martes, 30 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y CUATRO

Cuando regresás a Buenos Aires, la Reina del Plata, después de haber vivido por más de cinco años en lo que se denomina “el primer mundo”, inevitablemente, se te escapa un lagrimón. No por la nostalgia tanguera de haber vuelto a la cuna de la melancolía sino por darte cuenta de cuán lejos estás de algunas pequeñas cosas que hacen a tu felicidad cotidiana, de cuán apartado vas a quedar de un circuito que te interesaría seguir recorriendo, de cuán difícil va a ser seguir indagando sobre nuevas expresiones musicales, que te gustaría sumar a tu colección de discos, desde el mismísimo culo del mundo.

Cuando regresé de forma definitiva a Buenos Aires, el lugar del planeta tierra que me vio nacer, no puedo asegurar que haya caído en un pozo depresivo pero sí puedo afirmar que en muchos aspectos de mi vida fue como barajar y dar de nuevo. Ya tenía casi 40 pirulos, por lo que encontrar que mi ciudad ya no era la misma, que yo ya no era el mismo, fue un trago amargo cargado de desazón y disgusto. Por momentos era como si deambulara a ciegas a pesar de que todavía conservaba perfectamente en la memoria nombres de calles y medios de transporte para moverme a gusto y piacere por donde me diera la gana, sin ningún tipo de límite.

La primera dificultad a la que tuve que hacerle frente fue al hecho indiscutible de que el argentino promedio es un tipo altamente conservador y que, a pesar de que lo intente, jamás logrará salir de su circulo vicioso, que le da cierta seguridad y contención. Il faut s´en sortir, merde ! En la búsqueda de lugares para seguir comprando algún que otro disquito empecé por visitar un lugar emblemático que por suerte quedaba a escasas quince cuadras de mi departamento. Hablo del “Parque”. Lugar de encuentro al aire libre para fanáticos enfermitos y fundamentalistas del coleccionismo de discos en el que desafortunadamente lo que más encontré fue mucho olor a naftalina, mucho y penetrante olor a viejo. Lo que no hizo más que perturbarme. Apenas regresé de Montréal, al comenzar a ordenar los CDs que había dejado almacenados en cajas en la casa de mi mamá, los CDs que había ido trayendo en mis escapadas intermedias para no dejar cosas para último momento por temor a no poder traer todo junto y los CDs que traje en mi viaje definitivo, salieron a la luz algunos disquitos que había comprado más de una vez por haber encontrado versiones más interesantes, sea por diferencias en la cantidad de temas, sea por diferencias en el tipo de empaque, sea por diferencias en el país de procedencia, sea por diferencias en el estado de conservación. Así fue como preparé una cajita con algunos discos dispuesto a venderlos o a canjearlos por algo que me interesara, un domingo, en la feria del Parque Centenario, en el barrio de Caballito, en esa zona que limita con los barrios de Almagro y Villa Crespo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que se ha convertido en la meca del trueque y de la compra-venta de cualquier tipo de artículo de segundamano, sea cual sea su estado de mantenimiento y preservación. Vendí algunos CDs. Tindersticks, Magazine, Sisters of Mercy… Me los sacaron de las manos porque parece que acá en el “lejano sur” casi no se veían esos títulos. Aunque no fueran ninguna novedad, para los allí presentes lo que yo ofrecía era como un poco de aire fresco, como una transfusión de sangre nueva. A decir verdad, esta realidad me resultó un tanto deprimente. Había penuria y se notaba, grave. Volviendo a mis transacciones, a pesar de haber logrado hacerme de unos mangos, los que en esos primeros meses de expatriado-reinstalado no me venían nada mal porque todavía estaba buscando reinsertarme laboralmente, lo más interesante de todo el periplo dominguero, fue un canje. Caminando entre los puestitos que le daban cierta legitimidad a un espacio que históricamente había combinado informalidad e ilegalidad para que los melómanos accedieran a ciertos discos que no circulaban de otra manera ni por las disquerías visibles con locales a la calle, ni por las disquerías escondidas en galerías de mala muerte – las que vulgarmente eran conocidas como las “cuevas” – logré cambiar mano a mano uno de Van der Graaf Generator por “THRaKaTTaK” de King Crimson que venía en una hermosa edición digipack con poster, que hoy debe ser inconseguible. Una perla.

La segunda dificultad fue lograr abastecerme de algunos álbumes de los que había escuchado hablar allá en América del Norte, antes de subirme al avión. Sabía que habían salido a la venta en Europa o que saldrían a la venta prontamente en las Américas y no estaba dispuesto a dejarlos pasar. A pesar de los malos augurios, el primero de mi listita no fue tan complicado de encontrar. Paseando por el centro, en la esquina de las avenidas Corrientes y Callao, no pasa desapercibido un enorme comercio dedicado a la venta de libros y discos que conozco desde mi adolescencia, mientras cursaba la escuela secundaria. Según mis recuerdos, esta tienda siempre estuvo allí, aunque su interior ha ido sufriendo modificaciones de diseño, de organización, y ha ido mutando de acuerdo a la mercadería que ofrece en sus anaqueles. Quizás ya hayas adivinado que el local en cuestión no es otro que el mítico Zival’s, bastión del tango y del jazz. Un día en el que pasé por esa esquina, decidí entrar, aunque sin demasiadas expectativas. Para mi sorpresa, me enteré de que ellos se encargaban de la distribución del tan codiciado sello alemán ECM Records. Sello del que yo esperaba conseguir el primer álbum solista de un trompetista noruego exintegrante de un grupo que había tenido la oportunidad de ver en el Festival International de Jazz de Montréal y, como si fuera poco, les había comprado todos y cada uno de sus discos – salvo el primero, que nunca fue republicado masivamente y que se consigue sólo en el mercado de los usados en su primera y única versión de un ignoto sello noruego que venden a una pequeña fortuna pero, como te imaginarás, nunca tomé la decisión de afrontar semejante gasto. Insisto. Vaya sorpresa. En un primer momento, vi una gran cantidad de discos de ECM en las bateas. En un segundo momento, vi exactamente el disco que estaba buscando, el disco que me estaba cuestionando cómo conseguir, “The Door” de Mathias Eick. Quedé petrificado, absorto. Evidentemente, lo compré sin vacilar. Esto resultó un hallazgo doble porque me abrió las puertas para visitar tiendas de discos que conocía pero que no solía frecuentar antes de dejar Buenos Aires rumbo al norte esperanzador. Resignifiqué la experiencia como una puerta de escape al trago amargo del Parque Centenario que no dejaba de hacerme cuestionar tanto mi cordura como mi interés por continuar con una actividad que me gustaba aunque no bajo las condiciones que me ofrecían los espacios que otrora había frecuentado. Creo que de no haber comprendido que podía buscar discos de otra manera, en otros ámbitos, creo que si seguir coleccionando hubiera dependido exclusivamente de lo que hubiera podido encontrar en el Parque Centenario o en las “cuevas”, no habría soportado sostener mi interés por coleccionar discos de música. El “Parque” me deprimía, me deprimió y continúa deprimiéndome. Las “cuevas” me producen un efecto similar. Sea por la clientela, sea por los propietarios. Encontrar personajes que traen un disco desde su casa en una bolsita de panadería para mostrártelo porque saben que querés comprarlo, te lo refriegan por las narices y cuando les preguntás por el precio te responden sarcásticamente con un simple “no lo vendo”, me resulta patético. Encontrar acumuladores seriales de discos de música y de películas que no tienen ni idea de lo que guardan en su casa, me resulta enfermizo. Encontrar tipos que te piden rebaja argumentando que son revendedores en un conocido comercio céntrico, me resulta de lo más bajo y vil. Encontrar calculadores experimentados que pretenden hacerse pasar por amigotes asegurando que te hacen un precio diferenciado mientras que es seguro que te van a cobrar más que a cualquiera, me resulta decadente. Encontrar personajes que piensan que su tienda de discos es el mejor referente del rubro que existe en mi Buenos Aires querido, me resulta ególatra y desatinado, más bien loser. Hoy en día, sólo voy al “Parque” para casos puntuales, cuando tengo que encontrarme con alguien, para comprar o vender algo y permanezco en el lugar lo estrictamente necesario. A las “cuevas”, trato de evitarlas.

Para la tercera dificultad encontré la solución sin mucho trámite. El único sufrimiento del asunto me lo produjo la visita al dentista – seres especializados en un gran abanico de torturas al ser humano – gracias a la que conocí un local de la Galería Los Andes, en la avenida Cabildo, en el barrio porteño de Belgrano. De pasada, miré la vidriera. Vi cositas interesantes. Me llamó la atención el nombre: Parklife. De regreso de mi sesión con el verdugo, entré y le pregunté abiertamente al flaco de la disquería si la tienda tenía algo que ver con El Oasis, una disquería que había frecuentado en esa misma galería en mis épocas de docente en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo, en la Univesidad de Buenos Aires, allá en Ciudad Universitaria, antes de mi exilio. Me miró raro, cruzado. Seguramente por una antigua rivalidad entre los fans de dos bandas inglesas que nunca comprendí. Ni a las bandas, ni a esa enemistad de tinte futbolero en un mundo, quizás, un tanto más culto. Como a todo vendedor que se precie, le duró poco la jeta: le pregunté por el precio de un disco que exhibía en la vitrina y sin dudarlo se lo compré. Se trataba de un álbum recientemente publicado bajo el título de “Car Alarm” de unos muchachos de Chicago, íntimamente relacionados con Tortoise – uno de mis grupos predilectos, que se hacen llamar The Sea and Cake, título que ansiaba conseguir para continuar engrosando mi colección de post-rock.

El cuarto, fue más un obstáculo que una dificultad. Tuve que franquear algo parecido a un prejuicio. Con los años había ido engrosando poco a poco mi colección de discos de jazz. Sin embargo, muy raras fueron las veces en las que tomé la decisión de comprar títulos de aquellos considerados clásicos. Fue al regresar de Montréal que me dejé tentar por unos cuántos títulos del famoso sello Blue Note que encontré en la librería Ghandi, también sobre la avenida Corrientes, aunque en aquel momento ubicada en un local más cercano a la esquina de la avenida Callao. Tenían un montón de títulos y compré una buena cantidad de ellos, todos de un plumazo. “Out to Lunch!” de Eric Dolphy, “Empyrean Isles” y “Maiden Voyage” de Herbie Hancock, “The Real McCoy” - de McCoy Tyner, “Hub-Tones” de Freddie Hubbard, “Symphony for Improvisers” de Don Cherry. Tenía que recuperar el tiempo perdido. No era cuestión de seguir privándome de la magia de estas grabaciones por pensar que todos los álbumes de jazz sonaban igual y que con escuchar unos poquitos era suficiente. Hoy que llevo acumulados centenares de discos de jazz creo que se trata de un género que por su filosofía debería permitir expandir la paleta de sonidos al infinito; aunque estoy seguro de que lamentablemente muchos de los cultores del género puro no logran tener ni la valentía ni la apertura mental suficientes como para permitirse desplegar este lenguaje musical al máximo de sus posibilidades, como para animarse a ir un poquito más allá de las convenciones. Finalmente no sólo se trata de decidirse, de atreverse, sino también de tener con qué hacerlo. Plin, caja. 

domingo, 14 de diciembre de 2025

CIENTO OCHENTA Y TRES

¿Para qué reprimir el impulso irrefrenable del gasto innecesario en objetos suntuarios de dudosa vida útil vinculados a los caprichos del efímero instante del deseo satisfecho? “Moderation is a fatal thing (…). Nothing succeeds like excess.” Hizo decir Oscar Wilde, allá por el siglo XIX, a uno de sus personajes en su obra de teatro “A Woman of No Importance.” Sin saberlo, sin siquiera haber leído su texto, al comenzar a coleccionar discos, le hice caso. ¡Vaya que le hice caso! Una colección de más de 7.000 ítems avalan mis excesos. Tené en cuenta que se trata tan solo de un cálculo aproximado en el que no he agregado los títulos incluídos en la enorme cantidad de box-sets que poseo, los que al desglosarse sumarían una considerable cantidad de artículos adicionales a mi aprovisionamiento musical. 

Algunos basan su relación con la vida en el aforismo “lo bueno, si breve, dos veces bueno,” buscan el minimalismo, la síntesis, la depuración a lo estrictamente necesario; yo busco la acumulación desmedida sin ningún tipo de límite. Al poco tiempo de haber regresado de Montréal, una persona muy entrometida y bastante estrecha me cuestionó la necesidad de poseer tantas guitarras, tantos instrumentos de música. La necesidad de poseer tantos discos. Esgrimía como argumento la imposibilidad de utilizar más de uno de estos objetos a la vez. La imposibilidad de escuchar más de un disco a la vez. Acto seguido, esta persona tan insensata insistió incansablemente en que sería una buena idea que vendiera algún instrumento, algunos discos. Craso error. Como te imaginarás, después de cierta edad, cuando algún energúmeno e incauto manipulador sin carisma incurre en la imprudencia imperdonable de sugerir que lo que uno ha atesorado durante más de 40 años con grandes esfuerzos es demasiado, hay que mandarlo bien a la mierda, sin tapujos y listo. Y bueno, che. Soy consumista, me gusta coleccionar, es mi pasión… Demasiadas explicaciones. ¡Chito! ¡Qué te metés! 

Hace un tiempo encontré una cita atribuida al semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco. Decía que “es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, así como es una tontería criticar a quienes compran más libros de los que jamás podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos, vasos, destornilladores o brocas que compraste antes de comprar nuevos. Hay cosas en la vida que necesitamos tener en abundancia, aunque solo usemos una pequeña porción.” Me pareció genial porque si cada vez que aparece la palabra “libros” la reemplazáramos por la palabra “discos”, se adaptaría con precisión a mi realidad. ¡Era un fenómeno este tipo! Es la respuesta justa y precisa que hay que darle a los sermoneadores seriales que no dejan de entrometerse en nuestra opípara vida de coleccionistas (de discos).

Por otro lado, el interés por el arte se puede entender como la voluntad de reemplazo de cualquier tipo de práctica religiosa. Para muchos de los coleccionistas, el objeto de culto es justamente la propia colección, la que en el caso de los que coleccionamos discos de música tiene una íntima conexión con varias expresiones artísticas, lo que nos hace ser devotos empedernidos de otros tipos de deidades. Contrariamente a lo que proponen muchas creencias religiosas que basan su dogma en la austeridad y la pobreza, el coleccionismo se basa en la exageración y la abundancia. Resulta interesante ver cómo Denis Diderot en su obra “Jacques le fataliste et son maître” presenta un crítica filosamente filosófica a los preceptos de moderación propuestos por la iglesia católica, los que podrían haber sido atribuidos también a cualquier otro culto existente, claro. ¿Quiénes son estos ñatos para exigirte que no poseas ataduras terrenales a tus objetos de deseo? ¿Quiénes son para exigirte aceptar la carencia de algo que tanto te gusta? ¿Quiénes son para insistir en adoctrinarte para que te contentes con lo que ellos consideran lo estrictamente necesario? Yo quiero más, mucho más. ¿No sé vos? Seguramente unos cuantos de estos tiranos inquisidores, aunque pregonen lo contrario, están siempre deseosos de grandes fastuosidades. Hay que aprender a acorralar a la hipocresía: “supporter l’indigence quand on y est né, c’est ce qu’une multitude d’hommes savent faire; mais passer de l’opulence au plus étroit nécessaire, s’en contenter, y trouver la félicité, c’est ce que je ne comprends pas. Voilà à quoi sert la religion.” Cada uno encuentra su credo. En el mío están permitidas la Codicia, la Envidia, la Idolatría, la Insensatez, la Gula y seguramente algunas más con las que tendrías asegurado algún lugarcito en el mismísimo infierno. Acumular, almacenar, amontonar, apilar, juntar o simplemente coleccionar. Eso es lo que muchos de nosotros hacemos. Y nos gusta hacerlo, a pesar de los sermones de los cautos, de los prudentes, de los medidos, de los aburridos. ¡Aguante la exageración!

¿Por qué me decidí a coleccionar discos? “I loved the noise.” Tal como gritaba Peter Hammill, me gusta el sonido, me gustan los ruidos. Un disco es la mejor manera de almacenar esos ruidos y de poder recurrir a ellos a tu antojo. Además, coleccionar discos es casi como coleccionar figuritas. Conseguir completar la discografía de un artista da la misma satisfacción que conseguir la última figurita con la que llenás el álbum. Quizás sea por las imágenes, las fotos, las portadas, los colores, los elementos de los embalajes. El valor agregado que le da la gráfica a los discos es innegable. Lo tangible, lo físico, lo visual, lo efímero de los materiales. Todo eso es un plus para la música. Muchos álbumes geniales pierden puntos y se perjudica su impacto en el oyente a causa de una portada mal escogida que no ayuda a realzar la promesa de una experiencia artística intangible que se completa gracias a lo que nos muestran las imágenes que envuelven al objeto que materializa dicha experiencia. El elemento visual debe aprovecharse a modo de anticipación, de preparación, para predisponer positivamente al que va a escuchar esa música, para que ese momento se transforme en algo mágico, único e inolvidable.

Cuando algún salame insinúa que tiene una inmensa colección de música en su celular, en una USB en un disco rígido o en su computadora, esbozo una sonrisa. Jamás voy a coleccionar MP3, es una estupidez. ¿Qué sentido tiene ver una lista de los nombres de la música disponible en tu colección en una pantallita? ¿No es más lindo vestir los muros de tu casa con frondosas estanterías repletas de los discos que has atesorado durante años, abarrotadas de artículos – a veces ordenados, otras no tanto, aprovechando hasta el más mínimo espacio para seguir acumulando más discos, con una leve capa de polvo que te obliga a pasar de vez en cuando un trapito mientras vas leyendo los lomos de cada uno de estos objetos que te remiten a vivencias, que te traen recuerdos, rostros de amigos, experiencias, emociones, sinsabores, anécdotas, que de otra manera habrían permanecido en el olvido? Esos objetos, que para algún desamorado sin pasiones son la mera combinación de papel y plástico, trazan y delinean la historia de tu vida mejor que nada en el mundo. Esas estanterías desbordantes representan con exactitud el sueño del pibe. Ningún disco está demás, cada uno cuenta una historia, cada uno representa un momento preciso de tu vida. Desvincularse de alguno de estos instantes en el tiempo significaría perder una parte de vos, decidir dejar de ser vos mismo.  

Para finalizar, tomo una vez más una frase que el punzante Oscar Wilde escribiera en su obra de teatro “Lady Windermere’s Fan,” en la que delinea con astucia el malestar que el coleccionista debe padecer en cada uno de los pasos que da para satisfacer sus ansias por completar una colección que le trae tanto tragos amargos como recompensas. Presenta las dos caras de una misma moneda que pareciera nunca favorecernos por completo con su resultado: “In this world there are two tragedies. One is not getting what one wants, and the other is getting it.”