¡Me cagaron! Cuando uno es un devoto seguidor, a veces le ven la cara, a veces le venden gato por liebre. Todos hemos hecho oídos sordos al consejo amigo, al intento de ponernos en vereda para no caer en la tentación al ver un disco que no poseemos de un grupo que sí conocemos y que apreciamos con ganas. Nos importa un rabanito, nos chupa un soberano huevo lo que digan, nos tiramos a la pileta y, sin anestesia, rompemos el chanchito y, aunque nos cueste un ojo de la cara, el otro huevo o un riñón, encaramos, arremetemos y compramos cualquier cosa que cuando gire, despida música; aunque el mentado disquito no deje de estar bien salado.
Una de cal, una de arena. Dos caras, una misma moneda. ¡Quién te ha visto y quién te ve! No hay que poner las manos en el fuego por nadie, ni todos los huevos en la misma canasta, decía mi vieja. Completar una colección puede presentar sorpresas, y qué sorpresas. A veces los artistas descarrilan y vaya uno a saber qué se les cruzó por la cabeza cuando aceptaron la publicación de ciertos adefesios de esos que solemos llamar temas o canciones. Finalmente, nos obligan a pagar el pato, los platos rotos, por su falta de amor propio y terminamos amontonando objetos inútiles que solamente acumulan polvo, mugre y seguramente ácaros. Lo loco, lo sorprendente de la cosa, es que en un mismo año calendario un artista pueda meter la pata hasta el caracú, no dar pie con bola con uno de sus proyectos y con otro demostrarnos que tiene la sartén por el mango y que su versatilidad puede seguir dando frutos. Lo que termina demostrando que no hay que bajar los brazos y tener confianza en que el muchacho, en algún momento, va a dar en el blanco.
No es recomendable verlo todo de color negro, ni considerar que todo artista que nos guste es un Gardel en potencia, mucho menos que tiene la vaca atada. Conviene tener memoria de elefante y no hacer la vista gorda ante los eventuales actos fallidos de todo músico que apreciemos ya que errare humanum est. Quizás, su próximo disco no lo compremos a ciegas – o a sordas – y listo. Siempre hay alguna forma de picar antes de desembolsar.
Perdonar es divino, no lo olvides nunca. Aunque no vamos a crucificar a un artista por un pequeño traspié, es imposible evitar que un disco feo nos caiga como un baldazo de agua fría, que haga tambalear nuestro fanatismo y que nuestro ídolo corra riesgo de caer en desgracia. A veces, se lo puede llegar a estigmatizar hasta el olvido. No hay que olvidar que el que se quema con leche, cuando vuelve a ver a la vaca, llora. Lo que no es joda, claro. Cuando la cosa está que arde, que el horno no está para bollos, uno toma sus recaudos, tiene cuidado.
El humor de perros, en estos casos, es inevitable. Sin embargo, no conviene tirar la toalla y te recomiendo que estés atento a la música que circula porque alguna pieza de entre esa infinidad de ondas sinusoidales, de ondas sonoras, puede llegar a sorprenderte a lo grande.
El que a hierro mata, a hierro muere. Para un sonívoro, no hay como los sonidos, como la música. Eso nos define y nos moldea. Tener un bajón, tener un tropezón, no es caída. Es necesario ser cabezadura, obstinado, y creer que los creadores musicales todavía no han puesto toda la carne en el asador, que todavía quedan muchos sonidos por ahí dando vueltas, girando, rebotando, reverberando, que aún no hemos experimentado, que están allí en el éter para que en algún momento se nos presenten para descubrirlos, para disfrutarlos.
Nota bene: No es para lavarme las manos ni para evitar ir al grano que he decidido no incluir el título del disco de Doug Scharin que me cayó como una piedra, como una bomba, sino para no defenestrar a un artista que conocí por casualidad en Montréal hace más de veinte años y que me gustó. De este flaco, he tenido la suerte de poder llegar a escuchar y a apreciar una extensa obra discográfica, abierta a diversos géneros musicales – desde indie-rock, jazz, post-rock, dub, funk, ambient, hasta experimental. Los álbumes en los que participa son eclécticamente interesantes y se publican desde los años ’90. Amerita cierto respeto. Nunca es pan comido hasta que se degusta.

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