sábado, 11 de julio de 2026

CIENTO OCHENTA Y OCHO

¡Me cagaron! Cuando uno es un devoto seguidor, a veces le ven la cara, a veces le venden gato por liebre. Todos hemos hecho oídos sordos al consejo amigo, al intento de ponernos en vereda para no caer en la tentación al ver un disco que no poseemos de un grupo que sí conocemos y que apreciamos con ganas. Nos importa un rabanito, nos chupa un soberano huevo lo que digan, nos tiramos a la pileta y, sin anestesia, rompemos el chanchito y, aunque nos cueste un ojo de la cara, el otro huevo o un riñón, encaramos, arremetemos y compramos cualquier cosa que cuando gire, despida música; aunque el mentado disquito no deje de estar bien salado. 

Una de cal, una de arena. Dos caras, una misma moneda. ¡Quién te ha visto y quién te ve! No hay que poner las manos en el fuego por nadie, ni todos los huevos en la misma canasta, decía mi vieja. Completar una colección puede presentar sorpresas, y qué sorpresas. A veces los artistas descarrilan y vaya uno a saber qué se les cruzó por la cabeza cuando aceptaron la publicación de ciertos adefesios de esos que solemos llamar temas o canciones. Finalmente, nos obligan a pagar el pato, los platos rotos, por su falta de amor propio y terminamos amontonando objetos inútiles que solamente acumulan polvo, mugre y seguramente ácaros. Lo loco, lo sorprendente de la cosa, es que en un mismo año calendario un artista pueda meter la pata hasta el caracú, no dar pie con bola con uno de sus proyectos y con otro demostrarnos que tiene la sartén por el mango y que su versatilidad puede seguir dando frutos. Lo que termina demostrando que no hay que bajar los brazos y tener confianza en que el muchacho, en algún momento, va a dar en el blanco.

No es recomendable verlo todo de color negro, ni considerar que todo artista que nos guste es un Gardel en potencia, mucho menos que tiene la vaca atada. Conviene tener memoria de elefante y no hacer la vista gorda ante los eventuales actos fallidos de todo músico que apreciemos ya que errare humanum est. Quizás, su próximo disco no lo compremos a ciegas – o a sordas – y listo. Siempre hay alguna forma de picar antes de desembolsar. 

Perdonar es divino, no lo olvides nunca. Aunque no vamos a crucificar a un artista por un pequeño traspié, es imposible evitar que un disco feo nos caiga como un baldazo de agua fría, que haga tambalear nuestro fanatismo y que nuestro ídolo corra riesgo de caer en desgracia. A veces, se lo puede llegar a estigmatizar hasta el olvido. No hay que olvidar que el que se quema con leche, cuando vuelve a ver a la vaca, llora. Lo que no es joda, claro. Cuando la cosa está que arde, que el horno no está para bollos, uno toma sus recaudos, tiene cuidado.  

El humor de perros, en estos casos, es inevitable. Sin embargo, no conviene tirar la toalla y te recomiendo que estés atento a la música que circula porque alguna pieza de entre esa infinidad de ondas sinusoidales, de ondas sonoras, puede llegar a sorprenderte a lo grande.

El que a hierro mata, a hierro muere. Para un sonívoro, no hay como los sonidos, como la música. Eso nos define y nos moldea. Tener un bajón, tener un tropezón, no es caída. Es necesario ser cabezadura, obstinado, y creer que los creadores musicales todavía no han puesto toda la carne en el asador, que todavía quedan muchos sonidos por ahí dando vueltas, girando, rebotando, reverberando, que aún no hemos experimentado, que están allí en el éter para que en algún momento se nos presenten para descubrirlos, para disfrutarlos.

Nota bene: No es para lavarme las manos ni para evitar ir al grano que he decidido no incluir el título del disco de Doug Scharin que me cayó como una piedra, como una bomba, sino para no defenestrar a un artista que conocí por casualidad en Montréal hace más de veinte años y que me gustó. Tres de sus álbumes los conseguí en Beatnick, un sucucho de mala muerte sobre la rue Saint-Denis, ahí nomás de la station de métro Sherbrooke, en el que atendía un flaco que seguramente era vietnamita, no sólo porque solía ser bastante simpático sino porque además se comunicaba en francés, no mediante señas y gruñidos como la inmensa mayoría de los asiáticos que emigran a la provincia de Québec. Del músico en cuestión, de este versátil percusionista, he tenido la suerte de poder llegar a escuchar y a apreciar una extensa obra discográfica, abierta a diversos géneros musicales – desde indie-rock, jazz, post-rock, dub, funk, ambient, hasta experimental. Los álbumes en los que participa son eclécticamente interesantes y se publican desde los años ’90, tiene historia. Amerita cierto respeto, creo. Nunca es pan comido hasta que se degusta.

jueves, 9 de julio de 2026

CIENTO OCHENTA Y SIETE

Azar mediante, en unas cuantas oportunidades, he tenido la buena fortuna de recibir varios disquitos de cortesía – como obsequio por alguna incuestionable razón divina, a veces para bien, otras sin pompas ni platillos, siempre un lujo cuando algo viene de arriba.

Bien que uno recorra distintos reductos musicales, esté atento a géneros, artistas y sellos, se empape de la cosa sin cesar, haya abierto bien los ojos y haya visto infinidad de tapas de discos, haya leído y memorizado cantidades exorbitantes de nombres de grupos, de artistas o de álbumes, cuando se decide a domar al cocodrilo que domina la billetera para que le deje sacar algún que otro morlaco porque ha caído en la tentación, también está decidiendo cuál es el objetivo del gasto y, lamentablemente, mucho de lo que le ha llamado la atención queda fuera de alcance y está condenado, sea a caer en el olvido, sea a esperar a que le toque su momento de gracia. ¡Se van para atrás! ¡A la fila!

Conocer el nombre de un artista o de un álbum no implica recordarlo después de haber salido de la disquería. Mucho menos que nos llame la atención al verlo nuevamente y que esa segunda vez avive la voluntad de adquirir ese material para nuestra colección; sin embargo, todos sabemos que, por desgracia, muchos álbumes son esquivos y que rara vez nos cruzamos más de una vez con ellos, por lo que las segundas oportunidades son escasas, frecuentemente nulas. Attention !

Decidir, para un coleccionista, es una tarea más que difícil, sobre todo, en un mundo sobresaturado de estímulos que apuntan directamente a nuestras sensibilidades obligándonos a eliminar, a silenciar pasiones cuando lo que nos hace felices es exaltarlas. 

Encontrar, embriagar(se), elucubrar, elegir, economizar, engañar(se), entender, eliminar, escapar(se), empobrecer(se)... Enjoy! 

Falla en el sistema por falta de datos. Falla en el sistema por datos de sobra. Data full.

Gasto o inversión…, genialidad o entretenimiento…, gilipollez o reflexión…, golosina o alimento…, gula o necesidad… Los puntos de vista son variados y variables, lo que hace imposible que la duda no aflore.

Hay hazañas habituales, habrá habladurías habilidosas, hubo hastío harapiento, hay halos hasta hartazgos, habrá hoy hallazgos, hubo hechizos hedonistas, hay hegemonía heredada, habrá herejías hermosas, hubo herrumbre heterodoxa, hay hervor heteróclito, habrá héroes heterogéneos, hubo himnos híbridos, hay hipersensibilidad hiperrealista, habrá histeria hipnótica, hubo hipocresía histórica, hay hippies hispanófilos, habrá hobbies holgazanes, hubo hombres hojaldrados, hay hojalatería honesta, habrá honra homologada, hubo honor homogéneo, hay horas horizontales, habrá hojarasca hormigonada, hubo hostilidad hormonal, hay hostigamiento hospitalario, habrá huérfanos huidizos, hubo huevadas humanistas, hay huestes húmedas, habrá huéspedes humeantes, hubo humor humilde, hay husmeo humillante. 

Intuición innata o intuición por instrucción, por ilustración, por iluminación o por información. 

Júbilo.

Kilos y kilos de plástico, papel y tinta que ocupan un lugar especial en la vida de cualquier coleccionista de discos. Más allá de las materias primas, se defiende una pasión… una obsesión… una forma de vivir que podría ser percibida como anómala.

Lamparita lastre. Legendaria leyenda. Lingote lija. Lotería lonja. Lumpen luminario. 

Mientras tanto hay que laburar. El ocio también debe rendir sus frutos.

No es ninguna sorpresa. Se sabe que compro más discos de los que el tiempo me permite escuchar. Una vez que encargué varios discos – por no decir muchos – al sello francés Ici d´ailleurs, por correo, pero no por avión. Al peso. Era como un kilogramo de arte. Creo que se trataba de varios títulos de los franceses Zëro, Deity Guns, Eric Aldéa… y posiblemente de This Immortal Coil, también. Eran unos cuantos disquitos que hice enviar a la casa de Brice, un amigo francés que viajaría a visitar a sus padres que luego, a su regreso, me los traería – operación de triangulación que me hizo estar en vilo, que me hizo tener que esperar varios meses para recibir mi paquete. Calavera no chilla. Dicho ardid, me permitió ahorrar en gastos de envío y en papeleos aduaneros. Por otro lado, sin haberlo planeado previamente, un alineamiento de planetas hizo que pudiera engrosar la cantidad de discos recibidos. ¡Chan! La gente del sello, sin razón aparente, deslizó en el pedido – de regalo – un DVD de un tal Matt Elliott: “Live @ Le Grand Mix”. A primera vista, no lo reconocí y no le di importancia. Además, como en esa época no tenía ni TV ni equipo de DVD, demoré en mirarlo. Cuando finalmente fue su momento, me encantó. El tipo solo, sentadito en una sillita de mala muerte, con su guitarra de cuerdas de nylon y unos cuantos pedales de efectos hacía cosas bastante interesantes y ruidosas. Reconocí, cuando pisoteaba los aparatos, la pedalera BOSS RC-50 con la que el flaco hacía loops en real time, tanto de lo que iba tocando con la guitarra como de lo que iba cantando, de los efectos vocales que producía con su aparato fonatorio, de los gritos, de los susurros. ¡Esa máquina era la misma que yo había comprado en Tokyo un par de años antes! Fue una suerte de insight que me permitió imaginar cómo sería mi próximo proyecto musical. La semilla de “Side Lane” había sido plantada. Attenti que les paso el trapo.

Ñoqui, no toca nada este tipo. Tiene todo grabado en un aparatito con botoncitos y perillitas. ¡Chorro!

Oligarca opresivo. Tiene un esclavo a su servicio. Y encima, no deja de pisotearlo.

Para mi sorpresa, no dejo de sorprenderme.

Quintaesencia del oficio de cantautor… o… ¿será demasiado?

Recordé que en mis búsquedas de información sobre el post-rock en internet, había visto mencionado el nombre del proyecto anterior de Matt Elliott: The Third Eye Foundation; del que lamentablemente nunca había encontrado ninguno de sus discos. Razón más que suficiente para comenzar a rastrearlos. ¡Che! ¿Qué esperás? ¡Dale!

Sufre este muchacho. Parece que no da más, que la vida se lo lleva puesto.

Tuve la suerte de ir consiguiendo uno a uno sus discos solistas y los de su proyecto más marginal. Una vez más compré en el sitio de internet del sello Ici d´ailleurs, pero esta vez un box-set llamado “Songs” que incluye cuatro de sus álbumes: “Failed Songs”, “Howling Songs”, “Failing Songs” y “Drinking Songs”; con el que recibí une fois de plus, un tout petit cadeau… le DVD “Live @ Le Grand Mix”. Surprise ! Como ya lo tenía, aunque no ocupaba demasiado espacio en la estantería, lo publiqué en Mercado Libre y a los pocos días un flaco me lo compró desde la provincia de Mendoza o, quizás, desde Neuquén. Algún inhóspito lugar por esa región de nuestro país. Parece que el tipo era realmente un fanático. Inmediatamente después de haber establecido contacto, me preguntó si tenía otros discos del mentado Matt. Claro que tenía, pero no a la venta. Me insistió al punto de la vergüenza ajena por el nivel de bajeza y deficiente amor propio. Súplica denigrante. ¿Para qué someterse a semejante humillación? Tuve que recurrir a la violencia verbal para que dejara de joder con su empecinamiento y obstinación. Harcèlement, quoi ! 

Un montón de años sin grabar música nueva, desde 2003. Ya en 2011, me propuse retomar las andanzas. Grabé tanto material que en 2013 tuve que obligarme a no seguir escribiendo canciones. Fueron quince en total. Guitarras y bajos. Voces. Temas largos, larguísimos. Herramienta para componer: BOSS RC-50 Loop Station. Cuelgue. Distorsión. Desde gomas de borrar, bandejas de bar y baldes hasta afeitadoras, palitos chinos y ventiladores. Gran experimento. De nuevo rompiendo con todo.

Valió la pena estar solo. ¡La pucha que sí!

Wéstern o… ¿spaghetti?

Xilofón… no habría estado mal en este contexto de lamento introspectivo.

Yunque pesado acarreado en una mochila que se estanca.

Zigzagueantes. Bateas van, bateas vienen. Los sonívoros se entretienen.

https://mad-ride-records.bandcamp.com/album/side-lane

https://mad-ride-records.bandcamp.com/album/demos

jueves, 19 de febrero de 2026

CIENTO OCHENTA Y SEIS

En algún momento, los veía por todos lados. Fanzines, afiches, diarios, revistas. Escuchaba hablar de ellos. Seguido, vamos. En Montréal, los veneraban. Eran ídolos totales. Mmmmm… ¿Serán árabes?, pensaba. Me hacían ruido. Eran dos. Peludos, barbudos, feos. Quizás, mugrientos. Seguro borrachines. Usaban polleritas tableadas. Les dicen “kilt”. Me enteré de que eran escoceses. Entendí todo, o casi.

En realidad, no entendí nada. El slang se me escapa. Junté coraje y guita. Compré un par de sus discos, usados, de oferta, en un primer piso impresentable. Rue Saint-Denis. Escalera desvencijada. Peligro de desmoronamiento. Escalera de madera apolillada. Casa antiquísima. Peligro de derrumbe. Paso tras paso, cric, cric, machimbre al borde del quiebre. Tâche réussie, aller-retour. “Philophobia”, “The Red Thread”. Muy baratos. Un mes más tarde, mi vieja, de visita, me compró otro. También del cajón de “Prix Choc”. Archambault. Esquina, rue Sainte-Catherine est y rue Saint-Denis. Inmensidad de edificio. Planta baja, dos pisos, subsuelo. Hermoso paseo para un fin de semana invernal con tormenta de nieve y espesa niebla. “Mad for Sadness”, el disco en cuestión. (Leé Memorias de un Sonívoro CIENTO TREINTA Y NUEVE, del miércoles 16 de febrero de 2022, si te interesa saber más.)

En Buenos Aires, me picó el bichito. Again. Encontré “Elephant Shoe”, barato – bastante – para la realidad discográfica porteña. Disquería ahora desaparecida. Otra esquina, avenidas Santa Fe y Pueyrredón. ¿The Hacienda? Lindo lugar. Muchas alegrías me ha dado. Aunque parece que algunos de ellos no eran muy felices. 

Vuelta a los escoceses. Enamoramiento tardío. Descubrimiento de sentido. ¡Era hora! ¿Quién sabe? Letras punzantes. Sonido intimista, casi berreta. Referencias sexuales desde el vamos, explícitas. No pude resistir a sus encantos. No pude resistir a su aspereza. No pude resisitir. Sucumbí a la tentación, como siempre. Avistamiento de “Monday at the Hug & Pint”, “The Last Romance”. De regreso en lo de viejos conocidos, Oíd Mortales, con Damián. Su sonrisa. Su alegría. Su euforia. ¿Por una venta post 90’s? ¿Por su aprecio por el material en cuestión? Qui sait ? En tout cas, une belle rencontre après si longtemps… Otro que se extinguió. 

Rumor. Reedición. Deluxe double disc sets. Dobles, yes! Mucha más música. Original albums; Peel Sessions; Live at King Tut's, Glasgow 1996; Live at T in the Park, 1998. Cardboard slipcases. “The Week Never Starts Round Here”, “Philophobia” – encore. Sin reflexión, compra directa al sello. Chemikal Underground, desde Glasgow, Scotland. Otras manchas al tigre, dale.

Pronto, muy pronto, pila – sin anestesia – de singles en El Patio de La Paternal, ex El Oasis. Gracias a Germán, colección en ebullición. Los años van pasando, no en vano. Todo lo que aparece, se suma sans hésitation. Gran cantidad… cantidad descomunal. Glotonería musical. Archivemos. Who gives a fuck? 

jueves, 29 de enero de 2026

CIENTO OCHENTA Y CINCO

Poca cosa cualquier inofensiva obviedad;

pospongamos aquel opíparo pasado de gloria;

posterguemos lo inevitable, la acumulación, ción, ción, ción.


Roca sintética que suena a cloaca vacía, sea subterránea, sea peatonal.


Póstuma obsolescencia pregonada, sin descartes;

posible jardín en galerías petrificadas;

potenciada escalinata metálica destartalada.


Polisón que sube o que baja o que permanece;

poseamos alternativas de segundamano;

postulemos otro presente continuado, ado, ado, ado.


Rocambola fósil que brota a la defensiva de la sequía lagrimal.


Postmoderno por confuso error evidente;

pose de gallito de riña desganado;

polarizada selección informe descatalogada.


Podredumbre y entorno de abandono desvencijado;

poseido por una baratija de cotillón endemoniado;

postal de un chiquilín fanatismo confundido, ido, ido, ido.


Rocallosa enigmática sin fricción técnica ni contactos de estaño.


Posteridad en salvaje danza inmóvil asegurada;

postizo por infernal homonimia indocumentada;

polémico encuentro apasionadamente satánico.


Políglota que no vocaliza ni tartamudea;

postura de valiente estirpe naciente, con febo que asoma;

postrado entre plegarias y lamentos ajenos, enos, enos, enos.


Rococó monocromático, rectilíneo, raquítico, estructural y oxidado.


Postrimería del noble comercio del acrílico sonoro;

postre con cereza doble, numérica y descomunal;

populacho, dificilongo que lo fuera, que lo fuese.


Polvorosa la de los pies sedientos de sonidos frescos;

posiciones injustamente desencontradas;

postdata sin amparo ni recursos, ni testimonios, ni sellos.


Rocoso y macizo laberinto espejado, otrora paraíso de cristal.


Postigones entorpeciendo la dulce ensoñación;

pozo o pocilga donde no se encaja ni por puta;

polifonía sin haber vendido el alma al diablo.