miércoles, 30 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y SEIS

Cuando querés conocer la música de algún artista que te mencionaron pero no te animás a comprar ninguno de sus discos por temor a que sea un fiasco, para eso sirven las “ventes de garage”. Generalmente, por un par de moneditas te llevás algún disquito. Si cuando lo escuchás, te das cuenta de que no es de tu agrado, no hay nada de qué lamentarse. Lo conservás para hacer bulto, lo regalás a alguien que lo pueda aprovechar y, en una de esas, quedás como un duque o, en el peor de los casos, lo hacés guita sin remordimientos. Lo bueno del asunto es que siempre encontrás alguna que otra perlita y que cuando te vas, lo hacés sintiendo que por un momento el loser es el otro. Te retirás en ganador, con la frente bien en alto, con una sonrisita picaresca de oreja a oreja, repitiendo: ¡cómo lo cagué!, ¡cómo lo cagué!, ¡cómo lo cagué!

La lista de discos que conseguí en esas covachas de mala muerte no es tan extensa. Sin embargo, a pesar de los peores pronósticos, algunas alegrías tuve gracias al descarte de los otros. Los CDs que recuerdo haber comprado son, en orden alfabético: “Sexy Boy” de AIR French Band, grupito francés del que había escuchado un single de promoción en la Médiathèque de l’Alliance Française de Buenos Aires, para el que no juntaba ni fuerzas ni ahorros, el que a pesar de todo vaticinio me cautivó; “Foolish Thing Desire” de Daniel Ash, disco solista del cantante de Love and Rockets y de Tones on Tails, guitarrista de Bauhaus… como diría Robert Forster en sus diez reglas del Rock and Roll: “las grandes bandas no tienen miembros que graban discos solistas”… yo le sumaría: los discos solistas de los miembros de las grandes bandas no siempre son tan geniales como uno desearía que fueran… aunque como fanáticos sigamos apilándolos y atesorándolos, en su inmensa mayoría, no dejarán de ser obras de relleno; “Unstable Friends” de Eric Bernier, Michel F. Côté y Guy Trifiro, trio desconocido… un hallazgo… lo compré solamente porque la imagen de la tapa me provocó cierto deseo de posesión… al escucharlo, me sorprendió, justificó la inversión; “The Beta Band” de The Beta Band, mi amigo el New no dejaba de alabarlos y, finalmente, al conseguir escuchar uno de sus álbumes, entendí que tenía razón, que valía la pena darle bola a estos ignotos escoceses desprejuiciados; “Selmasongs” de Björk, siempre intuí que la música de esta chica me iba a resultar interesante, faltaba decidirme e iniciarme… luego compré unos cuantos más… todos de oferta, como corresponde; “Arizona Dream (Original Motion Picture Soundtrack)” de Goran Bregović, que incluía varios temitas con el capo de Iggy Pop encargándose de las voces… de uno de ellos había visto el video en un hotelucho en París muchos años antes y me había encantado… imprescindible temazo el que grabó la iguana para esta película; “Tour de Charme” de Patricia Kaas, cantante de la que mi mamá me había pedido que le consiguiera algún disco… estimo que lo disfrutó, aunque, a mi humilde entender, mi vieja no tenía muy buen oído… entre nos, era sorda como una tapia; “Khmer” de Nils Petter Molvær, discazo del que te hablé en el capítulo anterior; “The Downward Spiral” de Nine Inch Nails, grupo al que mucha gente alaba pero del yo no sé qué mierda decir… sólo que lo conservé para engrosar mi colección o porque el arte de tapa todavía me parece simpático; “Nevermind” de Nirvana, grupo del que ya hablé en el capítulo CINCUENTA Y UNO y como no encuentro ninguna razón para seguir derrochando palabras tratando de explicar lo inexplicable, permanezco en silencio; “Berlin” de Lou Reed, sin prisa y sin pausa voy tratando de completar la discografía de este brillantemente oscuro neoyorquino… cada vez me faltan menos, no te preocupes; “Hand on the Torch” de US3, al escuchar este disco, no lo resistí y lo di en parte de pago rápidamente por algo que me resultaba más interesante en L’échange, sobre la avenue Mont-Royal est; “The Velvet Underground” de The Velvet Underground, a pesar de no ser uno de mis álbumes preferidos, otra adición a la discografía del viejo Lou que valió la pena… Creo que son todos… aunque puede haber habido alguno más que he olvidado, o que he preferido conservar en el olvido. 

Además de discos, he conseguido una buena cantidad de baratijas de interés. Una flauta dulce que, después de muchos años de haberla comprado, le sirvió a mi hijo en el colegio para que la maestra no lo retara por no llevar el instrumento requerido; un pie de micrófono que usé bastante en Montréal pero que vendí porque era demasiado grande para transportarlo hasta Buenos Aires; una interfase MIDI con la que pude sincronizar un sequencer con una máquina de ritmos, con un sampler, con una computadora PowerMacintosh G3, para grabar una canción que llamé “Reflejo”; un micrófono para espías que viene con una pequeña sopapa de goma para pegarlo sobre cualquier teléfono para grabar conversaciones telefónicas con el que grabé algunas guitarras de mi disco “Side Lane”; algunos cables que sigo usando; el libro “L’arrache-cœur” de Boris Vian; un par de lámparas de escritorio – una antigua, la otra moderna – muy bonitas que tuve que abandonar al regresar a vivir en Argentina dado que el voltaje con el que trabajaban aquellos aparatos de iluminación era de 110V, diferente del que se usa en nuestro país; una bicicleta que fue mi medio de locomoción durante los períodos estivales en los que viví en Canada; una variedad de herramientas de corte marca X-ACTO con las que sigo haciendo alguna que otra maqueta de las portadas de los discos de mi sello MAD RIDE RECORDS; el equipo de audio con el que escuché música durante los cinco años y medio en los que viví en el hemisferio norte; un morralcito, no demasiado hippie, que me era muy útil cuando salía a andar en bicicleta, que aún me sigue resultando cómodo cuando salgo a caminar y no quiero llevar nada en la mano... A pesar de todos los gloriosos trastos que conseguí, creo que el que me puso más contento fue uno que me costó tan solo una moneda. A la piba que lo vendía le pregunté con cierta indiferencia cuánto pedía por “eso”, casi desmereciéndolo. Me miró y me dijo que el precio era de dos dólares canadienses porque le faltaban los protectores de espuma para las orejas. Sin dudarlo, le entregué la monedota bicolor de los osos polares en la mano y tomé férreamente sus auriculares con mi mano derecha, la fuerte, para que no se arrepintiera de la operación mientras le explicaba que a un par idéntico que tenía en mi casa le había pasado lo mismo que al suyo y que lo había reparado simplemente cortando un círculo de la medida exacta del auricular de un trozo de pañito amarillo de los que se usan para limpiar la cocina, nuevito, antes de humedecerlo, y que luego lo había cosido al armazón para que el plástico no me lastimara las orejas. La jeta de la mina no tuvo precio. Totalmente desmoralizada, se rindió ante una evidencia que le dejaba más que claro que había desperdiciado un par de auriculares de la marca alemana Sennheiser que seguramente nuevos le habrían costado cerca de los noventa dólares, lo mismo que yo había gastado por aquel par que había logrado reparar sin mucha ciencia – para reutilizarlo sin ningún tipo de inconveniente – con un trapito que se consigue en cualquier tienda, almacén o supermercado por mucho menos que los dos dólares canadienses que yo le había pagado a esta minita por esos increíbles auriculares de la hostia. De los buenos, sin duda alguna. And the winner is… Otra que la del Guasón, mi sonrisa. ¡Ja!

domingo, 20 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y CINCO

Cuando uno decide aprender a tocar un instrumento, debería tener en cuenta el esfuerzo físico que requiere dicha empresa para tomar una decisión sin remordimientos.

Con los años descubrí que me habría gustado tocar la trompeta. Pucha, algo que me quedó en el tintero. ¿Me ganó la fiaca o se me fue el tren? Hay que admitir que es un instrumento demasiado demandante, complicado. Mucho pulmón, mucho estado físico. Con soplar, casi que no es suficiente. Soplar y hacer botellas es inadmisible en este contexto. Hasta hay gente a la que le cuesta hacer un globo con un chicle, imaginate. Ni hablar durante la época de las alergias. ¡Hay que ser guapo! Debería haber perseguido ese sueño cuando aún era joven. Sin embargo, no puedo quejarme. Tuve la posibilidad de incluir el sonido de este preciado instrumento de viento en muchos de mis álbumes. Aunque en realidad, no fue del todo fácil conseguirlo. La primera vez que intenté usar una trompeta en mi música, quise convencer a un flaco que estudiaba inglés conmigo para que tocara algún arreglito sin propósito en un proyecto que nunca daré a conocer. Yo todavía estaba en la escuela secundaria, un púber inexperto era. Me faltaba escuchar mucha música todavía, debo asumirlo. Además, es muy difícil reclutar gente para hacer música fuera de los cánones de la normalidad, de lo estandarizado. Para colmo de males, más de una vez, los argumentos y explicaciones sobre mi búsqueda musical podrían ser mal interpretados. Para colmo, el pibe pertenecía a la banda estable de una iglesia evangelista y casi casi me hace exorcizar. Un fanático religioso resultó ser el colorado, lástima. Años más tarde, conocí a Leo Kaplan en el parque Rivadavia. Él vendía discos, exclusivamente de jazz. Era otro tipo de fanático. Bastante más sanito, claro. Además, tocaba la trompeta, fiel al estilo de sus ídolos de antaño aunque con la férrea voluntad de abrir nuevos caminos a través de ese género musical. Por mi lado, yo encadenaba dos ó tres distorsionadores para procesar y destruir el sonido de mi guitarra eléctrica y la tocaba como un demonio sobre las bases que programaba fuera de tempo en mi sequencer ENSONIQ SQ-1 y en mi máquina de ritmos ROLAND TR-707 para romper con cuanta tradición se interpusiera en mi camino. En síntesis, cuando a Leo lo invité a grabar, aceptó de buen grado. Además, no dudó en participar del proyecto en varios recitales. Creo que entendió a la perfección cuál era mi búsqueda de ese momento. El resultado se puede escuchar en todos y cada uno de los álbumes que grabé bajo el seudónimo de MUTANTES MELANCÓLICOS durante los años ´90. No puedo afirmar que sea una música genial u original porque nunca fui tan consciente de mis logros ni tampoco aprendí a sostener mi ego mediante una obstinada y necia soberbia. No obstante, después de haber escuchado cerca de siete mil álbumes de cuanto género se te ocurra, creo haber encontrado argumentos más que suficientes como para afirmar que mi producción musical se basa en la creatividad sin fin. 

Con el tiempo también fui acumulando instrumentos. Entre tantos trastos, no pude evitar hacerme de una trompeta a pesar de no poseer ninguna cualidad reconocible para ejecutar ese instrumento de viento. La compra la hice a través de Ebay, famosísimo sitio de subastas en línea. Podría intentar argumentar que el precio que pagué por ella resultó muy conveniente y que resultó imposible resistirse a la oferta. A decir verdad, creo que como no me habría animado a exponerme a presentarme en una tienda de instrumentos musicales en la que me ofrecieran una trompeta esperando que la probara para decidir si su sonido se acomodaba a lo que esperaba de ella, simplemente porque no tenía ni puta idea de cómo sacar una mísera notita de ese tubo enroscado, la compra a distancia, por correo, fue la mejor opción. Suerte de principiante mediante, luego de un mes de no recibir el instrumento según los términos pactados con el vendedor, inicié un reclamo. Inmediatamente, el tipo, muy acongojado por no haber podido enviar a tiempo el instrumento, me propuso un reembolso del costo de envío para subsanar los daños y perjuicios provocados por la espera suplementaria. Parece que el flaco vivía en el fondo del bosque, en el fondo de las montañas de British Columbia y se había enfermado, por lo que no bajó de su cueva al pueblito para ir a la oficina postal. Evidentemente, acepté de buen grado semejante oferta y, sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la trompeta me costó menos de noventa dólares canadienses. Algo así como sesenta y cinco de los verdes. Una ganga. Trompeta, tengo. Tocarla, la toco para sacarle brillo o para limpiarla, porque sacarle sonido se me dificulta. A pesar de todo, me animé a usarla para grabar en un par de canciones en los álbumes de ENSAMBLE DESMEMBRADO con un resultado aún mejor de lo esperado. De todas maneras, no puedo agrandarme. Me falta mucho para afirmar que puedo tocar ese condenado instrumento. 

No recuerdo haber mencionado las bondades de las "ventes de garage". Sitios infectos donde salen a la luz objetos decadentes que revelan las miserias mejor guardadas de aquellos hogares que deciden exponerse para dar pena y lástima durante todo el fin de semana en el que se despliega una exhibición atroz de trastos polvorientos, generalmente cubiertos de moho y rastros de humedad, cuyo destino más sensato sería un tacho de basura. Sin embargo, esta pobre gente se obstina en rescatar hasta el más ínfimo valor, hasta el más ínfimo céntimo, de algún pedacito insignificante de su historia familiar que a todo aquel que pase por el frente de su casa y se detenga a echarle un vistazo a la mesita improvisada en la vereda, no deja de causarle una mezcla de risa contenida y angustia solapada. Entre esos rejuntes, a pesar de todos los pronósticos, uno siempre termina cediendo a la tentación y compra algún objeto desvencijado, deteriorado, al magro precio de alguna que otra insignificante monedita. Así fue como compré el que fue el tercer disco del sello alemán ECM que incorporé en mi colección. El primero había sido “Eternity and a Day”, la banda de sonido de la compositora griega Eleni Karaindrou de la que te hablé en el capítulo CIEN. El segundo, “Der Mann Im Fahrstuhl = The Man in the Elevator” del compositor alemán Heiner Goebbels al que había llegado por seguir las andanzas de un tal Arto Lindsay, esquivo cantante y guitarrista que a pesar de negarse a tocar su guitarra siguiendo alguna de las técnicas usualmente aceptadas, a pesar de no utilizar ninguna de las afinaciones reconocidas por los estudiosos del instrumento, produce un sonido desgarrador y provocante que no deja de maravillarme. Finalmente, el tercero, fue “Khmer” del compositor y trompetista noruego Nils Petter Molvær, el que ya había logrado fascinarme en algunos de los álbumes de David Sylvian. El disco estaba un poco maltrecho, baqueteado, pero era un versión doble, con un segundo disco de remixes como bonus promocional. Un hallazgo. Sirvió como disparador para comenzar a coleccionar la obra de este tipo y abrir mis gustos hacia las bondades del jazz nórdico con su sonido contemplativo de abstracción electrónica y ensoñación mística. Lamentablemente, años más tarde tuve que procurarme un nuevo ejemplar del álbum, esta vez en versión estándar de sólo un disco – flambant neuf – porque la superficie del CD estaba bastante castigada y la portada rozaba lo impresentable por las manchas de grasa y las huellas dactilares impregnadas sobre la cartulina negra. De todas maneras, no dudé ni en hacerla guita para recuperar algunos manguitos, ni en quedarme con el disco de material adicional ya que es inconseguible de otra manera.  

Conocer al sello ECM fue como una segunda iluminación en mi vida musical. La primera había sido durante mi adolescencia, gracias al sello británico 4AD con toda su caterva de artistas que hicieron crecer mi interés por la música pop no convencional y por el arte de tapa como parte fundamental para que un álbum cierre como una obra única. Toda la música que publicaban estaba bien grabada y sonaba de puta madre. La que publican los de ECM, está mucho mejor grabada y el sonido es muchísimo más pulido. Lejos. Todos los artistas que publica el sello alemán se aproximan al virtuosismo y son intérpretes de la san puta. Todos los discos que publican tienen una gráfica cuidadísima, con imágenes sugerentes, con la que han sabido generar una identidad propia y única al sello que visibiliza inconfundiblemente sus discos entre todos los discos del resto de los sellos de los géneros en los que se especializan: jazz, música contemporánea, world music. Después de haber escuchado, después de haber apilado una ponchada de discos de este sello, después de haberme sumergido en este mundo ideal para disfrutar de una música sin igual, sin fallas – lo más cercana a la perfección que nunca nadie ha logrado aproximarse – para muchos melómanos y audiófilos, sin nada que criticar. No aguanto más, tengo que plantarme y dar mi opinión. Como sonívoro, escucho desde otro ángulo. Con el tiempo, fui dándome cuenta de que a pesar de apreciar la propuesta de este gran sello, mi gusto personal tiende a alejarse de la perfección. Cada vez más, noto que disfruto de ciertos elementos en la música que muchos marcan como errores, tanto técnicos como humanos, que siento que terminan dándole vida a las obras, que las hacen menos artificiales, más humanas. Dado que pienso que las limitaciones se vinculan íntimamente a la creatividad, estoy convencido que lo único perfecto que se puede encontrar en cualquier obra, del estilo que sea, del género que sea, es una imperfección que la distinga y que la haga salir del molde de lo esperable. En síntesis, me gusta la música bien hecha, que suene bien, que tenga lindos arreglos, que tenga una producción acabada, impecable. No obstante, si no presenta algún que otro desliz, alguna situación inesperada o desbordante, algún elemento de quiebre, con el tiempo, empiezo a perder el interés por esa música artificiosa.  

domingo, 6 de octubre de 2024

CIENTO SETENTA Y CUATRO

La disquería desapareció, se esfumó sin dejar rastros. No recuerdo su nombre, aunque creo que nunca lo supe. Recuerdo su ubicación, sobre la rue Mont-Royal est, la esquina de una cortada sobre la que encadenaba mi bicicleta cuando iba de gira por las tiendas del Plateau. Recuerdo sus grandes dimensiones, un sinfín de bateas que llegaban hasta el fondo del local. Recuerdo la enorme cantidad de música de mi agrado que encontré en ese inmenso paraíso. Recuerdo que allí compré “À poil commercial” de Arno, el disco que inauguró mi colección en Montréal. Pero por sobre todas las cosas, recuerdo a Geneviève, la chica que atendía aquella magnífica tienda de discos que, con su seductora sonrisa y sus encantos inalcanzables, lograba hipnotizar a la clientela con cada uno de sus atributos, tanto con los intangibles como con los tangibles; señorita que, a pesar del clima gélido del invierno boreal, lograba hacer latir corazones y hacer borbotear hasta las sangres más espesas, lograba hacer entrar en calor y hacer sudar sin cesar hasta a un muerto. Te lo juro… Vamos a lo nuestro porque me empieza a temblar el pulso y me da taquicardia.

Discos, hay muchos. Mi viejo, él diría que hay demasiados. Me gusta coleccionarlos, apilarlos, acumularlos, tenerlos, escucharlos. Sin embargo, estoy convencido de que no vale la pena perder el tiempo escuchando cualquier cosa, estoy convencido de que no vale la pena malgastar tu dinero en todos los discos que se te crucen por ahí. Hay que ser selectivo. A veces la selección se produce de manera consciente, reflexionada, a veces juegan otros factores. El azar, el contexto, las recomendaciones, las charlas de café, el momento espacio-temporal, los vientos, las mareas, los eclipses lunares o solares, las lecturas, los comentarios, las críticas, los chismes, los caprichos, los ardides publicitarios, los posters, las fotos de prensa, algún video, alguna canción que escuchás de rebote, algún recital que te despierta cierto interés, el arte de tapa, la idea de agrandar tu colección, el precio... Claro, el precio es un argumento de compra fundamental. Aunque el disco sea malo, habiéndolo pagado poco, la pena o la desilusión disminuyen. El dilema se desata cuando nos damos cuenta de que la música que tanto anhelábamos escuchar no justifica los grandes esfuerzos que atribuimos a la gesta desplegada para conseguir el disco en cuestión. Sea por el tiempo dedicado a su búsqueda como por la gran suma de dinero invertida en un objeto que, conforme pasan los segundos, nos demuestra lo superfluo del consumo de energía dedicado para conseguirlo y nos confirma que hemos mal gastado parte de nuestros ahorros por ese pedazo de plástico casi sin valor. Muchos hemos tenido esta clase de derrotas. Muchos hemos tenido que lidiar con este tipo de frustración. No obstante, no hay que dejarse vencer por un mal trago. Un tropezón no es caída… Siempre hay luz al final del camino… Boludeces que se dicen en busca de consuelo, claro. Lo único cierto es que cuando uno busca, encuentra. Eso me pasa constantemente. 

Vuelvo con mi estimada Genieviève. Aunque creo que esa piba era una empleadita más, su presencia hizo desaparecer a todos y cada uno del resto de los que laburaban en esa disquería, los invisibilizó. De la misma manera en la que no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el nombre del local, no guardo en mi memoria ningún recuerdo sobre el resto de sus empleados. En esa disquería estaban Geneviève y los discos. ¡Y qué discos! Ejem… Lo concreto es que un día, mientras miraba discos, una tapa negra con una flor muy sugerente me cautivó. La contratapa seguía la misma estética: otra hermosa flor sobre fondo negro, ninguna información. Misterio total. ¿Qué será esto?, seguramente pensé. El lomo siempre te saca las papas del fuego, algo decía. Sin embargo, lamentablemente, esa información, en una época en la que no era habitual usar celular, mucho menos tener acceso a internet en cualquier momento y en cualquier lugar, tampoco fue de mucha utilidad. Dijera lo que dijera, no aclaraba nada. Se trataba solamente de dos palabras blancas sobre fondo negro: FRIDGE y HAPPINESS. Así como las vez, en mayúsculas. Razón por la cual, lo que me terminó de convencer para soltar el billete, fue el precio. Magro. Chistoso. Casi regalado. Me fui con la duda, es cierto. Pero como ya he dicho con anterioridad, después de tantos años comprando disquitos con distintas suertes, uno se curte y desarrolla ciertas habilidades extrasensoriales, casi adivinatorias, que brotan de andá a saber dónde en el momento preciso en el que uno se enfrenta con la temida encrucijada: ¿compro o no compro?  

Ya con el disco en mis manos, investigué un poco en Discogs.com y me di cuenta de que uno de los tres muchachos de este ignoto grupo británico era el cerebrito detrás de Four Tet. Recordé que lo había visto en dos oportunidades como telonero de Tortoise. Un vez en el Club Soda, sobre el boulevard Saint-Laurent, solito con un par de laptops y algunas herramientas de perillaje. La otra, en Metropolis, sobre la rue Sainte-Catherine est, con el baterista Steve Reid, el que parece que tenía un curriculum bastante abultado en el mundillo del jazz americano. Tengo que admitir que la propuesta del segundo show me gustó más, aunque no me movilizó los suficiente como para buscar los discos de este muchachito. La primera vez que escuché un par de temas suyos grabados en estudio fue gracias al compilado “Exclaim! 12th Anniversary Cross-Canada Concert Series!” que regalaban con la revista Exclaim!, obvio. En ese momento, me pareció que ese tipo concretaba las ideas de esa música electrónica sin par con maestría, sin embargo, en los recitales había sentido que divagaba bastante y que no concretaba, que no lograba emocionar. Si hubiera sido por el show, no le habría comprado ni medio disco. El módico precio y la mística de la imagen de la tapa del disco de Fridge me condujeron directamente a la caja para enfrentarme una vez más con Geneviève, deslizarle un par de las monedas de los osos polares y robarle una sonrisita. Hoy compro, sin dudarlo, cada uno de los discos que encuentro de este pibe porque me terminó de convencer de que es buenísimo. No va a faltar el picarón que me acuse de querer revivir constantemente el instante de aquella sonrisita. ;-)


NB: Las grandes cantidades de artistas de los que conseguí discos en este glorioso e ignoto antro es larga: Arno, Arthur H, Bashung, Steven Brown, Califone, Chicago Underground Duo, Cocteau Twins, The Church, The Divine Comedy, Felt, Foetus, Gavin Friday, Fridge, King Crimson, Laika, Lydia Lunch, Nils Petter Molvær, Papa M, Phelan Sheppard, Ten Seconds, La Tordue, Tuxedomoon, Wisdom of Harry… Se las extraña…