sábado, 29 de agosto de 2026

CIENTO NOVENTA

Rara vez he encontrado discos de mi interés en las grandes cadenas de disquerías; mis lugares de predilección siempre han sido las nunca bien ponderadas e infectas cuevas, cuanto más ocultas – con la menor cantidad de público posible, mejor.

Rarísimo me pareció ver “Radiolarians” de Medeski Martin & Wood – no uno, sino, los tres volúmenes del álbum, en Yenny; sobre todo porque estaba visitando la sucursal del barrio porteño de Flores, barrio que está alejado de la pomada – al márgen, barrio con poca iniciativa en lo que a exploración musical se refiere, barrio que en materia de sonidos suele apostar a lo seguro, a lo banal, a lo obvio, a lo irrelevante – artísticamente hablando, claro. 

Raro el momento en el que llegué a la caja de un solo salto para que nadie se percatara de que estaba a punto de comprar tres CDs mediante un solo deslizamiento de tarjeta – disciplina olímpica que debería ser bautizada como “evasión visual por compra desenfrenada sin escalas”, movimiento digno de un monje shaolín en pleno apogeo de su duro entrenamiento, el que le permite una destreza física envidiable y solamente equiparable a la de una gacela en fuga desesperada para evitar ser devorada; no me quiero agrandar pero, sabé que estuve digno de un puestito en el Guinness World Records.

Rareza la de tener que evitar gentuza para darse un gustito que no le jode a nadie, la de tener que dar explicaciones cuando uno es un ser libre y en completo dominio de sus facultades mentales, aunque usted no lo crea.

Raramente me preocupo por el “qué dirán”; por lo general, suelo preocuparme sólo por el “con qué me romperán”, por lo que trato de abrir el paraguas para no despertar a la bestia y mantener la calma en las aguas, en los aires, en las tierras o en las arenas; para no tener que amenazar con prender fuego todo el boliche o con quemar todas las naves, cada vez que algún entrometido osa emitir algún tipo de opinión o cuestionamiento sobre mi pasatiempo, sobre mi estilo de vida.

Rarito me dirán por estar pendiente de este o de aquel disquito, redondito, plateadito, chiquitito; sin embargo, poco me afecta porque cuando llego a casa y puedo disfrutar de un poco de música nueva – diferente, de algunos sonidos nuevos – diferentes; soy feliz, a pesar de que la gilada esté siempre dispuesta a emitir algún que otro comentario dañino con un único objetivo: desestabilizar al que hace lo que le gusta; por una simple razón: esa gilada es la que no se anima a darle a su pasión el lugar que verdaderamente se merece; esa pobre gente. 

Raros personajes grises sin devoción, austeros zombies de la perdición.


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