tocaba algún otro arreglo; generando capas amorfas de sonido en las que lo que más sobresalía era, algunas veces, el soplido de la cinta magnetofónica, otras, la estática de los cables y los dispositivos caseros que usaba para tener más canales de entrada, sea para grabar en estéreo, sea para grabar más de un instrumento a la vez. En esa época embrionaria, también tuve la loca idea de comprar un bajo, al que accedí gracias a una rifa sin premio que me dio unos pesitos que me permitieron comprar un mediocre instrumento de segunda mano que sonaba tan mal que los otros integrantes de mi grupo MATEN AL DISC-JOCKEY coincidieron en denominarlo el “pedo-bajo”; pues en su sonido se distinguía solamente una única nota grave, sin ningún tipo de matiz. Lo usamos durante varios años hasta que en un recital en el que lo ejecutaba mediante un pedal de bombo preparado para hacer sonar sus cuatro cuerdas al mismo tiempo, cayó del escenario y se partió al medio. Lo que terminó, de la manera más épica posible, con la vida de un instrumento de mala muerte que habría pasado sin pena ni gloria por mi recorrido sónico de no haber tenido tan trágico final.   

No recuerdo con exactitud en qué circunstancias cambié mi guitarra roja por una IBANEZ LES PAUL negra con detalles color marfil. Sólo recuerdo que era muy bonita, bastante pesada y que no podía dejarla escapar. Filosofía de segundamano y alpargatas de yute, ajustándome a una realidad que nunca me ha abandonado, como se volvería una sana costumbre, tuve que hacer un canje y sumar unos pesitos para alzarme con una guitarra que me hizo sentir por primera vez que lo que estaba tocando sonaba interesante. Quizás, simplemente, ese instrumento japonés que había sido concebido para imitar a uno de los más gloriosos y codiciados modelos de guitarra rockera tenía buen sonido, vaya uno a saber, desafortunadamente no conservo grabaciones dignas que haya producido en esa época. El único inconveniente que le encontré a la IBANEZ fue la falta de una palanca. Me imaginaba que ese aditamento me permitiría hacer mucho más quilombo del que ya hacía. Lo que en parte, era verdad. Gracias a mi siguiente guitarra hice bastante, mucho, muchísimo, demasiado, ruido. Conseguí una KRAMER NEPTUNE blanquita con un trémolo con morza FLOYD ROSE que permitía bajar la tensión de las cuerdas al máximo sin que por ese truco se desafinara el instrumento o se cortara alguna de las cuerdas. ¡Un golazo! 

En esa época, también pude sumar dos pedales de modulación a mis adquisiciones: el primero, un Flanger – pedal de carcasa amarilla de la marca IBANEZ; el segundo, un Phaser – pedal de carcasa verde de la marca BOSS. Con los cuatro pedales que había logrado acumular y el efecto incorporado en el amplificador, definí el sonido de la música que compuse para SU REAL ORDEN. Modulaciones varias en conflicto, sumadas a las repeticiones, sumadas a la distorsión, sumada a mi estilo poco ortodoxo de rockero renegado al rasguear las seis cuerdas, generaban un combo en el que resultaba muy difícil definir si lo que sonaba era una guitarra o alguna especie de sintetizador. Creo que aún hoy, lo que tocaba en esa época, sigue sonando despiadado y filoso. Quizás, audaz.

Paseando por las calles de la ciudad balnearia de Pinamar, para mi sorpresa, encontré una calle llamada “Del Buen Orden”. Se me ocurrió la loca idea de modificar el nombre de la calle en un cartel para que dijera SU REAL ORDEN, el nombre de mi grupo. Para hacerlo, primero tenía que conseguir un cartel que pudiera desmontarse fácilmente. Caminamos, con un amigo, a lo largo de esa calle para finalmente encontrar, en una de las tantas esquinas, un cartel que en lugar de bulones tenía tornillos que pudimos sacar sin problemas con un destornillador de cabeza plana. Al caer, hizo muchísimo ruido, anticipando el futuro de este objeto metálico, azul y pesado. Con muchísima pena, me di cuenta de que era muy complicado pintar sobre la superficie esmaltada del cartel para que quedara todo lo prolijo que yo quería. Entonces, decidí que ese enorme pedazo de metal desempeñara una función diferente y comencé a utilizarlo como parte de las percusiones varias que se escuchan en mis grabaciones, algunas veces provocando un ruido ensordecedor, otras ofreciendo sutiles tintineos. 

Lamentablemente, para que mi sonido evolucionara, tuve que vender tres de los pedales que había acumulado hasta ese momento para juntar el dinero suficiente para llegar a comprar un multiefecto YAMAHA FX-500 que, por suerte, aún conservo. Este nuevo aparatito lleno de botoncitos, no mucho más grande que una caja de habanos, me permitió encadenar por primera vez dos distorsiones diferentes a mi guitarra, lo que le dio mayor sustain a mi sonido y lo hizo todavía más tajante. Es cierto que siempre he usado los agudos al máximo en todos y cada uno de los controles de tono que procesan el sonido de mi guitarra, pero, al usar dos distorsiones al palo, empecé a generar un sonido aún más atemorizante. A temblar, mi amor.

Mi primer contacto con la programación de ritmos fue a través de la COMMODORE 128, gracias al ultra básico sonido monofónico de 8 bits del programa Funky Drummer. Esa experiencia me ayudó a entender que si uno quiere experimentar con el sonido, el único requerimiento es la voluntad de hacerlo. Algunas personas sostienen que hacer música es una tarea comunitaria. Nada más equivocado. Si bien es cierto que podemos crear música con otras personas también podemos crearla solitos. Además, ponerse de acuerdo para escribir, componer o grabar música con otra gente, no es una tarea sencilla. Siempre hay tironeos, generalmente de egos. Con cualquier instrumentista se hace difícil. Con los bateristas, es todavía más complicado. Porque, para colmo de males, cuando empiezan a tocar su instrumento no hay nada ni nadie que los pare. La mayoría de ellos no comprenden que no es necesario que su instrumento suene con la misma intensidad durante toda una canción. Mucho menos llegan a comprender que en algunos pasajes de algunas canciones sería preferible que ni siquiera apareciera. Debo admitir que pude tener una buena relación con uno o, a lo sumo, dos bateristas en toda mi vida. Razón por la cual, decidí comprar una máquina de ritmos para seguir experimentando con la programación. Para poder controlar tanto el volumen como la intensidad de la sección rítmica de mis canciones. Además de gozar de una plena potestad para presionar sobre el botón “off” del artefacto para mitigar el cansancio que puede provocar escuchar un instrumento de percusión que no se digna a parar. Me imagino que en esa época todavía pensaba que la percusión era necesaria para acomodar y sostener al resto de los sonidos que formaran parte de una canción. Entonces, conseguí una ROLAND TR-707 Rhythm Composer que usé sin cesar en casi todos los álbumes de MUTANTES MELANCÓLICOS.

Suponiendo que podría ganar unos pesitos haciendo sonido en vivo para grupos, pude acceder a una consola PEAVEY de 16 canales, a un ecualizador de 31 bandas y a un par de micrófonos dinámicos SHURE PROLOGUE; luego de lograr vender la computadora COMMODORE 128, su disquetera, su monitor y el escritorio que me ocupaba media habitación. El proyecto fue un fracaso, un fiasco. Sin embargo, me sirvió para enfrentarme a una dura realidad para un soñador: ganar buen dinero con cualquier proyecto relacionado con la música no es para cualquiera; mucho menos si no existe entre tus deseos el anhelo de ser famoso. Si no sentís la necesidad de que tu nombre sea conocido, si no sentís que el propósito de tu vida es que se hable de vos.

Al analizar mis verdaderos intereses, supe que lo que me gustaba de la creación musical no era sólo la composición sino, sobre todo, la grabación, la decisión sobre las posibilidades tanto de los instrumentos como de los efectos que colaboraran a construir una canción novedosa, distinta. Por lo que entiendo, mis preferencias se acercaban más a la producción genuina de obras musicales que al vedetismo de una estrella de la música pop. Nunca tuve ninguna inclinación ni desmesurada, ni siquiera incipiente, por destacar o por ser el centro de atención. Las luces del escenario, siempre las he preferido apagadas. A lo sumo, tenues. Esto explica la elección de mi siguiente instrumento, uno de los pocos que compré flambant neuf, cero km, el FOSTEX PORTASTUDIO 280 con el que grabé infinidad de canciones durante la década del ’90, en cuatro pistas analógicas, sobre cinta magnetofónica de óxido ferroso; siguiendo la filosofía “Do it Yourself” que estaba tan en boga en ese momento. En el año 2021, lo resucité de entre las pelusas gracias a mi papá para grabar algunas partes del álbum “Tras otro rasposo deambular” que produje durante la segunda parte de la pandemia. ¡Un éxito!

Conseguir un auténtico slide era una deuda pendiente. Ya había experimentado con un soporte metálico para rollos de papel higiénico que había sustraído hábilmente de un restaurante de la ciudad balnearia de Pinamar que me permitía obtener un efecto similar. A pesar de que el tubo metálico era cromado, estaba bastante lisito y bien fabricado, su superficie no era perfectamente uniforme; por lo que, al deslizarlo sobre las cuerdas de mi guitarra, algunas notas dejaban de sonar sin previo aviso obligándome a reposicionar el artefacto para conseguir el efecto deseado. Al final, tuve que comprar uno en una casa de música, perfectamente pulido, mucho más pesado, del tamaño apropiado para que se enganchase en cualquiera de mis dedos para que pudiera usarlo sin temor a que saliera despedido de mi mano en plena performance, en el punto álgido de la interpretación.

Para las primeras grabaciones en multipista que produje, usé el “pedo-bajo”. Me sacó del apuro pero, en esa época, sentía que su pésimo sonido enturbiaba mis experimentos sonoros. Hoy, le sacaría mejor provecho a las poco encantadoras cualidades de las tonalidades que emitía ese instrumento desgraciado, áspero, básico. Lo haría contrastar con otros instrumentos que poseen otro brillo, cierta delicadeza, cierta pureza. Lo pienso desde la experiencia, sin embargo, sé que en aquel momento hubiera sido imposible darme cuenta de los beneficios de la combinación de instrumentos que ofrecen un sonido destartalado, agónico, con instrumentos que ofrecen un sonido puro, impoluto. Cierta ambición de perfección me llevó a comprar un sequencer ENSONIQ SQ-1, que aún me acompaña en algunos de mis proyectos. La variedad de sonidos, las posibilidades que se me abrían al combinarlo con mi máquina de ritmos, la facilidad de programación para la creación de mis canciones; me hicieron sacarle el jugo al máximo. La misma semana que lo compré, también me di el gustito de llevarme a casa una guitarra PEAVEY T-60, que había visto en la Galería Bond Street, en una tienda que se hacía llamar El Coleccionista. Te preguntarás cómo hice para comprar esos dos instrumentos casi al mismo tiempo, de un plumazo. Fácil, gracias a una actividad comercial un poco turbia, a los márgenes de lo legal. El marido de mi vieja era amigo del propietario de una imprenta que incrementaba el tiraje de ciertos libros que se usaban para la enseñanza práctica de la contabilidad. La editorial oficial retrasaba la distribución y la hacía selectivamente. Simplemente, para generar ansiedad y expectativa. Los padres, desesperados por conseguir el material de estudio para sus hijos, y los libreros, a los que dejaban afuera para esta venta asegurada, fueron nuestros objetivos de venta. Con el baúl del auto cargado con varias cajas y bolsos de libros piratas – bootlegs si querés un toque de glamour, impresos exactamente como los oficiales, idénticos al punto de ser imposible diferenciarlos – misma tinta, mismo papel, misma cartulina ilustración para las tapas, misma terminación y acabado del producto terminado; nos dirigimos a los tres o cuatro focos de venta de este tipo de material: los puestitos de libros de Primera Junta, los puestitos de libros del Parque Rivadavia, los puestitos de libros del Parque Centenario, los puestitos de libros de Plaza Italia; además de alguna que otra librería que detectamos en el camino a la que le interesó nuestra interesantísima oferta. Resultado: en una semana nos sacaron todos los libros de las manos y me alcé con una suma cercana a los dos mil dólares, que me quemaban en los bolsillos. Me los patiné en un abrir y cerrar de ojos al comprar el teclado y la guitarra. Instrumentos que siguen formando parte de mi arsenal sonoro aunque hoy en día los use de una manera diferente.

Conocí a Leo Kaplan en el Parque Rivadavia. Él vendía discos de jazz. Luego me enteré de que tocaba la trompeta. Lo invité a grabar la canción “Nuevos Aires” para el primer álbum de MUTANTES MELANCÓLICOS, porque la consideraba mi aporte para el género musical que él tanto apreciaba. La relación fue fructífera. No sólo grabó su trompeta en muchas de mis canciones a lo largo de los años, sino que también tocó la guitarra en varias oportunidades. Como si fuera poco, participó en unos cuantos recitales. Tengo mucho que agradecerle a este gran amigo. No sólo por su buena predisposición para insertarse en un mundo musical que desconocía y que le resultaba extravagante, sino porque colaboró para enriquecer aún más el sonido de mi música. Gracias al aporte de Leo y al de Martín Pavone – otro amigote que me acompañaba con su guitarra en esa época – mi pedalera pasó a tener cuatro distorsionadores al hilo. ¡Una verdadera masacre! Aún conservo tres de ellos, el viejo Overdrive ARIA PRO II, un Overdrive BOSS can carcasa amarilla y un DriveMaster MARSHALL con carcasa de metal bien morruda. El cuarto era un DOD que dimos en parte de pago con mi amigo Omar Scavone para conseguir un pedal Chorus para mejorar el sonido del bajo en las canciones de NO:ID. Era necesario levantar un poco el sonido de ese instrumento, sobre todo en los recitales. Fue un cambio positivo. 

La búsqueda del sonido ideal para una canción nunca termina. No puedo recordar cómo me enteré de la existencia de un aparatito que se llama E-BOW. Chiquito, entra en un bolsillo, en una mano. No es otra cosa que un electroimán, alimentado con una batería de 9V, que al acercarse a las cuerdas de la guitarra en la zona en la que se encuentran los micrófonos – que no son otra cosa que pastillas de imanes – genera un campo electromagnético que hace vibrar las cuerdas del instrumento indefinidamente dando un tono continuo muy agradable y elegante con el que se pueden producir texturas de sonido difíciles de descifrar. ¡Me encanta! Como si fuera poco, combinado con el slide resulta mágico.

Si vieras un amplificador cuya perilla de volumen es la reproducción de una nariz de cerdo, ¿no lo comprarías? No pude resistirme a la tentación y un PIGNOSE pasó a formar parte de mis herramientas de trabajo. Después de haber visto un documental de los Stooges en el que Scott Asheton, su guitarrista, mostraba, en el sótano de su casa, cómo debía tocarse “I Wanna Be Your Dog” usando tan solo ese pequeño amplificador para arrasar con todo; no hace falta ningún otro tipo de argumento de venta. Un hallazgo que me ha dado muchas satisfacciones y me ha ayudado a grabar sonidos tan interesantes como demoledores. Encima de todo, es un objeto muy bonito.

Para grabar las mezclas de las canciones tenía una doble casetera TECHNICS que andaba muy bien. También la usaba para copiar las cintas que vendía con mis canciones en el Parque Rivadavia. Quise dar un salto cualitativo y me compré un DAT SONY DTC-A8. Cinta digital. Estaba en la cresta de la ola, pibe. Lo usé tanto como para hacer nuevas mezclas de viejos temas como para grabar nuevos temas directamente en estéreo. En ambos casos, el sonido era impecable. Pero para mejorarlo aún más, conseguí un ENSONIQ DP/4 Parallel Effects Processor con el que agregué un poco de compresión y, en algunos casos, algún que otro efecto para mejorar el ambiente de la música. Un pulido fino. El producto final dejaba de ser tan crudo y ofrecía nuevos matices. Nunca fui del todo delicado, pero empecé a parecerlo.

Un par de años más tarde, compré una computadora POWER MACINTOSH G3 a la que le agregué una placa de sonido que me permitió sincronizarla usando la señal MIDI de los programas de edición digital con el sequencer y la máquina de ritmos para acceder a grabar en una cantidad impensada de pistas al compararlas con las magras cuatro pistas a las que estaba acostumbrado con mi viejo portastudio. Para ese momento, la música de NO:ID. empezó a tener tintes insospechados para una producción hogareña hecha sólo a pulmón. Chupate esta mandarina, Pedrito Gantz y los pibes becerro, gil, envidioso. Con o sin auriculares sonábamos de la san puta.

No sólo las nuevas tecnologías ampliaron la paleta sonora de mi expresión musical. Alberto, el marido de mi vieja, me ofreció como regalo una kalimba de calabaza y en otro momento dos maracas de juguete – una de madera, la otra de metal. Además, mi vieja me regaló una melódica YAMAHA. Por otro lado, con mis amigos, vivíamos encontrando objetos de descarte para crear nuevos sonidos en nuestras canciones: botellas de vino, bidones de agua, amortiguadores de camioneta, tablas de madera para lavar la ropa, cajas de cartón, frasquitos de Redoxon, latas de café de todo tipo, chapas, láminas de plástico, radiografías, frascos de vidrio, ceniceros de losa, batidores de crema. Lo que fuera.

Para grabar hay dos opciones. Primero, se puede usar un cable y grabar el sonido de línea del instrumento, sea una guitarra, un bajo o un sintetizador – en cualquiera de sus formas. Segundo, se puede usar un micrófono para grabar, sea el sonido del instrumento amplificado a través de algún tipo de sistema de audio, sea el sonido directo de algún instrumento acústico, o no. También, el de la voz humana, claro. Existen distintos tipos de micrófonos. Distintas calidades de micrófonos. A mí me gusta combinarlos para obtener sonidos variados. En esa época, tenía micrófonos antiguos de radiograbadores hogareños de mala muerte con los que se pueden grabar, sobre todo, los medios del espectro sonoro. También tenía un par de micrófonos dinámicos con los que la grabación empezaba a tener más color. Había construído un micrófono de contacto que usé para que una guitarra eléctrica se pareciera a una acústica, con el que podía tomar el sonido de cualquier tipo de superficie al apoyarlo sobre ella. Reparé un micrófono de radio-taxi que había encontrado en una playa de Pinamar, con el que grabé desde voces, guitarras y trompetas, hasta percusiones. Fabriqué un micrófono con un parlante de computadora y una lata en la que venía una botella de whisky J&B, con el que grabamos parte de los coros de una de las versiones de la canción “Palestina”. Para mejorar la cosa y que la voz principal de los temas sobresaliera y conservara todos sus tintes y matices, cuando a causa del corralito del año 2001 no nos permitían sacar el dinero de nuestras cuentas bancarias, mi vieja me sugirió hacer un gasto con su tarjeta de crédito ya que intuía que de otra manera nunca podría acceder a su dinero. Me acompañó hasta una casa de instrumentos musicales muy famosa que estaba sobre la calle Florida, de la que no recuerdo el nombre, y elegí comprarme un micrófono de los buenos; un  SHURE SM57. El que me permitió captar mucho mejor la riqueza de los tonos de las voces. Un pasito más para que el sonido de mi música fuera cada vez más variado e interesante. ¡Grande má!  

Cuando decidí ir a vivir a Montréal, compré otra máquina de ritmos. La BOSS DR-660 es más pequeña que la ROLAND TR-707. No quería llevar demasiados bultos en mi viaje. Pero, sobre todas las cosas, me había acostumbrado a su sonido después de cuatro años ininterrumpidos de usar una idéntica que nos había prestado Gabriel Mateos, la misma que habíamos usado con Omar algunos años antes para componer y grabar las canciones de ASUSTADOS UNIDOS. Finalmente, desde que la tengo, no la he usado demasiado para grabar música nueva pero sigue siendo un instrumento más que interesante y útil. Ya le llegará su momento. 

Para componer nuevas canciones en Montréal, compré un sequencer pequeño, que se parece más a una calculadora o a una caja registradora que a un instrumento musical. Se trata de un YAMAHA QY-300. Cuando lo ví en la tienda de empeño, pensé que no podría ser malo. Hoy, sigo usándolo y al combinarlo con el ENSONIQ SQ-1. Ambos se potencian y puedo obtener un sonido mucho más que interesante. El primero tiene un sonido más berreta, de cajita de plástico, casi de juguete, medio apagado; mientras que el segundo propone sonidos mucho más profesionales a los que se les puede agregar un sinnúmero de efectos. Como es mi sana costumbre, combinar los matices – lo bueno y lo malo, lo brillante y lo opaco, lo suave y lo áspero, lo pulido y lo desarmado, lo estudiado y lo improvisado – combinar los extremos, se ha convertido en la marca de fábrica de mi lenguaje musical.

Cuando quise hacer mi primer recital en Montréal, en la disquería Atom Heart, sobre la rue Sherbrooke est, me di cuenta de que me saldría más barato comprar una pequeña consola BEHRINGER EUROPACK MX 602A para conectar mis instrumentos que comprar los cables especiales que necesitaba para usar el sistema de audio del boliche. Duró lo que tenía que durar. Un día, calculo que por un pico de tensión en la red eléctrica del edificio, se dañó algún componente interno de la consolita y desde ese momento, al conectar cualquier instrumento o micrófono, se produce un sonido de lo más espantoso en el que no se logra distinguir más que ruido. Palmó. De todas maneras, la aproveché para grabar todos mis álbumes desde 2011 hasta 2022 y algunos demos desde 2004 hasta 2010.

Escuchar álbumes de diversos estilos musicales te despierta las ganas de experimentar con distintos instrumentos, te inspira. De esa manera, escuchando discos de trip hop, caí en la tentación de comprarme un sampler. Encontré un AKAI S2000 bastante accesible y en muy buen estado. Al empezar a usarlo, fue evidente que sería necesario combinarlo con un teclado para disparar los sonidos. Conseguí un ROLAND PC-200 MK-II Midi Keyboard Controller que, además, se podía utilizar con el sequencer YAMAHA. Dos por uno. Leyendo el manual del sampler, entendí que si lo conectaba con una computadora a través del puerto SCSI, resultaría mucho más sencillo editar los sonidos y asignar cada uno de ellos a cada una de las teclas del teclado controlador. En el laburo, en Associés Libres Design, en Montréal, tenían un par de POWER MACINTOSH G3, modelo desktop, arrumbadas y llenas de polvo. Les tiré el mangazo y me regalaron una de ellas. Gracias a los experimentos que hice con estos aparatos pude grabar la canción “Reflejo”. La única que compuse y grabé enteramente en Montréal. Al resto de las canciones que compuse allá en el hemisferio norte, les terminé de dar forma a mi regreso por la “reina del plata”, cuatro o cinco años más tarde y se encuentran diseminadas por varios de mis proyectos.

Vi la necesidad de sumar al equipo de sampleo dos aparatitos más, tanto para las tomas de sonido como para el pulido fino de lo que quisiera grabar. El primero fue un afinador cromático BOSS TU-12H, el que me permitía decidir si la tonalidad de las muestras de sonido con las que iba creando mi galería sonora, me servirían para las canciones en las que pensaba incluirlas. El segundo fue un pedal de volumen BOSS FV-500H, que me permitía usar mis pies para subir o bajar el volumen del micrófono a mi antojo mientras hacía las grabaciones, dejando libres mis manos para poder hacer otro tipo de manipulaciones con los objetos que usaba para hacer ruidos diversos.

En Montréal, tuve acceso a un montón de aparatos a precios realmente accesibles: una consola BEHRINGER de dieciséis entradas y dieciséis salidas, una patchera de la misma marca, un compresor y limitador – también de la misma marca, un multiefecto ALESIS QUADRAVERB 2 Dual Channel Octal Processing Master Effects y otro ENSONIQ DP/4 Parallel Effects Processor – idéntico al que había comprado en Buenos Aires varios años antes. Lamentablemente, por problemas de espacio sólo pude conservar los dos procesadores de efectos. Una pena.

¿Una o dos deudas pendientes saldadas al mismo tiempo? Siempre me gustaron las guitarras de caja, esas a las que llaman “hollow body”. Además, siempre me ha gustado prestar atención al sonido del bajo en los álbumes que escucho; lo considero más que necesario para sostener una canción y construir los arreglos sobre el sonido de ese instrumento que le permite al resto de las frecuencias moverse libremente porque tienen una base sólida que las acomoda. En una tienda de instrumentos usados de Montréal, encontré un bajo IBANEZ ARTCORE ASB140BS más que lindo que, como si fuera poco, era “hollow body”. Carambola. Pregunté el precio. Me aclararon que no era usado, pero, como era el que tenían de muestra lo ofrecían a casi la mitad del precio de lista. La única condición: había que pagarlo cash. No lo dudé, fui hasta el cajero, saqué unos billetitos y regresé raudamente para que el tipo no se arrepintiera de su oferta. Me lo llevé, obvio. Tiene un sonido bien gordo, como debe ser. Desde que lo tengo no he programado más bajos en el sequencer. Un lujo. De casita no se va.

Para seguir mejorando el sonido de mis grabaciones, decidí romper el chanchito y comprarme un micrófono condensador AUDIO TECHNICA AT3035. Uno de los modelos más baratitos. El que estaba a mi alcance. Recuerdo que una de las primeras veces que lo usé, le dije a mi amigo Jorge: “graba demasiado bien, se escucha todo perfecto”. Es cierto, es un micrófono demasiado botón. Graba todo. Todo, todo, todo, todo. Aunque estén las puertas y ventanas herméticamente cerradas, graba lo que está detrás del muro, fuera de la habitación. Infernal.

Un día, se me antojó comprar una trompeta por E-bay. El tipo al que se la compré vivía en medio de la montaña, en el medio de los bosques, al norte de British Columbia, cerca del océano pacífico. Yo estaba del otro lado del mapa, en Québec, más cerca del océano Atlántico. De todas maneras, ambos vivíamos en Canadá. Parece que el flaco se enfermó y por eso se retrasó para enviar mi paquete. Consecuencia, me reembolsó la mitad de lo que le había pagado – que ya era bastante poco porque no llegaba ni a los cien dólares – y me mandó la trompeta. Como nunca logré sacarle ningún sonido mientras vivía en Montréal, cuando regresé a Buenos Aires fui a tomar unas clases que me permitieron no sólo tocar algunas melodías con ese instrumento dorado y baqueteado, sino también saber, gracias al profesor, que se trataba de una trompeta bastante viejita pero de muy buena calidad; lo que hizo que se me dibujara una sonrisa. Debería seguir practicando, pero estoy contento de haber logrado grabar algunos pequeños arreglos en varias de mis nuevas canciones. Tiempo al tiempo.

A pesar del reembolso por la trompeta retrasada que me hizo creer que había gastado muy poco dinero en un instrumento musical, no puedo comparar ese gasto con lo que desembolsé para pagar el que es realmente el instrumento más barato que poseo. Se trata de una flauta irlandesa. FEADOG, la llaman algunos. Otros, tin whistle. Sólo desenfundé por ella magros cinco dólares canadienses. Una ganga. La podés escuchar en el tema “Cantos argentinos” en el álbum “A partir del silencio de un paraíso artificial.” Enjoy!

De todas maneras, no puedo dejar de admitir que mi instrumento de cabecera siempre ha sido y será la guitarra eléctrica. No puedo dejar de admitir que cuando escribo canciones recurro a cualquiera de mis guitarras para empezar a darle forma a mi música. Además, no puedo dejar de admitir mi debilidad por mi guitarra PEAVEY T-60 Natural – acabado de madera clara en la que se ve la veta del fresno. Cuando la compré en el año 1993, me di cuenta de que su anterior dueño la había modificado. Le había cambiado uno de los micrófonos. Le había cambiado los interruptores que alteran la fase de los micrófonos. Le había cambiado la posición del jack de salida de sonido, por lo que había dañado el pickguard perforándolo de la manera más espantosa que te puedas imaginar. Quería volver atrás todas esas modificaciones y dejar a la guitarra lo más parecida posible a como había salido de fábrica. En Montréal, fui consiguiendo cada una de las piezas que necesitaba. Desde las perillas, los switches, el pickguard, los micrófonos, hasta los tornillos originales. Conseguí algunos planos para entender cómo deberían hacerse las conecciones de los interruptores, de las perillas, de todos los componentes. Lo que también conseguí fue otra guitarra idéntica a la que tenía en Buenos Aires, aunque de un color diferente. Lo más importante era que, a simple vista, no se notaba que hubiera sido sometida a modificación alguna. ¡Bingo! Con la excusa de que mi padre, el ingeniero electrónico, pudiera desarmar ambos instrumentos sobre la mesa al mismo tiempo para poder dejar mi vieja guitarra como había sido originalmente, compré esta segunda PEAVEY T-60 Sunburst – con tintes rojizos. Ahora tengo dos guitarras del mismo modelo. Como cada una tiene un sonido único y diferenciado, no se me ocurre desprenderme de ninguna. No sueñes. Ni loco.  

Es cierto que también en esa época, y en el mismo local, compré una guitarrita PEAVEY T-15 de escala corta de 23 1/2" que me sirvió para tocar un poco durante mis últimos meses en Montréal, cuando ya había enviado casi todas mis pertenencias hacia Buenos Aires. Al tomar mi último avión, no pude despacharla por exceso de equipaje y tuve que dejársela a mi amigo Daniel con la idea de que él me la trajera si algún día viajaba a la  Argentina. Debo admitirlo, la di por perdida. Sin embargo, más de un año después de haber regresado a mi país natal, recibí un llamado de mi amigo diciéndome que la semana siguiente estaría de visita por Buenos Aires y que traería mi guitarra. Lo recibí con una enorme sonrisa de agradecimiento y un fuerte abrazo. Me encantó recuperarla pero rápidamente me di cuenta de que había perdido el vínculo con ese instrumento. Experimenté un poco con sus virtudes y podés escucharla en mi álbum “Side Lane”. Luego, decidí venderla. La excusa fue la falta de lugar en mi departamento. Pero la realidad es que su sonido no me resultaba tan interesante como el de sus hermanas mayores.

Ya te conté que una vez estuve en Tokyo. Las tiendas de instrumentos musicales y las tiendas de discos son un orgasmo. Evidentemente, es imposible comprar todo lo que ves, todo lo que te interesa, todo lo que te tienta. Hice cuentas y me dejé llevar por una pedalera BOSS RC-50 Loop Station que me ha servido tanto como para componer como para tocar en vivo; aunque todavía no la he usado demasiado para grabar. También me tenté con un pedal BOSS DD3 Digital Delay que estaba tan castigado como barato; el sonido de mi guitarra siguió evolucionando. Todo suma, suma, suma, sum, su, s.

Mientras cursaba cuarto y quinto año de la escuela secundaria, de vez en cuando compraba una revista que se llamaba El Musiquero. Esta publicación me enseñó muchas cosas. Tanto sobre el uso de los instrumentos, las técnicas, las escalas; como sobre algunas ideas o consejos de cómo hacer grabaciones hogareñas con cierta calidad. ¡Me encantaba! Me ayudó mucho a entender cómo producir mi propia música sin necesidad de tener equipos de última generación. También me hizo tener deseos. Porque, a pesar de presentar soluciones viables y accesibles a mi bolsillo, también presentaba instrumentos o equipos que me hubiera gustado tener a mi disposición. Ese fue el caso de la serie Micro Rack de la marca BOSS, que anunciaban con frecuencia en sus páginas. En esa época, esos aparatitos eran inalcanzables para mi billetera. No podía evitar que se me hiciera agua la boca. Por suerte, en Montréal, encontré dos de esos racks de efecto de segundamano – el RBF-10 Flanger y el RRV-10 Reverb – y, en Tokyo, encontré otros dos, también usados y castigados – el RCE-10 Chorus Ensemble y el RPH-10 Phaser. Mi intención, al regresar a Buenos Aires, era hacer una larga cadena de efectos con cada uno de los pedales que había ido acumulando, sumados a estas pequeñas unidades de efectos que había conseguido en Tokyo y en Montréal, sumados a los otros tantos procesadores de multiefectos más grandes, sumados a todo lo que tenía a mi disposición, para enchufar mi guitarra y hacer estragos. Lamentablemente, el proyecto se cayó antes de culminarlo. Al empezar a enchufar aparatos, me di cuenta de que necesitaba tal cantidad de cables de audio, tal cantidad de transformadores y tal cantidad de tomas de corriente eléctrica para enchufar cada uno de los artefactos que no llegué a disponer de todo el material eléctrico que requería la odisea. Me conformé con hacer un cadena – mucho más corta – hasta lo que la cantidad de cables que tenía a mi alcance me permitió. La experiencia fue muy buena pero, siguiendo una máxima más que económica que me acompaña desde hace muchos años, preferí ser fiel al “menos es más”, con el que siempre obtengo resultados que me placen, y así reducir considerablemente la cantidad de aparatos interconectados.

Los últimos dos pedales que compré fueron dos delays: un BOSS Giga Delay DD-20 Digital Delay y un BOSS Digital Pitch-Shifter Delay PS-2 – sí, por segunda vez, el mismo pedal en mi arsenal. No sé porqué me obsesionan tanto los distorsionadores como los delays. Aunque también debería agregar las reverberancias. Obsesión menos aparente porque no tengo tantos aparatitos que produzcan solamente ese efecto de sonido. ¡Qué pena!

En cuestión de teclas, siempre fui bastante clásico al elegir los sonidos. No puedo evitar usar algún tipo de órgano, si tiene vibrato mejor. Me gusta combinarlo con lo que se parezca más a un piano, eléctrico o tipo Rhodes; si fuera acústico, sería un golazo de media cancha. Es cierto que los sintetizadores analógicos me llamaron siempre la atención. No tanto por los sonidos que producen sino por la tentación que provocan al ofrecer tantos botones y perillas para toquetear. Mis prioridades en cuestión de instrumentos han sido variadas, sin embargo, demoré bastante en pensar en comprar uno de estos aparatos. La suerte tocó a mi puerta y por primera vez tuve acceso a un sintetizador cuando cambié mano a mano el sampler AKAI S2000 por un KORG ELECTRIBE MKII EA-1. Debo admitir que no lo he usado demasiado. Sin embargo, creo que gracias a este aparatito he agregado detalles a mi música que la enriquecen, abriendo mi abanico de posibilidades sonoras cada día un poquito más.

Como me pareció un poco complicado usar el sintetizador que había canjeado, cuando vi que me daban doce cuotas con la tarjeta de crédito para comprar un KORG MICROKORG MK1, arremetí sin dudarlo. Creo que este lo he usado un poco más. Será por el teclado incorporado, será por la cantidad de perillas con las que manipular los sonidos se hace más evidente. No lo sé. Sigo experimentando con ellos. Eso es lo importante. Seguir. 

Computadoras, he usado varias para hacer música. Pero creo que a la que más le saqué el jugo fue a la APPLE IMAC plateada, sobre todo cuando le agregué la placa de sonido EDIROL FA-66 rojo cereza. Cuando logré instalarle el programa CUBASE se me abrieron una cantidad de posibilidades de ensueño. Logré grabar en cuatro pistas al mismo tiempo. Logré sincronizar la computadora con todos mis sintetizadores, con todos mis multiefectos, con mi máquina de ritmos; gracias al MIDI clock interno de la computadora. Logré empezar a grabar cuarenta y ocho pistas por cada canción. Logré hacer todas las tomas que se me antojaran por cada una de las pistas. ¡Estaba en el paraíso! 

Gracias a las nuevas posibilidades que había descubierto con la edición digital, comencé a pergeñar un nuevo proyecto que decidí llamar ENSAMBLE DESMEMBRADO; ya que era la primera vez que trabajaba completamente solo. Atenti.

La obra comenzó como un desafío que le planteé a mi mujer al comienzo de nuestro noviazgo. Un día en el que había escrito un arpegio de guitarra, recuerdo que le dije que a partir de esa breve expresión musical concebiría y realizaría un álbum completo. Es cierto que me tomé mi tiempo: estuve grabando, seleccionando material y editándolo durante cerca de tres años. 

La idea era usar la mayor cantidad posible de los instrumentos con los que contaba en mi arsenal. Creo que usé prácticamente todo: las guitarras, el bajo, el slide, el e-bow, los sequencers, la máquina de ritmos, los sintetizadores, la trompeta, la melódica, los pedales de efectos, los racks de efectos, todos los micrófonos, todos los amplificadores, el grabador de periodista, un cable desenchufado para generar estática, algunas chapas, algunos fierros, algunos plásticos, unos palitos chinos, una tarjeta de crédito, una máquina de afeitar eléctrica, un ventilador de mano, una bandeja de bar, hasta un teclado de juguete CASIO PT-10 que había comprado en una “vente de garage”, en Montréal. Con la preocupación de no repetirme adopté el “vale todo” para permitirme hacer hasta lo que no hubiera hecho y fui construyendo la obra a partir de improvisaciones, instalaciones, sonidos encontrados, melodías compuestas y ritmos estudiados: me dejé llevar e hice todo lo que se me iba ocurriendo. Fue así que en algún momento pensé que introducir una canción en el medio de un álbum que hasta ese momento ofrecía sólo música instrumental era una excelente idea. Buscando entre las canciones que ya tenía escritas pero que nunca había terminado de completar, ni había grabado en forma definitiva, encontré una canción que debo haber escrito en 2004 ó 2005, mientras vivía en Canadá. Estaba bastante avanzada, aunque la letra original no me parecía demasiado interesante. No me gustaba, quoi. La cambié casi por completo. Sólo conservé algunos versos del estribillo y la pregunta con la que comienza cada estrofa: ¿Quién cree?

Se trata de una obra conceptual, es decir que debe ser escuchada como un todo, de principio a fin. Dura cuarenta y ocho minutos, sin ningún tipo de pausa intermedia. Utilicé las cuarenta y ocho pistas del programa de edición musical de mi computadora. Dada la intensidad de la obra, con la voluntad de reflejar desde el título el nombre de la única parte que podría considerarse “una canción” – incluida a la mitad del álbum, que lleva el nombre de “Azote”; me decidí por un título que abarcara y conjugara sendas realidades. Decidí llamar al álbum “Cuarenta y ocho azotes”. 




jueves, 17 de septiembre de 2026

CIENTO NOVENTA Y DOS

Estática. Estático. Es táctica. Es estética. Es estigmatizada. Estocada. Estuche.

Nadie escucha.

Ruiditos. Zumbiditos. Soniditos. Crujiditos. Chasquiditos. Chirriditos.

Silencio. ¿Tranquilidad? ¿Calma? ¿Reposo?

Nota.

Tono.

¿Acorde?

Ruidos. Zumbidos. Sonidos. Crujidos. Chasquidos. Chirridos. 

Variados decibeles.

Instrumentos musicales, o no. ¿Quién sabe?

Resonancias. Sonoridades. Ecos. Golpeteos. Repiqueteos. Tintineos. Rebotes. 

Ondas sinusoidales.

Ataque.

Sustain.

Frecuencias.

Umbral de audición.

Mutis. Mutismo.

Escalera mecánica.

Acople montante. Punzante. Afilado. Ensordecedor.

Crispa los nervios.

¿Afinación?

¿Armonía? 

No hace falta.


Una cuerda, una vibración. 

Una tecla, un toque. 

Un vara, un golpe. 

Una parche, un roce. 

Un pistón, una bocanada de aire. 

Un botón, un algoritmo. 

Una perilla, un proceso. 

Una antena, un gesto.

Herramientas.


Sonido ambiente. Ambiente silencioso.

Mínimo.

Abstracto.

Madera. Metal. Mineral. Plástico. Vidrio. Losa. Cerámica.

Roca.

Piel. Cuero. Tripa. Pelo. Hueso.

Orgánico. Sintético.

Sólido. Líquido. Gaseoso.

Áspero.

En bruto.


Abstracción.

Noise.

Experimento.

Espacio.

Electrónico. Eléctrico.

Acústico.

Póstumo.

Libre en libertad.

Improvisación.

Contemporáneo en vida. Vivo.

Electroacústico.

Minimalista.

Drone.

Avant-garde.

¿Arte? ¿Artístico? 

Artefacto.

Artilugio.


Melodía.

Ritmo.

Jamais ! No way! ¿Lo qué?

No se canta en este otro mundo.

No se baila en este submundo.


Conceptualización.

Idealización.

Aislamiento.

Extracción.

Separación.

Concentración.

Contemplación.

Reflexión.

Meditación.

Estructura esquiva.


Cinta magnetofónica. Óxido de hierro. Ferroso. Óxido de cromo. 

Almacenamiento analógico. Almacenamiento óptico. Almacenamiento digital.

Micrófono. Cable. Computadora. Disco rígido.

Máquina. Instrumento. Aparato.

Analógico. Digital.

Proceso. Procesamiento.


Frotar.

Friccionar.

Raspar.

Cortar.

Corte imprevisto.

Corte al fin.

Señal.

Débil.

Amplificación.


Puerta. Ventana. Persiana. Mecanismo.

Cambio de fase.

Posmodernidad.

Inevitable.

Indefinido. Indeciso.

Montones de amontonamientos. Montones de aglutinamientos. 

Torrente de apelativos.

Torrente de nombres.

Torrente de títulos.

Expansión. Expresión.

Expansividad. Expresividad.

Expansivo. Expresivo.

¿Efecto en la creatividad? ¿Creatividad efectiva?

Glotonería sonora. Glotonería sónica.

Voracidad.

Más. Mucho más.

Play. Stop. Non stop.

In. Out.

Up. Down.

Input. Output.

On. Off.

sábado, 5 de septiembre de 2026

CIENTO NOVENTA Y UNO

Las grabaciones en vivo intentan capturar el momento álgido de la performance, de la pirueta, de la locura, de lo histriónico, de lo pretensioso, del exceso de vanidad del músico que no se conforma con saber que su obra perdurará más allá de su propia existencia. Jamás estas grabaciones buscan preservar del olvido las mejores cualidades del sonido, las más creativas. Sólo ofrecen el costado circense del espectáculo musical, las acrobacias que exhibe un músico al ejecutar su instrumento, los malabares a los que somete a su cuerpo para pasar de una nota a la otra, para pasar de un acorde al otro, para interpretar las diversas figuras rítmicas que regulan su pulso. Se sabe que el silencio es esencial para la música. El ruido, también lo es. Ese ruido, a pesar de su mala fama, no deja de ser una fuente de inspiración constante para todo sonívoro, para todo melómano, para todo audiófilo. Nos provoca incesantemente la necesidad de conocer las diversas posibilidades del origen, de la concepción, de cada uno de los sonidos que se escuchan en un álbum, de las distintas formas de plasmar, de grabar, de documentar, la interpretación de tal o cual instrumento – conocido o desconocido, real o sintético – al crear una pieza musical. Hablo de las cualidades sonoras – o sónicas – con las que se busca hacer la diferencia entre un álbum u otro. De esas características del sonido que me importan más que los acordes con los que los compositores deciden delimitar una canción. De esas características del sonido que me interesan mucho más que las notas con las que los compositores deciden trazar una melodía. De esas características del sonido que no se pueden escribir en una partitura. De esas características del sonido de las que no queda otro documento que lo que escuchamos en una grabación. Lamentablemente, estas características del sonido son imposibles de imitar con exactitud: las variables para lograr cada uno de esos sonidos son incontables y permanecerán como un secreto, un enigma, ligado al momento original de cada sesión de grabación. Esa cuota de misterio – y de mística – es lo que hace que todo esto sea interesante, relevante. En la búsqueda por imitar sonidos ya existentes, forzosamente, surgen otros nuevos sonidos, otros nuevos ruidos – igualmente inspiradores y motivadores. Y esto continúa sin cesar, retroalimentando… Feedback, le dicen los gringos.

Te habrás dado cuenta de que los álbumes en vivo no son santo de mi devoción. Sin embargo, debo confesar, una vez más, que uno de mis álbumes preferidos de todos los tiempos es “Nighthawks at the Diner” de Tom Waits – grabado en vivo, en un estudio de radio, pero en directo al fin. No existe una razón que justifique esta preferencia pero me resulta interesante que sea arbitrariamente contraria al resto de mis elecciones. Loco, ¿no?

Por otro lado, cuando empecé a comprar más y más discos de jazz, comprendí que en muchos casos una versión cuidada, prolija, de esa música – grabada en un entorno controlado, en un estudio en el que se delineara milimétricamente cada uno de los sonidos que se plasmarían en una cinta, o en un disco rígido – no existe, y que para muchos carecería de sentido que existiera. Si deseaba conocer un poco más, adentrarme en este género, tenía que aceptar que para esta gente la búsqueda es otra. No tuve otra opción que rendirme a las impurezas del sonido directo – que inconscientemente me convocaban desde hacía rato – para aprender a disfrutar de otras formas de hacer música. 

Además, dentro de las famosas listas que suelen llevar títulos tan pomposos como “1001 álbumes de jazz que deberías escuchar antes de morir” o “¿Cuáles son los mejores álbumes de jazz de todos los tiempos?”, en las que se intenta dar cuenta de lo mejorcito del género a lo largo de su historia, figuran una enorme cantidad de álbumes grabados en vivo, en concierto. Tuve que reconciliarme con este tipo de grabaciones para no quedarme afuera. Tuve que aprender a disfrutar de lo que este género musical ofrece. No me arrepiento. 

Finalmente, tengo que agradecer la existencia la disquería Zival’s, en la esquina porteña de Corrientes y Callao, donde empecé a encontrar una buena cantidad de los discos mencionados en estos manualcitos un tanto forzaditos que a pesar de todo me han resultado útiles, ya que me han permitido descubrir la serie “Concerts” de Keith Jarrett a través de su tan mentado “The Köln Concert”, considerado como una obra maestra de la improvisación en solitario. Este gran pianista yanqui nos brinda desde el año 1973 discos grabados en vivo siguiendo siempre un mismo patrón: el tipo solo, sentado frente a un piano de cola, en una sala de conciertos, frente a su público, ofreciendo una performance a la que le va dando forma en el momento, según el humor que tenga, según lo que le sugiera su percepción sobre el ambiente de la sala. Fui cayendo en la tentación de sumar a mi colección los álbumes de esta serie porque a pesar de lo que uno podría creer, son todos muy distintos: algunos con un aire más jazzero, otros con un aire más clásico; algunos que ofrecen una fusión poco clara, otros que se acercan más al ambient. A mí, uno de los que más me gusta es “Sun Bear Concerts”. No sólo porque es un box-set con 6 CDs – lo que me encanta, sino porque es uno de los más introspectivos, de los más envolventes. Revisá los “Concerts” de Jarrett solito y animate sin temor a clavarte, hay para todos los gustos.

sábado, 29 de agosto de 2026

CIENTO NOVENTA

Rara vez he encontrado discos de mi interés en las grandes cadenas de disquerías; mis lugares de predilección siempre han sido las nunca bien ponderadas e infectas cuevas, cuanto más ocultas – con la menor cantidad de público posible, mejor.

Rarísimo me pareció ver “Radiolarians” de Medeski Martin & Wood – no uno, sino, los tres volúmenes del álbum, en Yenny; sobre todo porque estaba visitando la sucursal del barrio porteño de Flores, barrio que está alejado de la pomada – al márgen, barrio con poca iniciativa en lo que a exploración musical se refiere, barrio que en materia de sonidos suele apostar a lo seguro, a lo banal, a lo obvio, a lo irrelevante – artísticamente hablando, claro. 

Raro el momento en el que llegué a la caja de un solo salto para que nadie se percatara de que estaba a punto de comprar tres CDs mediante un solo deslizamiento de tarjeta – disciplina olímpica que debería ser bautizada como “evasión visual por compra desenfrenada sin escalas”, movimiento digno de un monje shaolín en pleno apogeo de su duro entrenamiento, el que le permite una destreza física envidiable y solamente equiparable a la de una gacela en fuga desesperada para evitar ser devorada; no me quiero agrandar pero, sabé que estuve digno de un puestito en el Guinness World Records.

Rareza la de tener que evitar gentuza para darse un gustito que no le jode a nadie, la de tener que dar explicaciones cuando uno es un ser libre y en completo dominio de sus facultades mentales, aunque usted no lo crea.

Raramente me preocupo por el “qué dirán”; por lo general, suelo preocuparme sólo por el “con qué me romperán”, por lo que trato de abrir el paraguas para no despertar a la bestia y mantener la calma en las aguas, en los aires, en las tierras o en las arenas; para no tener que amenazar con prender fuego todo el boliche o con quemar todas las naves, cada vez que algún entrometido osa emitir algún tipo de opinión o cuestionamiento sobre mi pasatiempo, sobre mi estilo de vida.

Rarito me dirán por estar pendiente de este o de aquel disquito, redondito, plateadito, chiquitito; sin embargo, poco me afecta porque cuando llego a casa y puedo disfrutar de un poco de música nueva – diferente, de algunos sonidos nuevos – diferentes; soy feliz, a pesar de que la gilada esté siempre dispuesta a emitir algún que otro comentario dañino con un único objetivo: desestabilizar al que hace lo que le gusta; por una simple razón: esa gilada es la que no se anima a darle a su pasión el lugar que verdaderamente se merece; esa pobre gente. 

Raros personajes grises sin devoción, austeros zombies de la perdición.


lunes, 17 de agosto de 2026

CIENTO OCHENTA Y NUEVE

¿Para qué queremos tantas guitarras? ¿Para qué queremos tantos instrumentos? ¿Para qué queremos tanta música? ¿Para qué queremos tantos discos? ¿Para qué queremos discos singles con tan pocos temas? ¿Para qué queremos discos con bonus tracks si siempre son temas de relleno? ¿Para qué queremos discos compilados que repiten – y repiten – canciones que también están en otros discos? ¿Para qué queremos dos ejemplares de un mismo álbum? ¿Para qué queremos dos discos iguales, mismo título, mismas canciones, misma tapa? ¿Para qué queremos tantos CDs si son todos redonditos y plateados? ¿Para qué queremos tantos discos de vinilo si suelen ser todos redondos y negros? ¿Para qué queremos?

“Son todos redondos y negros” me decía mi padre, en mi adolescencia, cuando le pedía unos manguitos para comprar algún disco que había llamado mi atención. Hay gente que no comprende lo que significa tener una pasión. La pasión no se explica, se vive, se experimenta. Algunas veces, se sufre. Sin embargo, siempre está presente a la hora de darnos alguna que otra satisfacción. No hay ninguna duda.

He comprado el mismo álbum más de una vez. Corrijo, varias veces. Agrego, en varias ocasiones. Aclaro, varios álbumes. Un álbum, varios discos. Diferentes formatos. Diferentes presentaciones. Diferente orígen, diferente procedencia. Otras veces, sin diferencia alguna. Simple deseo de posesión. Simple deseo de repetición. Just in case. Au cas où. Por las dudas, por si acaso, por si las moscas.

A una persona indiferente a las pasiones se le haría imposible comprender las diversas razones que han ido operando en mi psique para que tomara la decisión de comprar algún que otro álbum más de una vez. Para dicha persona mis actos rozan el despilfarro, la desmesura y la demencia. Locura, diría un supuesto sensato. ¡Ja! Ni loco, ni enfermo. A-pa-sio-na-do. ¿Para qué escatimar satisfacciones? 

“Raw Power” de Iggy and the Stooges lo compré en Montréal, chez Archambault, sobre la rue Sainte-Catherine ouest. Lo vi barato y arremetí. Como ya conocía el álbum casi de memoria porque había escuchado un sinnúmero de veces el vinilo que mi amigo Juan Carlos había dejado en mi casa durante varios años – mientras juntaba guita para una nueva bandeja, apenas sonaron los primeros acordes, me di cuenta de que era algo diferente. Al leer el librito que acompaña al disco me enteré de que se trataba de una nueva mezcla que había hecho el mismísimo Iggy Pop porque no estaba totalmente satisfecho con la que yo conocía. Suficiente como para empezar a buscar la otra versión, la que había sido publicada originalmente en 1973, la que había mezclado David Bowie, la que había disfrutado durante mi adolescencia. Como te imaginarás, imposible dejarla pasar cuando la vi, un par de años más tarde, en una versión doble – con la mezcla original en el primer disco y un segundo disco con material completamente desconocido para mis oídos, en el Yenny de Flores, sobre la avenida Rivadavia. Recuerdo que estaba paseando con una persona poco receptiva, quizás indiferente a las bondades de la emoción que se siente al conseguir recuperar una parte de tu pasado que te hace volver a vibrar aunque en distinta frecuencia. Quizás, esa gente es simplemente fría o gris, insulsa. ¿Quién sabe? Esperé a que se entretuviera con algo de su interés, seguramente algún libro de yoga o de autoayuda – algo sin demasiada sangre – seguro, y me apropincué ávidamente al sector de cajas para pagar lo más rápido posible, para no tener que responder a preguntas incómodas sobre lo que acababa de comprar, para que no se diera cuenta de que estaba comprando un CD del que ya poseía otro ejemplar – aunque diferente, para no tener que dar ninguna explicación, para que no me rompiera las pelotas. Sigo creyendo que algunas cosas es mejor callarlas. Estoy convencido. Hay que salir silbando bajito.

Con “Queer”, de los fantásticos The Wolfgang Press – uno grupo que sigo desde mi adolescencia y no me tiembla el pulso al afirmar que se trata de uno mis predilectos, me pasó algo similar. Estaba muy contento con la versión original inglesa del magnífico sello 4AD, cuando, de sopetón, me enteré de la existencia de una edición yanqui que era diferente a la que ya tenía. Diferente no sólo por la cantidad de temas que ofrecía, sino porque, además, todo el disco había tenido que sufrir modificaciones por una cuestión de derechos de autor. Parece que no habían conseguido el permiso requerido para usar los samples con los que habían construido las canciones y tuvieron que reformularlas. Resumiendo, mismo título, tapas sutilmente distintas, contenido musical bastante diferente a los oídos de un fanático empedernido. Razón más que suficiente como para no dejar de incluir ambas en la colección. ¡Más para nosotros! Por otro lado, algunos de los singles de estos muchachos presentan situaciones similares: la versión inglesa ofrece una lista de temas diferente a la lista de la versión norteamericana. Lo que da como resultado: varios discos que presentan el mismo título, tapas distintas – o no tanto, contenido musical bastante diferente a los oídos de un fanático recontraempedernido. ¡Más para nosotros! Atención, porque a veces la cosa pareciera tener un poco más de sentido. Con “Funky Little Demons”, el fanatismo afloró sin anestesia y tuve que conseguir la primera edición británica del CD porque contaba con un segundo disco de remixes. Evidentemente, también conservo la versión estándar. ¡Más para nosotros! Sin embargo, no hace falta que exista una razón formal para que uno decida adquirir más de un ejemplar de un mismo disco. Del resto de los álbumes de mis estimadísimos británicos, tengo dos copias de cada uno por el mero hecho de tener dos copias de cada uno de esos discos. ¡Más para nosotros! ¿Qué te jode? No le debo nada a nadie. No me avergüenzo al admitir que de otros álbumes también guardo celosamente una copia de repuesto. ¡Más para nosotros, muchos más! ¿Y?

Este jueguito de ofrecer versiones diferentes según el país donde se publica el álbum no es invento de estos los pibes londinenses de 4AD. No han sido precursores en esta estrategia de marketing, aunque sí hayan sido innovadores en otras cuestiones relacionadas con la música, con el sonido o con la presentación gráfica que los acompaña. Hace mil años, allá por el año 1987, cuando empecé a coleccionar discos, recuerdo las vueltas que tuve que dar para conseguir el vinilo del primer álbum de The Cure. Los muy atorrantes, lo publicaron en el Reino Unido bajo el título de “Three Imaginary Boys” y en los Estados Unidos decidieron llamarlo “Boys Don’t Cry”. Si bien es cierto que se repetían una buena cantidad de las canciones, algunas habían sido omitidas del primero para ser reemplazadas en el segundo por otras provenientes de singles de la época, supuestamente más gancheros para el mercado americano. Bla, bla, bla.

Sin ir muy lejos en el asunto de las estrategias de venta y posicionamiento de productos musicales, existe lo que todo coleccionista de discos no puede evitar percibir como una tortura oriental. Casi todas las ediciones japonesas nos someten a un sufrimiento posiblemente innecesario al incluir bonus tracks supuestamente disponibles con exclusividad para el mercado japonés. ¡Patrañas! ¡Mentiras! ¡Exageraciones! Simplemente, mística. Más de una de esas canciones extra se encuentran como lados “B” de los singles que suelen anticipar la publicación del álbum. De todas maneras, chapeau para los ponjas. Todos nosotros, como boludos que somos, siempre andamos persiguiendo las ediciones japonesas aunque su precio exceda significativamente al de una versión occidental. Se me hace imposible recordar a ciencia cierta la cantidad de veces que caí en esta tentación, en esta trampa. Sin embargo, quién me quita lo bailado. Tengo una buena cantidad de CDs japoneses en mi colección y de lo que único que me arrepiento es de no haber comprado algunos más cuando estuve de paseo por Tokyo.

Otro gancho más. Las reediciones en box-set que incluyen no sólo el álbum original remasterizado, sino una interminable cantidad de discos complementarios con lados “B” de singles, out-takes, tomas diferentes de los mismos temas, versiones mono, versiones estéreo, demos, home-recordings, remixes, Peel Sessions, sesiones de todas las radios habidas y por haber que te puedas imaginar, conciertos que anticipaban al álbum, conciertos de la gira promocional del álbum y un sinfín de perlitas que nos hacen babear, padecer y comprar. En mi caso, sucumbí a la tentación con “Metal Box” – del que también tengo un ejemplar del oportunamente llamado “Second Edition” – mismos temas, diferente gráfica – y otro en latita redonda muy monona; al mismo tiempo, me dejé tentar por “Album” – del que también tuve un ejemplar que llevaba el título de “Compact Disc” y tengo otro remasterizado; todos de Public Image Ltd. También tengo un montonazo de The Fall – imposible citarlos a todos. La lista puede tornarse infinita. Vamos por más.

Finalmente, están los obses que nunca dejan de ser fascinantes. Aquellos que después de grabar y publicar un álbum no pueden quedarse quietos y no dejan de verle defectos. Empiezan a reformularlo y poquito a poco lo reconstruyen y terminan por ofrecernos una nueva versión superadora. A pesar de saber que para el artista la publicación de esa nueva versión significa que la versión precedente está inacabada, que no presenta sus ideas tal y como él las había pensado, que puede ser obviada; como coleccionista de discos, como melómano, como sonívoro, se me hace imposible evitar rastrear cada una de las versiones existentes, aunque de antemano sepa que alguna de ellas podría ser más flojita que las otras. ¿Quién sabe? Habría que preguntarle a Peter Hammill que hizo un par de versiones diferentes de al menos cuatro de sus álbumes: “The Fall of the House of Usher”, “Incoherence”, “In a Foreign Town” y “Out of Water”; o a Robert Fripp que hizo cuatro versiones diferentes de “Exposure”. Las tengo toditas, obvio. 

Tengo muchos más ejemplos para citar. Pero creo que fui bastante claro. Me voy con la música a otra parte. Cuando no tengo suficiente espacio en las estanterías, apilo.

sábado, 11 de julio de 2026

CIENTO OCHENTA Y OCHO

¡Me cagaron! Cuando uno es un devoto seguidor, a veces le ven la cara, a veces le venden gato por liebre. Todos hemos hecho oídos sordos al consejo amigo, al intento de ponernos en vereda para no caer en la tentación al ver un disco que no poseemos de un grupo que sí conocemos y que apreciamos con ganas. Nos importa un rabanito, nos chupa un soberano huevo lo que digan, nos tiramos a la pileta y, sin anestesia, rompemos el chanchito y, aunque nos cueste un ojo de la cara, el otro huevo o un riñón, encaramos, arremetemos y compramos cualquier cosa que cuando gire, despida música; aunque el mentado disquito no deje de estar bien salado. 

Una de cal, una de arena. Dos caras, una misma moneda. ¡Quién te ha visto y quién te ve! No hay que poner las manos en el fuego por nadie, ni todos los huevos en la misma canasta, decía mi vieja. Completar una colección puede presentar sorpresas, y qué sorpresas. A veces los artistas descarrilan y vaya uno a saber qué se les cruzó por la cabeza cuando aceptaron la publicación de ciertos adefesios de esos que solemos llamar temas o canciones. Finalmente, nos obligan a pagar el pato, los platos rotos, por su falta de amor propio y terminamos amontonando objetos inútiles que solamente acumulan polvo, mugre y seguramente ácaros. Lo loco, lo sorprendente de la cosa, es que en un mismo año calendario un artista pueda meter la pata hasta el caracú, no dar pie con bola con uno de sus proyectos y con otro demostrarnos que tiene la sartén por el mango y que su versatilidad puede seguir dando frutos. Lo que termina demostrando que no hay que bajar los brazos y tener confianza en que el muchacho, en algún momento, va a dar en el blanco.

No es recomendable verlo todo de color negro, ni considerar que todo artista que nos guste es un Gardel en potencia, mucho menos que tiene la vaca atada. Conviene tener memoria de elefante y no hacer la vista gorda ante los eventuales actos fallidos de todo músico que apreciemos ya que errare humanum est. Quizás, su próximo disco no lo compremos a ciegas – o a sordas – y listo. Siempre hay alguna forma de picar antes de desembolsar. 

Perdonar es divino, no lo olvides nunca. Aunque no vamos a crucificar a un artista por un pequeño traspié, es imposible evitar que un disco feo nos caiga como un baldazo de agua fría, que haga tambalear nuestro fanatismo y que nuestro ídolo corra riesgo de caer en desgracia. A veces, se lo puede llegar a estigmatizar hasta el olvido. No hay que olvidar que el que se quema con leche, cuando vuelve a ver a la vaca, llora. Lo que no es joda, claro. Cuando la cosa está que arde, que el horno no está para bollos, uno toma sus recaudos, tiene cuidado.  

El humor de perros, en estos casos, es inevitable. Sin embargo, no conviene tirar la toalla y te recomiendo que estés atento a la música que circula porque alguna pieza de entre esa infinidad de ondas sinusoidales, de ondas sonoras, puede llegar a sorprenderte a lo grande.

El que a hierro mata, a hierro muere. Para un sonívoro, no hay como los sonidos, como la música. Eso nos define y nos moldea. Tener un bajón, tener un tropezón, no es caída. Es necesario ser cabezadura, obstinado, y creer que los creadores musicales todavía no han puesto toda la carne en el asador, que todavía quedan muchos sonidos por ahí dando vueltas, girando, rebotando, reverberando, que aún no hemos experimentado, que están allí en el éter para que en algún momento se nos presenten para descubrirlos, para disfrutarlos.

Nota bene: No es para lavarme las manos ni para evitar ir al grano que he decidido no incluir el título del disco de Doug Scharin que me cayó como una piedra, como una bomba, sino para no defenestrar a un artista que conocí por casualidad en Montréal hace más de veinte años y que me gustó. Tres de sus álbumes los conseguí en Beatnick, un sucucho de mala muerte sobre la rue Saint-Denis, ahí nomás de la station de métro Sherbrooke, en el que atendía un flaco que seguramente era vietnamita, no sólo porque solía ser bastante simpático sino porque además se comunicaba en francés, no mediante señas y gruñidos como la inmensa mayoría de los asiáticos que emigran a la provincia de Québec. Del músico en cuestión, de este versátil percusionista, he tenido la suerte de poder llegar a escuchar y a apreciar una extensa obra discográfica, abierta a diversos géneros musicales – desde indie-rock, jazz, post-rock, dub, funk, ambient, hasta experimental. Los álbumes en los que participa son eclécticamente interesantes y se publican desde los años ’90, tiene historia. Amerita cierto respeto, creo. Nunca es pan comido hasta que se degusta.

jueves, 9 de julio de 2026

CIENTO OCHENTA Y SIETE

Azar mediante, en unas cuantas oportunidades, he tenido la buena fortuna de recibir varios disquitos de cortesía – como obsequio por alguna incuestionable razón divina, a veces para bien, otras sin pompas ni platillos, siempre un lujo cuando algo viene de arriba.

Bien que uno recorra distintos reductos musicales, esté atento a géneros, artistas y sellos, se empape de la cosa sin cesar, haya abierto bien los ojos y haya visto infinidad de tapas de discos, haya leído y memorizado cantidades exorbitantes de nombres de grupos, de artistas o de álbumes, cuando se decide a domar al cocodrilo que domina la billetera para que le deje sacar algún que otro morlaco porque ha caído en la tentación, también está decidiendo cuál es el objetivo del gasto y, lamentablemente, mucho de lo que le ha llamado la atención queda fuera de alcance y está condenado, sea a caer en el olvido, sea a esperar a que le toque su momento de gracia. ¡Se van para atrás! ¡A la fila!

Conocer el nombre de un artista o de un álbum no implica recordarlo después de haber salido de la disquería. Mucho menos que nos llame la atención al verlo nuevamente y que esa segunda vez avive la voluntad de adquirir ese material para nuestra colección; sin embargo, todos sabemos que, por desgracia, muchos álbumes son esquivos y que rara vez nos cruzamos más de una vez con ellos, por lo que las segundas oportunidades son escasas, frecuentemente nulas. Attention !

Decidir, para un coleccionista, es una tarea más que difícil, sobre todo, en un mundo sobresaturado de estímulos que apuntan directamente a nuestras sensibilidades obligándonos a eliminar, a silenciar pasiones cuando lo que nos hace felices es exaltarlas. 

Encontrar, embriagar(se), elucubrar, elegir, economizar, engañar(se), entender, eliminar, escapar(se), empobrecer(se)... Enjoy! 

Falla en el sistema por falta de datos. Falla en el sistema por datos de sobra. Data full.

Gasto o inversión…, genialidad o entretenimiento…, gilipollez o reflexión…, golosina o alimento…, gula o necesidad… Los puntos de vista son variados y variables, lo que hace imposible que la duda no aflore.

Hay hazañas habituales, habrá habladurías habilidosas, hubo hastío harapiento, hay halos hasta hartazgos, habrá hoy hallazgos, hubo hechizos hedonistas, hay hegemonía heredada, habrá herejías hermosas, hubo herrumbre heterodoxa, hay hervor heteróclito, habrá héroes heterogéneos, hubo himnos híbridos, hay hipersensibilidad hiperrealista, habrá histeria hipnótica, hubo hipocresía histórica, hay hippies hispanófilos, habrá hobbies holgazanes, hubo hombres hojaldrados, hay hojalatería honesta, habrá honra homologada, hubo honor homogéneo, hay horas horizontales, habrá hojarasca hormigonada, hubo hostilidad hormonal, hay hostigamiento hospitalario, habrá huérfanos huidizos, hubo huevadas humanistas, hay huestes húmedas, habrá huéspedes humeantes, hubo humor humilde, hay husmeo humillante. 

Intuición innata o intuición por instrucción, por ilustración, por iluminación o por información. 

Júbilo.

Kilos y kilos de plástico, papel y tinta que ocupan un lugar especial en la vida de cualquier coleccionista de discos. Más allá de las materias primas, se defiende una pasión… una obsesión… una forma de vivir que podría ser percibida como anómala.

Lamparita lastre. Legendaria leyenda. Lingote lija. Lotería lonja. Lumpen luminario. 

Mientras tanto hay que laburar. El ocio también debe rendir sus frutos.

No es ninguna sorpresa. Se sabe que compro más discos de los que el tiempo me permite escuchar. Una vez que encargué varios discos – por no decir muchos – al sello francés Ici d´ailleurs, por correo, pero no por avión. Al peso. Era como un kilogramo de arte. Creo que se trataba de varios títulos de los franceses Zëro, Deity Guns, Eric Aldéa… y posiblemente de This Immortal Coil, también. Eran unos cuantos disquitos que hice enviar a la casa de Brice, un amigo francés que viajaría a visitar a sus padres que luego, a su regreso, me los traería – operación de triangulación que me hizo estar en vilo, que me hizo tener que esperar varios meses para recibir mi paquete. Calavera no chilla. Dicho ardid, me permitió ahorrar en gastos de envío y en papeleos aduaneros. Por otro lado, sin haberlo planeado previamente, un alineamiento de planetas hizo que pudiera engrosar la cantidad de discos recibidos. ¡Chan! La gente del sello, sin razón aparente, deslizó en el pedido – de regalo – un DVD de un tal Matt Elliott: “Live @ Le Grand Mix”. A primera vista, no lo reconocí y no le di importancia. Además, como en esa época no tenía ni TV ni equipo de DVD, demoré en mirarlo. Cuando finalmente fue su momento, me encantó. El tipo solo, sentadito en una sillita de mala muerte, con su guitarra de cuerdas de nylon y unos cuantos pedales de efectos hacía cosas bastante interesantes y ruidosas. Reconocí, cuando pisoteaba los aparatos, la pedalera BOSS RC-50 con la que el flaco hacía loops en real time, tanto de lo que iba tocando con la guitarra como de lo que iba cantando, de los efectos vocales que producía con su aparato fonatorio, de los gritos, de los susurros. ¡Esa máquina era la misma que yo había comprado en Tokyo un par de años antes! Fue una suerte de insight que me permitió imaginar cómo sería mi próximo proyecto musical. La semilla de “Side Lane” había sido plantada. Attenti que les paso el trapo.

Ñoqui, no toca nada este tipo. Tiene todo grabado en un aparatito con botoncitos y perillitas. ¡Chorro!

Oligarca opresivo. Tiene un esclavo a su servicio. Y encima, no deja de pisotearlo.

Para mi sorpresa, no dejo de sorprenderme.

Quintaesencia del oficio de cantautor… o… ¿será demasiado?

Recordé que en mis búsquedas de información sobre el post-rock en internet, había visto mencionado el nombre del proyecto anterior de Matt Elliott: The Third Eye Foundation; del que lamentablemente nunca había encontrado ninguno de sus discos. Razón más que suficiente para comenzar a rastrearlos. ¡Che! ¿Qué esperás? ¡Dale!

Sufre este muchacho. Parece que no da más, que la vida se lo lleva puesto.

Tuve la suerte de ir consiguiendo uno a uno sus discos solistas y los de su proyecto más marginal. Una vez más compré en el sitio de internet del sello Ici d´ailleurs, pero esta vez un box-set llamado “Songs” que incluye cuatro de sus álbumes: “Failed Songs”, “Howling Songs”, “Failing Songs” y “Drinking Songs”; con el que recibí une fois de plus, un tout petit cadeau… le DVD “Live @ Le Grand Mix”. Surprise ! Como ya lo tenía, aunque no ocupaba demasiado espacio en la estantería, lo publiqué en Mercado Libre y a los pocos días un flaco me lo compró desde la provincia de Mendoza o, quizás, desde Neuquén. Algún inhóspito lugar por esa región de nuestro país. Parece que el tipo era realmente un fanático. Inmediatamente después de haber establecido contacto, me preguntó si tenía otros discos del mentado Matt. Claro que tenía, pero no a la venta. Me insistió al punto de la vergüenza ajena por el nivel de bajeza y deficiente amor propio. Súplica denigrante. ¿Para qué someterse a semejante humillación? Tuve que recurrir a la violencia verbal para que dejara de joder con su empecinamiento y obstinación. Harcèlement, quoi ! 

Un montón de años sin grabar música nueva, desde 2003. Ya en 2011, me propuse retomar las andanzas. Grabé tanto material que en 2013 tuve que obligarme a no seguir escribiendo canciones. Fueron quince en total. Guitarras y bajos. Voces. Temas largos, larguísimos. Herramienta para componer: BOSS RC-50 Loop Station. Cuelgue. Distorsión. Desde gomas de borrar, bandejas de bar y baldes hasta afeitadoras, palitos chinos y ventiladores. Gran experimento. De nuevo rompiendo con todo.

Valió la pena estar solo. ¡La pucha que sí!

Wéstern o… ¿spaghetti?

Xilofón… no habría estado mal en este contexto de lamento introspectivo.

Yunque pesado acarreado en una mochila que se estanca.

Zigzagueantes. Bateas van, bateas vienen. Los sonívoros se entretienen.

https://mad-ride-records.bandcamp.com/album/side-lane

https://mad-ride-records.bandcamp.com/album/demos